05 Julio 2005 Seguir en 
El domingo pasado, dedicamos íntegramente nuestro suplemento Actualidad al tema del Bicentenario de la independencia nacional. Con ese propósito, LA GACETA invitó a personalidades destacadas de Tucumán en diversos temas. Ellos reflexionaron sobre las cuestiones problemáticas de la actualidad y expresaron los caminos que podrían seguirse para cambios que constituyan la digna rememoración de dos siglos de nuestra autonomía política.
No deja de llamar la atención el hecho curioso de que pareciera que va a ocurrir lo mismo que sucedió hace ya casi una centuria, en 1916. Como lo consigna nuestro suplemento, la celebración de la fecha entonces centenaria, se concentró en mayo de 1910. Y luego, el siglo de la Independencia, que se cumplía seis años más tarde, pasó prácticamente inadvertido para la Nación. En efecto, para esa fecha, el aporte del Presupuesto nacional fue mínimo y, durante las fiestas, ni siquiera vino el presidente de la República, quien se limitó a enviar a uno de sus ministros. En cambio, en 1910, para el centenario de Mayo, el Estado había tirado prácticamente la casa por la ventana, en festejos que hasta hoy figuran entre los más importantes que hubo en el país.
Todo esto indicaba un injusto desconocimiento de la significación del 9 de julio de 1816. Si en mayo de 1810 los criollos desalojaron al último virrey español de Buenos Aires, en 1816 se dio forma jurídica definitiva al proceso institucional que se había iniciado en aquella fecha. Se dejó totalmente de lado la "máscara" que disimulaba los propósitos revolucionarios -pretextando un apoyo al rey cautivo por los franceses-, para declarar, a la faz del mundo, la verdadera decisión. Así, el acta del 9 de julio de 1816 expresaba "que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias, romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli". A esta frase rotunda se le agregó, el 19 de julio, que no sólo nos liberábamos de ese rey, sino también "de toda dominación extranjera".
Es suficiente lo transcripto para que resalte el sentido fundamental que 1816 tiene en la lucha de la actual República por obtener su autonomía política definitiva. No puede admitirse, entonces, que a dos siglos de un suceso tan trascendente, este quede minimizado en perjuicio de la fecha y del escenario donde tuvo lugar. Resulta singular, entonces, que el secretario de Cultura de la Nación, en diálogo con LA GACETA, exprese que "hay costumbres históricas que se imponen por sobre otras consideraciones" para justificar la decisión, que parece existir, de centralizar el Bicentenario en 2010. Si bien admitió luego que esto no era excluyente, no vemos razones para sentirse optimistas respecto de una celebración que nos implica directamente.
Pensamos que los representantes de Tucumán en el Congreso de la Nación, así como nuestro Poder Ejecutivo, a través de gestiones directas, deben esmerarse en lograr que la conmemoración de los dos siglos se realice, en idéntico nivel de importancia, en 2010 y en 2016. Es lo que históricamente corresponde, y lo que consulta los sentimientos más entrañables de los argentinos.
La época en que deben tener lugar las conmemoraciones, no está para nada lejana. Es sabido que solamente se pueden lograr resultados verdaderos y perdurables cuando las cosas se implementan con la debida anticipación. De allí es que, además de esclarecer la necesidad de la celebración doble, corresponda adoptar desde ya las medidas para que ella tenga la gran envergadura que le corresponde.
No deja de llamar la atención el hecho curioso de que pareciera que va a ocurrir lo mismo que sucedió hace ya casi una centuria, en 1916. Como lo consigna nuestro suplemento, la celebración de la fecha entonces centenaria, se concentró en mayo de 1910. Y luego, el siglo de la Independencia, que se cumplía seis años más tarde, pasó prácticamente inadvertido para la Nación. En efecto, para esa fecha, el aporte del Presupuesto nacional fue mínimo y, durante las fiestas, ni siquiera vino el presidente de la República, quien se limitó a enviar a uno de sus ministros. En cambio, en 1910, para el centenario de Mayo, el Estado había tirado prácticamente la casa por la ventana, en festejos que hasta hoy figuran entre los más importantes que hubo en el país.
Todo esto indicaba un injusto desconocimiento de la significación del 9 de julio de 1816. Si en mayo de 1810 los criollos desalojaron al último virrey español de Buenos Aires, en 1816 se dio forma jurídica definitiva al proceso institucional que se había iniciado en aquella fecha. Se dejó totalmente de lado la "máscara" que disimulaba los propósitos revolucionarios -pretextando un apoyo al rey cautivo por los franceses-, para declarar, a la faz del mundo, la verdadera decisión. Así, el acta del 9 de julio de 1816 expresaba "que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias, romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados e investirse del alto carácter de nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli". A esta frase rotunda se le agregó, el 19 de julio, que no sólo nos liberábamos de ese rey, sino también "de toda dominación extranjera".
Es suficiente lo transcripto para que resalte el sentido fundamental que 1816 tiene en la lucha de la actual República por obtener su autonomía política definitiva. No puede admitirse, entonces, que a dos siglos de un suceso tan trascendente, este quede minimizado en perjuicio de la fecha y del escenario donde tuvo lugar. Resulta singular, entonces, que el secretario de Cultura de la Nación, en diálogo con LA GACETA, exprese que "hay costumbres históricas que se imponen por sobre otras consideraciones" para justificar la decisión, que parece existir, de centralizar el Bicentenario en 2010. Si bien admitió luego que esto no era excluyente, no vemos razones para sentirse optimistas respecto de una celebración que nos implica directamente.
Pensamos que los representantes de Tucumán en el Congreso de la Nación, así como nuestro Poder Ejecutivo, a través de gestiones directas, deben esmerarse en lograr que la conmemoración de los dos siglos se realice, en idéntico nivel de importancia, en 2010 y en 2016. Es lo que históricamente corresponde, y lo que consulta los sentimientos más entrañables de los argentinos.
La época en que deben tener lugar las conmemoraciones, no está para nada lejana. Es sabido que solamente se pueden lograr resultados verdaderos y perdurables cuando las cosas se implementan con la debida anticipación. De allí es que, además de esclarecer la necesidad de la celebración doble, corresponda adoptar desde ya las medidas para que ella tenga la gran envergadura que le corresponde.







