El campeón sin corona

El tenista Puerta escapó del infierno y llegó al paraíso.

12 Junio 2005
Por Ariel Ibáñez

Su rostro refleja la felicidad que permitió dejar atrás una imagen reciente de frustración y dolor. Sus oídos ya no tienen que soportar el silencio de aquellos días lejos de las canchas. Ahora retumban en ellos la agradable melodía de los aplausos y la ovación de esa multitud que fue testigo de sus proezas en París. Su boca, que soportó el trago amargo de una injusta suspensión y la posibilidad de un prematuro retiro, ahora saborea las mieles de la fama y del reconocimiento general. Mariano Puerta sintió alguna vez que estuvo a las puertas del infierno pero, gracias a su tesón personal, ahora toca el cielo con las manos. "Estoy en el paraíso", admitió al despedirse de Roland Garros. Llegar tan lejos no fue sencillo.
La historia de Puerta parece sacada de un guión cinematográfico. O tal vez de alguna novela, de esas a las que están acostumbrados en la familia de su esposa, Sol Estevanez. Ella lleva un apellido ligado a la actuación, actividad que incluso desarrolló antes de unirse a Mariano, el hombre que recorrió un tortuoso camino antes de tutearse con la gloria. En apenas cinco años, este tenista cordobés pasó por todos los estados de ánimo. En 2000 fue el mejor tenista argentino y la máxima promesa en ese momento. Tenía apenas 20 años y estaba 18º en el ranking mundial cuando una lesión lo alejó de las canchas durante varios meses. Mientras se entrenaba se rompió un ligamento de la muñeca izquierda. En un abrir y cerrar de ojos cayó hasta el puesto 180.
Pero lo peor estaba por venir. En 2003, un control antidoping realizado en el torneo de Viña del Mar le dio positivo por clembuterol. Había tomado un remedio para el asma y se olvidó de hacerlo constar en las planillas correspondientes antes del partido. Tuvo que cumplir una sanción de nueve meses.
"Fue un castigo injusto", aseguró Rubén Puerta, el padre de Mariano, al recordar aquel episodio. El golpe fue duro, pero se puso de pie. En lugar de rencor por el castigo recibido, sacó a relucir su profesionalismo y empezó de nuevo. Una buena actuación en Buenos Aires y el título ganado en Casablanca, donde venció en la final a Juan Mónaco, demostraron este año que Puerta estaba de vuelta en el gran mundo del tenis. Y la consagración llegó en Roland Garros. Perdió la final, pero ganó el reconocimiento de todos los que descubrieron sus principales virtudes, humildad y sacrificio, para combinar con su enorme talento.
Puertas no tiene la técnica de Gaudio ni la magia de Coria. Tampoco la fortaleza espiritual de Nalbandian. No defiende como Cañas ni saca como Calleri. Lo suyo pasa por la simpleza y por la precisión del golpe con esa zurda mágica que, a los nostálgicos, les recuerda aquella época dorada de Vilas, el mejor tenista argentino de todos los tiempos.
El finalista de Roland Garros no se mareó ni aun en su momento de gloria. Mantuvo siempre su perfil bajo y demostró que para ganar un partido no es necesario tener ataques de histeria ni ponerse a gritar. Tampoco necesita romper raquetas para desahogarse y mucho menos fingir lesiones cuando el partido se complica y su rival lo supera en el juego. Por su mente no pasa escupir a un rival, aunque este se exceda en el festejo, como suele hacerlo Nadal. Sólo admitirá que esas actitudes molestan o simplemente responderá en el court levantando tímidamente el brazo para festejar un punto ganado.
Puerta recuperó la alegría. Volvió a jugar al tenis y hoy todos hablan de él. Tal vez nunca más tenga otra oportunidad tan grande para ganar un torneo de Grand Slam. Es posible que jamás llegue a ser el número uno del mundo. Quién sabe si podrá cumplir su sueño de jugar y conquistar la Copa Davis. Sin embargo, él ya forma parte de salón de la fama de los grandes deportistas. Escribió su propia historia y optó por ser el chico bueno de la película. Cautivó a los aficionados y transformó el drama en una novela con final feliz.
¿Quién dice que en el deporte sólo festejan los que ganan? Detrás de cada hombre hay una historia. Puerta demostró que también se puede ser rey aunque no se tenga corona.

Tamaño texto
Comentarios