Llama la atención la naturalidad con la que los políticos mutan, cambian de piel y vuelven a reciclarse. Esto les permite mantenerse sin ensayar ninguna explicación, como si nada hubiera pasado y como si todo -comenzando por las ideas- fuera una sola masa gris y difusa. Esta característica no es privativa de un partido, sino una conducta que ya tiene carta de ciudadanía propia en la provincia.
El gobernador José Alperovich, a veces, hace mirandismo sin saberlo: suma gente, pero no necesariamente por convicción, sino para debilitar al enemigo (definición en la que cae, desde luego, el propio senador Julio Miranda) y dejarlo sin gente. Esta táctica puede explicar que el viernes haya incorporado al organigrama del Ejecutivo a dos ex orteguistas que también fueron dos legisladores clave durante la gestión de Miranda, Antonio Ruiz Olivares (también ex socialista) y Roque Alvarez (ex menemista ahora kirchnerista). Este último en lo que aún no se convirtió es en ex diputado nacional, porque sigue siéndolo (tiene mandato hasta el 10 de diciembre): sólo pidió licencia. Por eso algunos -como el astuto ex diputado Exequiel Avila Gallo- ya le hicieron notar que habría sido digno de elogios si antes de jurar hubiera renunciado a la banca para la que fue elegido (ahora Tucumán, al menos formalmente, tendrá una voz menos en el Congreso). También le recordaron que, incluso aunque no perciba la dieta como diputado, la Constitución tucumana es clarita: impide la acumulación de cargos, aun cuando uno sea nacional y el otro provincial.
Lo curioso es que Ruiz Olivares y Alvarez participaron de las fatídicas comilonas que en abril Miranda organizó para el ex gobernador Ramón Ortega. Alperovich parece haber olvidado cuánto se enfadó por aquellas reuniones -no precisamente sociales-, a las que comparó con contubernios montados en su contra. Esas comidas -según refunfuñó- representaban el pasado y a ellas asistieron quienes tienen tiempo para asados -grupo en el que cabría incluir al titular de la Corte Suprema, Alfredo Dato, que estuvo en el primer encuentro-, a diferencia de él, sólo empeñado en trabajar.
El ingreso de Ruiz Olivares busca sumar al alperovichismo al único referente importante del PJ de Monteros que no lo había hecho. Ya estaban encolumnados el intendente Alberto Olea y los legisladores Oscar Godoy y Regino Amado.
En el caso de Alvarez, más que un tiro contra el ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez -a quien el diputado de licencia aspiró a reemplazar en diciembre-, el fin es otro: bloquear las aspiraciones reeleccionistas de Alvarez, para facilitarle las cosas en el PJ a la esposa del gobernador y precandidata a diputada para los comicios del 23 de octubre, Beatriz Rojkés. Hasta antes de entrar al Gobierno, Alvarez sacaba cuentas acerca de si tenía chances de participar en las internas abiertas del PJ, del 7 de agosto. Pero el sistema de reparto de cargos vigente en el justicialismo, la Ley Sáenz Peña (la mayoría pondrá las tres primeras candidaturas a la Cámara Baja), lo desanimaba.
Las mutaciones también corren por izquierda. Cuando Miranda era gobernador, y Alperovich, un sonriente ministro de Economía, Patria Libre participó de numerosos actos en contra de ellos, agitando estandartes de Evita y del Che Guevara. Pero ahora el líder de la organización (hoy alineada con el kirchnerismo), Federico Masso, es funcionario del Alperovich mandatario -más risueño aún-. Por ello, aquel partido integra el peronista Frente para la Victoria, en el que hay hasta ex bussistas, como Vanguardia Provincial, del ex legislador Mariano Poliche. Sucede como con los radicales, que llaman Frente Cívico y Social a un raquítico espacio en el que conviven con una fuerza de centro-derecha (Acción por la República), del ex ministro de Economía de Carlos Menem, Domingo Cavallo, padre de la mismísima Convertibilidad. Son coherentes: se parecen a la Alianza de Fernando de la Rúa y de Carlos Alvarez, que jugó al progresismo con el Cavallo del corralito bancario.
15 Junio 2005 Seguir en 
Por Federico Abel







