10 Julio 2005 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Por múltiples agravios y por ser su rol esta vez parte de una tragedia, el periodismo se convirtió en una de las noticias de la semana, en un papel que no le luce cómodo a un sector que debe ser una bisagra entre los hechos y la gente.
En primera instancia, quedó agraviado, por la decisión de la Justicia estadounidense de encarcelar a la periodista Judith Miller, que, a pura valentía, aun sin haber escrito nunca una línea al respecto, se negó a revelar cuáles eran sus fuentes en una historia de espías, francamente pesada para el poder de inteligencia de su país.
Quedó incrustado, además, en medio del horror londinense, a través de cientos de reporteros anónimos que, suplieron con sus cámaras digitales y celulares las restricciones informativas que se plantearon, en nombre de la seguridad nacional o de no hacerle el juego a los terroristas, tras las bombas asesinas. De modo más pedestre, en medio de un seminario internacional, los periodistas también fueron noticia en el país, vituperados desde lo más alto del poder con descripciones que, al decir de los psicólogos, no encierran de por sí una ofensa, salvo las intenciones políticas -subjetivas al fin- de utilizarlas para ofender.
Duros adjetivos
Así, "esquizofrénicos" (?Grupo de enfermedades mentales... que se caracterizan por una disociación específica de las funciones psíquicas, que conduce, en los casos graves, a una demencia incurable?, según el diccionario de la Real Academia Española para el sustantivo ?esquizofrenia?). O "histéricos" (?Estado pasajero de excitación nerviosa producido a raíz de una situación anómala?, en una segunda acepción no médica de ?histeria?) resultaron adjetivos más que duros, sólo porque salieron de la boca del presidente de la Nación como golpe a la mandíbula hacia quienes tienen el deber de analizar, con la menor cantidad de prejuicios posible, sus actos de gobierno.El Presidente reaccionó de este modo, ante los periodistas que opinan con razón que resulta presupuestariamente imposible encarar tamaña obra pública, como la que se promociona en avisos que contienen cifras que abarcan varios períodos subsiguientes, y se sintió atacado por una nota de Alfredo Leuco en "La Nación", donde este planteó que su avasallante personalidad anula la opinión de sus colaboradores.
"Si uno les dice algo que no les gusta, le dicen que está nervioso. Si les dice que no está de acuerdo, le dicen que viola la libertad de prensa. Pareciera que los únicos que pueden estar en desacuerdo son algunos de ellos; nosotros no podemos pensar distinto", dijo Néstor Kirchner durante en un discurso público. La frase, dada vuelta y remixada desde el lado del periodismo, le cabe perfectamente a su propio proceder: "Si se dice algo que no le gusta, dice que somos histéricos. Si se le dice que uno no está de acuerdo, dice que somos esquizofrénicos. Pareciera que es el único que puede estar en desacuerdo; nosotros no podemos pensar distinto", podría parodiarse con igual grado de razonabilidad.
Esta fatal dicotomía entre el "ellos" y el "nosotros" usada por Kirchner, de tan triste recuerdo en la historia de los últimos cincuenta años, no terminará de resolverse hasta que la relación entre el Presidente y los medios sea más abierta y plural, sobre todo para explicar situaciones y medidas que ningún periodista tiene la obligación de imaginar, ya que es un axioma de la profesión -tanto como la protección de la fuentes- que "los hechos son sagrados".
Poco contribuyó el ministro del Interior a despejar, desde su dialéctica, ciertos velos que tienen inquieto al periodismo independiente. Aníbal Fernández dijo: "los análisis y las subjetividades pueden terminar en el tacho de basura", porque si se hiciera una autocrítica dentro de siete u ocho meses, se darán cuenta de que lo que hicieron no tiene nada que ver con la realidad. Entonces (verán que) el Presidente tenía razón".
Para sumar confusión -y para avalar las críticas hacia el ambiente de desinformación que se percibe entre los administradores del Estado y los medios- agregó que los periodistas "se defienden entre todos porque no saben puntualmente lo que está sucediendo". ¿Qué cosas pueden estar pasando en el poder para que el ministro haya utilizado esa dosis de misterio a fin de definir un horizonte que debería llevar a la concreción de un proyecto del que todos deberían estar enterados? La respuesta más a mano pasa por las elecciones, por los métodos que el Gobierno imagina que aplicarán de ahora en más Eduardo Duhalde y los barones de la "vieja política" contra las instituciones, para evitar que avance la idea presidencial de cambiar modelos, en lo político y lo económico.
Los enemigos
También pasa por cierta persecución que ronda a los funcionarios y por la victimización que Kirchner aprovecha para marcar en público a diario, frente a lo que imagina como enemigos más que poderosos, como el mismo duhaldismo, el FMI o una parte del periodismo, a quienes confía en domesticar antes que en convencer. Hasta ahora, el Presidente no ha sido demasiado consecuente entre los cambios que dice querer hacer y en la elección de las herramientas que ha utilizado para efectuarlos. Basta, como ejemplo, repasar las listas que se están conformando o algunas de las caras que lo acompañaron en el acto de lanzamiento de su esposa. Desde el kirchnerismo dicen: "este es el precio que hay que pagar para empezar a sacudir el árbol".
Igualmente, pese a que no se explicitó, el acto platense tuvo en el trasfondo -y otras caras más progresistas parecieron certificarlo- el concepto ahora archivado de la "transversalidad", como idea de conjugar líneas afines, sobre todo entre aquellos que pretenden avanzar hacia una mejor distribución del ingreso. Más allá del carisma innato que tiene Cristina Fernández, que habrá que ver cómo se traduce en hechos, ya que el acto fue más para marcar territorio, que para hacer propuestas de campaña.
Mientras tanto, Chiche dijo lo suyo en el acto de San Vicente -junto a otras caras tan gastadas como las vistas en La Plata- y a estas alturas el PJ bonaerense irá dividido a las elecciones, aunque la sigla y la liturgia la detente hoy el duhaldismo, mientras el bloque legislativo está a punto de fragmentarse.
En este punto, hay quienes dicen -cosas de las presiones mutuas- que aún hay margen para intentar un arreglo, que no le conviene a Duhalde terminar su carrera política aplastado por su rival en las urnas y tampoco a Kirchner perder más de un millón de votos en el recuento destinado a ratificar su gestión.Como en una pulseada, los rivales se siguen midiendo y el periodismo sólo conjetura cómo va a terminar la película. (DyN)
En primera instancia, quedó agraviado, por la decisión de la Justicia estadounidense de encarcelar a la periodista Judith Miller, que, a pura valentía, aun sin haber escrito nunca una línea al respecto, se negó a revelar cuáles eran sus fuentes en una historia de espías, francamente pesada para el poder de inteligencia de su país.
Quedó incrustado, además, en medio del horror londinense, a través de cientos de reporteros anónimos que, suplieron con sus cámaras digitales y celulares las restricciones informativas que se plantearon, en nombre de la seguridad nacional o de no hacerle el juego a los terroristas, tras las bombas asesinas. De modo más pedestre, en medio de un seminario internacional, los periodistas también fueron noticia en el país, vituperados desde lo más alto del poder con descripciones que, al decir de los psicólogos, no encierran de por sí una ofensa, salvo las intenciones políticas -subjetivas al fin- de utilizarlas para ofender.
Duros adjetivos
Así, "esquizofrénicos" (?Grupo de enfermedades mentales... que se caracterizan por una disociación específica de las funciones psíquicas, que conduce, en los casos graves, a una demencia incurable?, según el diccionario de la Real Academia Española para el sustantivo ?esquizofrenia?). O "histéricos" (?Estado pasajero de excitación nerviosa producido a raíz de una situación anómala?, en una segunda acepción no médica de ?histeria?) resultaron adjetivos más que duros, sólo porque salieron de la boca del presidente de la Nación como golpe a la mandíbula hacia quienes tienen el deber de analizar, con la menor cantidad de prejuicios posible, sus actos de gobierno.El Presidente reaccionó de este modo, ante los periodistas que opinan con razón que resulta presupuestariamente imposible encarar tamaña obra pública, como la que se promociona en avisos que contienen cifras que abarcan varios períodos subsiguientes, y se sintió atacado por una nota de Alfredo Leuco en "La Nación", donde este planteó que su avasallante personalidad anula la opinión de sus colaboradores.
"Si uno les dice algo que no les gusta, le dicen que está nervioso. Si les dice que no está de acuerdo, le dicen que viola la libertad de prensa. Pareciera que los únicos que pueden estar en desacuerdo son algunos de ellos; nosotros no podemos pensar distinto", dijo Néstor Kirchner durante en un discurso público. La frase, dada vuelta y remixada desde el lado del periodismo, le cabe perfectamente a su propio proceder: "Si se dice algo que no le gusta, dice que somos histéricos. Si se le dice que uno no está de acuerdo, dice que somos esquizofrénicos. Pareciera que es el único que puede estar en desacuerdo; nosotros no podemos pensar distinto", podría parodiarse con igual grado de razonabilidad.
Esta fatal dicotomía entre el "ellos" y el "nosotros" usada por Kirchner, de tan triste recuerdo en la historia de los últimos cincuenta años, no terminará de resolverse hasta que la relación entre el Presidente y los medios sea más abierta y plural, sobre todo para explicar situaciones y medidas que ningún periodista tiene la obligación de imaginar, ya que es un axioma de la profesión -tanto como la protección de la fuentes- que "los hechos son sagrados".
Poco contribuyó el ministro del Interior a despejar, desde su dialéctica, ciertos velos que tienen inquieto al periodismo independiente. Aníbal Fernández dijo: "los análisis y las subjetividades pueden terminar en el tacho de basura", porque si se hiciera una autocrítica dentro de siete u ocho meses, se darán cuenta de que lo que hicieron no tiene nada que ver con la realidad. Entonces (verán que) el Presidente tenía razón".
Para sumar confusión -y para avalar las críticas hacia el ambiente de desinformación que se percibe entre los administradores del Estado y los medios- agregó que los periodistas "se defienden entre todos porque no saben puntualmente lo que está sucediendo". ¿Qué cosas pueden estar pasando en el poder para que el ministro haya utilizado esa dosis de misterio a fin de definir un horizonte que debería llevar a la concreción de un proyecto del que todos deberían estar enterados? La respuesta más a mano pasa por las elecciones, por los métodos que el Gobierno imagina que aplicarán de ahora en más Eduardo Duhalde y los barones de la "vieja política" contra las instituciones, para evitar que avance la idea presidencial de cambiar modelos, en lo político y lo económico.
Los enemigos
También pasa por cierta persecución que ronda a los funcionarios y por la victimización que Kirchner aprovecha para marcar en público a diario, frente a lo que imagina como enemigos más que poderosos, como el mismo duhaldismo, el FMI o una parte del periodismo, a quienes confía en domesticar antes que en convencer. Hasta ahora, el Presidente no ha sido demasiado consecuente entre los cambios que dice querer hacer y en la elección de las herramientas que ha utilizado para efectuarlos. Basta, como ejemplo, repasar las listas que se están conformando o algunas de las caras que lo acompañaron en el acto de lanzamiento de su esposa. Desde el kirchnerismo dicen: "este es el precio que hay que pagar para empezar a sacudir el árbol".
Igualmente, pese a que no se explicitó, el acto platense tuvo en el trasfondo -y otras caras más progresistas parecieron certificarlo- el concepto ahora archivado de la "transversalidad", como idea de conjugar líneas afines, sobre todo entre aquellos que pretenden avanzar hacia una mejor distribución del ingreso. Más allá del carisma innato que tiene Cristina Fernández, que habrá que ver cómo se traduce en hechos, ya que el acto fue más para marcar territorio, que para hacer propuestas de campaña.
Mientras tanto, Chiche dijo lo suyo en el acto de San Vicente -junto a otras caras tan gastadas como las vistas en La Plata- y a estas alturas el PJ bonaerense irá dividido a las elecciones, aunque la sigla y la liturgia la detente hoy el duhaldismo, mientras el bloque legislativo está a punto de fragmentarse.
En este punto, hay quienes dicen -cosas de las presiones mutuas- que aún hay margen para intentar un arreglo, que no le conviene a Duhalde terminar su carrera política aplastado por su rival en las urnas y tampoco a Kirchner perder más de un millón de votos en el recuento destinado a ratificar su gestión.Como en una pulseada, los rivales se siguen midiendo y el periodismo sólo conjetura cómo va a terminar la película. (DyN)







