Los atentados de Londres

La cara más dura de la violencia.

08 Julio 2005
Los atentados terroristas ocurridos ayer, en Londres, han reproducido, para el mundo entero, aquellas dramáticas jornadas del 11 de setiembre de 2001, que nadie hubiera querido ver reiteradas, y que están entre los peores recuerdos del comienzo del segundo milenio. Otra vez, en una de las grandes capitales del planeta, ocurre que en una mañana como cualquiera, irrumpe de pronto el torrente de la violencia y la muerte, para matar o herir a personas comunes que desarrollaban sus actividades de todos los días.
De acuerdo con estudiosos como Patricia Kreibohm, el terrorismo es "una estrategia material y simbólica de alto impacto", en cuyos objetivos pueden definirse ciertos elementos esenciales. Se busca propagar terror, confusión e inseguridad en un conjunto de personas más amplio que el de las víctimas: es una demostración de fuerza que quiere mostrar la capacidad de producir daños importantes y la vulnerabilidad del atacado. Tiende, al mismo tiempo, a golpear con fuerza en la psiquis y en las emociones, de un modo que se debiliten las redes de contención social y que se cuestione la capacidad de defensa. Ello además de inducir al atacado a represalias excesivas, para que ese exceso las deslegitime.
El caso de Londres demuestra que ningún lugar del mundo está a salvo del atentado terrorista. Por sus características, estos hechos pueden cometerse superando todos los recaudos y vigilancias.
En eso reside su elemento más siniestro y más terrible. De manera que, en realidad, la sociedad entera se halla inerme frente a los atentados, si sus autores deciden aplicar la estrategia necesaria para prepararlos y consumarlos hasta sus últimas consecuencias.
Es deplorable que, a esta altura de la historia, y en un mundo que puede jactarse legítimamente de triunfos enormes logrados en los terrenos más diversos, todavía no se haya obtenido el modo de evitar la producción de algo como lo que nos ocupa. Así, cuesta entender que la comunidad internacional no encuentre la manera de iniciar un entendimiento, a través del cual deje de derramarse tan estérilmente la sangre de seres humanos.Nos parece que la búsqueda de ese entendimiento debiera constituir una prioridad, de aquí en adelante, para todas las naciones de la tierra, ya que, como decimos, ninguna puede considerar que la cuestión le sea ajena. Eso sería más constructivo y beneficioso que desencadenar esas represalias que, en última instancia, solamente significan más de lo mismo, y que no hacen sino dejar en pie el candente núcleo del asunto.
El mundo tiene que encontrar forzosamente el modo de que convivan los habitantes de todas las naciones, de todos los credos, de todas las culturas y de todas las ideas. La manera de que los anhelos de quienes habitan el orbe puedan satisfacerse, sino integralmente, por lo menos en una razonable proporción. Tal es, en realidad, el desafío planteado en estos momentos de la historia, más que la multiplicación de la violencia de los terroristas y la de los atacados por el terrorismo.
Ha de existir, sin duda, alguna vía para conseguir que esta etapa sangrienta se cierre y para que podamos mirar hacia mejores horizontes. La violencia, como lo hemos recordado tantas veces, provenga del sector que proviniere, carece totalmente de poder germinativo.
Nada puede construirse sobre su base, y lo único que genera es una mayor dosis de su triste y destructivo contenido. Los gobiernos del planeta tienen que aplicarse al propósito de que todo eso quede atrás, y para siempre.

Tamaño texto
Comentarios