El admirable legado de Felipe Garrone, a quien llamaban “El hombre de los mil inventos”

Centrífugas para los ingenios (que terminaron en manos francesas), el trencito del parque, una máquina de escribir para ciegos, el rodillo para pintar... Todo surgió de su imaginación

LAS CENTRÍFUGAS CONTINUAS. Los ingenios reemplazaron con ellas a las antiguas “máquinas de canasto”.
LAS CENTRÍFUGAS CONTINUAS. Los ingenios reemplazaron con ellas a las antiguas “máquinas de canasto”.

Cuenta LA GACETA que falleció pobre, cobijado por médicos y enfermeras del Centro de Salud. Sus múltiples creaciones -centrífugas para elaborar azúcar, el rodillo de pintar, una máquina de escribir para ciegos, un innovador telar- le merecieron admiración y una generosa cosecha de amigos, pero no la riqueza inherente a un buen patentamiento. Así se marchó Felipe Garrone, allá por 1980. En silencio, al cabo de 89 años vividos con pasión. Le decían “El hombre de los mil inventos”, y en ese inagotable listado cabe el trencito del parque 9 de Julio.

Era oriundo de Bell Ville, ciudad cordobesa famosa por ser la patria chica de Mario Kempes y por albergar fábricas de pelotas de las más diversas marcas. Desde allí llegó Garrone cuando despuntaba la década de 1930 y rápidamente se incorporó al municipio como asesor de parques ad-honorem. Le tocó materializar la idea del trencito, para lo que se utilizó una locomotora ideada en Monteros por un mecánico autodidacta de apellido Lencinas. La inauguración, el 9 de julio de 1932, le representó a Garrone una de las mayores satisfacciones de su vida. “Fue la más hermosa de todas porque supuso alegría para varias generaciones”, sintetizó.

Pero, ¿qué clase de personaje era Garrone, este afanoso creador de potenciales “unicornios” fallecido hace 46 años y cuya huella quedó dispersa por Tucumán? Que haya nacido en 1891 es un dato clave. El espíritu de un inventor formado en la época del positivismo estaba marcado por una fe ciega en el progreso, la ciencia y la racionalidad. Ideas de filósofos como Auguste Comte habían pregnado y se creía que la humanidad había dejado atrás la superstición y la metafísica para entrar en la “era científica”.

Hmbres como Garrone tenían la convicción de que todos los problemas de la humanidad, como el hambre, las enfermedades o la pobreza, podían resolverse mediante la ciencia aplicada y la tecnología. Por eso portaban un optimismo desbordante y la necesidad urgente de hacer. Para ellos, el futuro siempre se vislumbraba mejor que el presente y cada nueva máquina o descubrimiento era visto como un escalón hacia la perfección de la sociedad. El invento perfecto era aquel que hacía los procesos industriales o cotidianos más rápidos y económicos.

LAS CENTRÍFUGAS CONTINUAS. Los ingenios reemplazaron con ellas a las antiguas “máquinas de canasto”. LAS CENTRÍFUGAS CONTINUAS. Los ingenios reemplazaron con ellas a las antiguas “máquinas de canasto”.

Figuras inspiradoras, como Thomas Edison, Nikola Tesla o Alexander Graham Bell, se adivinan en el background de Garrone. Aunque hay un aspecto de este perfil que le quedó en la columna del debe. A diferencia de los científicos de siglos anteriores, el inventor positivista estaba ligado al mercado. Crear se convirtió en un negocio estructurado que requería patentes, financiamiento y, finalmente, producción en masa. Garrone habrá podido sentir que sus manos y su cerebro estaban construyendo los cimientos del mundo moderno, pero nutrir su bolsillo terminó siendo otro cantar.

Un poderoso legado

“Por razones esta vez ajenas a la crisis, el mundo azucarero de Tucumán ha suscitado la atención de algunos importantes centros extranjeros. Empresas de Gran Bretaña, Francia y Japón, entre otras, se han interesado en las centrífugas continuas que el industrial Felipe Garrone ha difundido en Tucumán con la colaboración de una importante empresa metalúrgica de nuestro medio. Los resultados obtenidos hasta el presente con la nueva centrífuga superan los logrados con las máquinas similares importadas. Las innovaciones introducidas por el señor Garrone han despertado el interés de las empresas aludidas. Un representante de una firma de Gran Bretaña se encuentra actualmente en Tucumán”.

El párrafo pertenece al Panorama Tucumano que habitualmente firmaba Julio Aldonate en LA GACETA. Era uno de los tantos logros de Garrone, quien asomaba en la década de 1960 como una impetuosa fuerza creadora. Doce centrífugas continuas que había inventado ya funcionaban en distintos ingenios, entre ellos el Marapa y el San Pablo. Fue en ese contexto que publicó un aviso en el que -en nombre de Felipe Garrone e Hijos- presentó “a la consideración de los señores industriales y técnicos azucareros”, la “centrífuga continua para azúcares de tercera y segunda modelo FC3-1018”.

INAUGURADO EL 9 DE JULIO DE 1932. La actuación de Garrone fue clave en la faz técnica. Era asesor de parques del municipio en esa época. INAUGURADO EL 9 DE JULIO DE 1932. La actuación de Garrone fue clave en la faz técnica. Era asesor de parques del municipio en esa época.

Informaba que estaba patentada en Argentina, Brasil, Estados Unidos, Cuba, Japón, Francia e Inglaterra, y brindaba especificaciones: dispositivos de limpieza sin interrupción del trabajo; desarmable, de fácil mantenimiento y sin elementos mecánicos desgastables; y, por supuesto, con óptima calidad de azúcares. La imposibilidad de fabricar las centrífugas en serie, como pretendía Garrone, lo decidió, finalmente, a vender su patente a la firma francesa Fives Lilles.

Inventos, recuerdos

Brindó una última entrevista tres años antes de morir. Sonaba, a los 86, como aquel muchacho arribado desde Córdoba con la decisión de comerse el mundo de a grandes bocados. Seguía siendo el hijo de un almacenero belvillense que a los 17 años ya había inventado una máquina combinada -cortadora y trilladora- para la cosecha de trigo.

LLEGADO DE CÓRDOBA. Vino en los años 30 y falleció en 1980. LLEGADO DE CÓRDOBA. Vino en los años 30 y falleció en 1980.

“Yo inventé en 1945 la máquina de escribir para ciegos con el sistema Braille, toda automática, y doné la número uno. También arme un telar con 32 cambios, que es usado en Catamarca por las pequeñas industrias del tejido desde la década del 50. Y también -¡hace tanto de esto!- hice el primer rodillo para pintar”, enumeraba Garrone. Rodillo, como consignaba el estimulado escriba de nuestro diario, “que llegó para reemplazar la lenta cadencia del pincel”.

Un personaje extraordinario Garrone. Poco recordado, y a la vez digno ejemplo de otro Tucumán, cuando en estas tierras soñar y hacer eran prácticas habituales. Ya fueran centrífugas para los ingenios o trencitos destinados a hacer más acogedor y divertido el parque 9 de Julio.

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