Las mil y dos noches

La increíble historia de la ilegalidad en una comarca.

16 Junio 2005
Por Roberto Espinosa

El rey Shahriyar la miró con afecto y le dijo: "te perdono la vida, pero te pido un último esfuerzo. Cuéntame la historia 1.002 y me rendiré ante tu noble corazón". Ella se turbó un instante. Le respondió que le contaría entonces una historia futurista. "Había una vez una ignota provincia subtropical, que se caracterizaba por su gran belleza. Una exuberante vegetación, decenas de ríos y una tierra fértil la convertían en el jardín de un gran país. Había sido famosa -y aún lo era- por sus científicos, sus intelectuales y sus artistas. Su gente era amable y cálida con el forastero; pero quienes la gobernaban comenzaron a sacarse los ojos por una carnada de poder o por sentarse en el trono. Se hacían leyes; sin embargo, muchas de estas casi no se respetaban, porque, bien lo sabes, hecha la ley, hecha la trampa. Era una tierra tan feraz que ponías una semilla de lo que se te ocurriese y crecía desmesuradamente, tanto lo bueno como lo malo". Scheherezade bebió un poco de vino y prosiguió.
"Al no respetarse las leyes porque quienes debían hacerlas cumplir no lo hacían como corresponde, la corrupción se fue haciendo tan grande como el árbol de la mentira, hasta el punto que la sociedad se volvió anárquica. Así como aquí algunos alquilan camellos para trasladarse, ellos tenían unos vehículos llamados ómnibus y taxis. Todo iba bien hasta que un día, se les ocurrió inventar los remises porque había taxistas que habían comenzado a salirse de la ley. Eran tiempos de un rey militar, acusado luego de tener riquezas en el extranjero. Se hizo una nueva ley para cobijar a los ilegales y él instaló en el palacio una topadora para tenerlos cortitos, pero se le rieron y cortaban los caminos de la comarca cuando querían. Se los invitó a un sorteo público para que actuaran dentro de la ley, pero muy pocos se presentaron. De ese modo, las cinco estrellas se reprodujeron como hongos. Luego llegó al trono un rey cantor y, más tarde, un rey senador; pero ninguno se animó a enfrentar a ese ejército cada vez más numeroso".
"¿Cómo es posible? Un rey tiene todo el poder y su propio ejército de leales para defender al pueblo", interrumpió molesto Shahriyar.
"Tal vez había infiltrados muy poderosos en sus gobiernos que los protegían", replicó Scheherezade. "Lo cierto es que la falta de aplicación de la ley no sólo se daba en ese terreno. Uno de los caminos principales comenzó a llamarse la ?Ruta de la muerte?. Había rastras cañeras que circulaban en forma ilegal y que eran la causa de muchos accidentes. Los reyes de turno prometían controles, amenazaban con poblar de centinelas el camino y con duros castigos para los infractores, pero nada se cumplía. El rugido del león no bastaba para asustarlos. Los rebeldes siempre tenían argumentos para violar la ley y terminaban imponiendo su posición. Para que tengas una idea, había sólo en el pueblo principal, entre taxis y remises, alrededor de 2.700 legales, y unos 4.500 ilegales. En los otros poblados de la comarca, había cerca de 7.000 rebeldes, o sea que sumaban en total 11.500, y eran mayoría. Los reyes y sus funcionarios fueron cediendo cada vez más ante la intransigencia. Les dieron grandes facilidades para volverlos al redil, pero muy pocos aceptaron... Además, el mal estado de cientos de vehículos ponían en peligro a los viajeros".
"¡Pero eso afectaba las arcas del reino porque no pagaban ningún tributo, mientras el resto sí lo hacía! ¿Nadie protestaba? ¿Quién se responsabilizaba además de las muertes en los caminos?", se indignó Shahriyar ante tanta inequidad.
"Nadie. Unas monedas de oro o un bolsón eran suficientes... Ante tanta anarquía, muchos pensaron en pasarse al bando rebelde, porque estos trabajaban sin rendir cuenta a persona alguna. Es más, creían que, en algún momento, dada la situación, los reyes también pasarían a la ilegalidad..."
- ¿Cuál fue el final?
- Todos los moradores se convirtieron en ilegales. Entonces, el rey decidió disolver el pueblo y elegir otro mejor.
Scheherezade escrutó el rostro de Shahriyar sin saber si había conquistado su corazón.

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