BUENOS AIRES.- Los informes sobre audiencias televisivas del jueves colocaron en primer lugar el ataque terrorista a Londres, seguido por la proclamación de Cristina Fernández -así pidió que se la cite-, que, durante el acto, superó a los programas habituales más convocantes de esas horas. Más allá de todo lo que se ha informado, en el primer caso, las referencias posteriores más llamativas fueron el cuidado de la Policía por no sobreabundar en la tragedia mostrando cuerpos destrozados, por evidente respeto a la condición humana, y el comportamiento sereno de los londinenses, sin poder impedir las lágrimas e inclusive la propia sangre. El efecto entre los porteños, evidenciado por las audiencias de TV, se pudo advertir en los lugares públicos y en oficinas, donde se suspendieron tareas, mientras algunos receptores congregaban gente en plena calle. Nuestros problemas quedaron así tan minimizados que por un momento se pensó que el acto de la senadora por Santa Cruz para volver a su patria chica habría de ser postergado. Sin embargo, no fue así, pues el aparato de su organización, que incluía el viaje de tantos personajes desde el interior y una compleja asignación de lugares en el segundo teatro de ópera del país, lo impedía.
La gran incógnita
La proclamación de Cristina -más allá de su calibrado mensaje- hizo de ella una virtual diva de nuestra tumultuaria política. Su ceremonia, organizada a la perfección con un exigente diagrama previo, tuvo seguramente en cuenta la aseveración de Marshall McLuhan: la imagen es más poderosa que la palabra en la comunicación global. Desde el escenario hasta el último rincón de la enorme y elegante sala, la uniformidad y empaque del auditorio -amén del "chic" de la senadora-, mostraron a todo el país que en el peronismo es posible también compartir un discurso popular y hasta revolucionario con una imagen burguesa de posgraduados, que el menemismo no supo darle.
Algunos se preocupan porque el mensaje no incluyó propuestas concretas para el futuro, cuando su finalidad no era esa, sino dejar en claro la ruptura con "el Padrino"; no el del cine, naturalmente, sino el que habilitó la escalera para Néstor Kirchner. La metáfora no fue del todo feliz, pues de alguna manera introdujo en la lucha partidaria recurrencias a la cosa nostra, tan útiles, por ejemplo, a la ocurrente Elisa Carrió. Lograda, pues, la imagen para la gran clase media independiente, el mensaje de Cristina Fernández no despejó la gran incógnita: ¿qué se proponen Kirchner y su esposa? ¿Dividir al partido o archivar a Duhalde? ¿Habrán dado con ello mayor audiencia a Hilda "Chiche" de Duhalde cuando hoy se proclame rival? (De nuestra Sucursal)







