Constante vandalismo

Parece increíble la conducta de muchos tucumanos.

13 Junio 2005
Días pasados, dedicamos una extensa nota al problema creado en el parque 9 de Julio en materia de higiene. La Municipalidad declaró que repone alrededor de 20 cestos de basura por semana en el ámbito del paseo, para reemplazar los que son destrozados, robados o quemados por vándalos anónimos. Algo similar ocurre en el parque Avellaneda.
Parece increíble la conducta de muchos tucumanos. Consta en nuestra nota que hay gente que pasa en auto y arroja desechos en los paseos; vecinos que no sacan los suyos a horario y los entregan a carritos, que los arrojan luego en los parques. Hasta hay empresas que vacían allí sus contenedores, según lo detectaron funcionarios municipales. Por otro lado, el vandalismo se ha expresado en robos, como el de la estatua de bronce de La Vestal, en el parque 9 de Julio, a pesar de sus 300 kilos. Es común el robo de cables, y hasta del alambrado perimetral del autódromo que, según los funcionarios, "cada vez que es reemplazado, dura unas horas; ni siquiera días".Esta triste afición del vecino de San Miguel de Tucumán por ensuciar, destrozar o robarse todo lo que se coloca en las calles de su ciudad para hacer más fácil y grata su vida no es nueva. Desde hace décadas, nuestros comentarios deben referirse periódicamente a casos de esa índole registrados en todos los puntos de la jurisdicción municipal.
La desaprensión llega a tales extremos, que hace un par de años, como se recordará, no solamente fueron robadas las dos placas del monolito recordatorio de la fundación de Tucumán, instalado en 1944 en avenida Mate de Luna y avenida Mitre, sino que un día procedieron directamente a demoler su estructura, sin que nadie los denunciara. Sociólogos y estudiosos de la conducta en general sin duda podrían extraer jugosas conclusiones de esta modalidad de comportamiento, tan arraigada desde hace tantos años. Pero lo que nos importa es que el hábito dañino redunda en perjuicio de toda la población, que se ve privada de disfrutar de las facilidades que los elementos dañados o sustraídos entrañan. También, por cierto, se perjudica a la Municipalidad, dado que se la obliga a efectuar constantemente gastos de reposición, con el agravante de que muchas veces tal reposición es imposible, por la índole del objeto dañado o faltante. Esto revela, entre otras cosas, que los tucumanos no han sabido desarrollar un sentido de pertenencia respecto de su ciudad.
Sentirse miembro de un centro urbano implica una actitud de respeto y de cuidado acerca de lo que ornamenta ese centro y busca mejorar la calidad de vida de su población. Destrozar o robar lo que es de uso público, y cuya existencia nos favorece a todos, es un acto antisocial, cuya vigencia debiera preocuparnos.
Sin duda que puede disminuirse la frecuencia de estos delitos con una vigilancia más estrecha que la actual. En ese sentido, y en lo que atañe a los paseos, es de esperar que la anunciada creación de la Policía de Parques, formada por efectivos a caballo, represente una efectiva prevención del vandalismo y de otros delitos.
Pero el fenómeno no cesará mientras no seamos capaces de generar, en los habitantes de San Miguel de Tucumán, una actitud de cariño hacia su ciudad. No es sólo cuestión de campañas concientizadoras, si bien estas deben llevarse a cabo. Hay que inculcar en el hogar y en la escuela la sensación de que la ciudad no es una enemiga, sino un ámbito que nos cobija, donde transcurre nuestra vida y al que resulta más que conveniente tener en las mejores condiciones posibles. De otro modo, nos seguirá caracterizando un inexplicable ánimo de gratuita destrucción.

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