Juventud, maldito tesoro

Una generación que domina las herramientas del futuro se empantana con las inclemencias del presente. Las protestas estudiantiles, la crisis de salud mental y la irrupción de la inteligencia artificial son distintas expresiones de tiempos nutridos por la angustia y la incertidumbre.

Juventud, maldito tesoro
Daniel Dessein
Por Daniel Dessein 18 Octubre 2026

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Un fantasma recorre Europa y no es el comunismo. En las últimas semanas, cientos de miles de jóvenes protestaron enardecidamente en París por las malas condiciones de sus colegios y los recortes educativos. La llama se propagó en Bélgica, Italia, Grecia, Alemania, España.

Los motivos de las quejas juveniles exceden lo educativo y tienen un componente transideológico. Se suman reclamos por el costo de vida, las dificultades de acceso a una vivienda, la falta de oportunidades laborales. En el fondo, es una denuncia por la violación del pacto tácito que durante generaciones sostuvieron padres e hijos: la promesa de que los segundos vivirían mejor que los primeros.

No es novedoso que los jóvenes protesten. Cada vez que ocurre intensamente, volvemos a las imágenes y las consignas del Mayo francés, que marcó la irrupción de la juventud como sujeto histórico. “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, decía una de las pintadas más recordadas. Hoy la escena es muy distinta. En tiempos recientes, un grupo de jóvenes de Silicon Valley empezó a ofrecer lo imposible, algo que muchos de sus contemporáneos ya no quieren. Ahora demandan más continuidad, y menos cambio.

Irse

El síndrome del nido vacío muta progresivamente de temor a anhelo que se estira. Los jóvenes, aún los que tienen empleo y formación profesional, siguen viviendo con sus padres para no verse obligados a destinar un porcentaje desmesurado de sus ingresos al alquiler. El nivel de los salarios en los primeros empleos torna al ahorro, la adquisición de inmuebles, el matrimonio o la paternidad en objetivos remotos o directamente inviables.

Para quienes fuimos jóvenes en la Argentina de 2001, “irse” se convirtió por mucho tiempo en la opción filosófica fundamental. Hoy las imágenes del primer mundo son una suma de acechanzas: guerra, crisis sociales, auge del autoritarismo, rechazo a la inmigración.

Crisis subterránea

Hay una dimensión menos visible y más inquietante. La ansiedad es la marca de esta época. El suicidio, la principal causa de muerte entre los jóvenes.

En La generación ansiosa, el psicólogo social Jonathan Haidt analiza las consecuencias de la sustitución de una infancia basada en el juego, la exploración y las relaciones presenciales por otra dominada por los celulares y las redes.

La comparación social permanente, la búsqueda de aprobación, la multiplicación de estímulos disparan las estadísticas de alteraciones en la psiquis.  Un adolescente promedio, apunta Haidt, recibe una notificación de alguna de sus aplicaciones cada cinco minutos, sufriendo una fragmentación de la atención que afecta su capacidad para pensar, con el riesgo de dejar una marca permanente en su cerebro. La adicción a las pantallas es el principal motivo de conflicto entre padres e hijos alrededor del mundo.

Hoy podemos conectarnos con millones, con personas que viven en los más lejanos puntos del planeta. Y, simultáneamente, quizás nunca estuvimos tan lejos de los que tenemos cerca. Se ha debilitado nuestra capacidad de construir vínculos profundos y de prestar atención a lo que les pasa a otros.

Los nuevos tormentos de Carrie

El 3 de noviembre se cumple medio siglo del estreno de Carrie, la película dirigida por Brian de Palma, basada en la primera novela de Stephen King. Amazon Prime acaba de estrenar la serie Carrie, que sigue la trama de la historia original pero adaptada a la actualidad.

La protagonista es una adolescente, educada bajo la modalidad del home schooling, que debe ingresar al sistema escolar convencional por el dictamen de una asistente social. La serie nos muestra la realidad de un típico colegio secundario norteamericano: el acceso diario por controles de metales, los simulacros de tiroteos, los códigos que determinan los rankings de popularidad, las presiones por un futuro ingreso a una universidad. Y, sobre todo, las nuevas formas del bullying.

Una humillación filmada puede volverse viral y convertirse en un loop, un eterno retorno de la burla.

El futuro que compite con ellos

Sobre llovido, la IA. Los nativos digitales, aquellos que crecieron entre pantallas, aplicaciones, plataformas y dispositivos; los que evangelizaron a sus torpes padres y abuelos; los que avanzaban ágilmente hacia el prometedor mañana en el que se combinaban una expansión de la libertad de expresión, la democratización de oportunidades, la destrucción de las barreras de acceso y la reversión de las viejas jerarquías, de pronto se encontraron con Black mirror. Una tecnología que pasó de ser un aliado a un competidor que amenaza con dejarlos sin futuro.

La inteligencia artificial ha incorporado las habilidades que les abrían las puertas del mercado laboral. Programa, diseña, traduce, asiste, aprende, reemplaza. Puede hacer, para empezar, todo aquello que suele encargarse a quienes arrancan en el mercado laboral.  

Los guías naturales en la selva tecnológica hoy están extraviados. No saben cómo formarse, orientarse, planificar o aprovechar lo aprendido. Un título universitario deja de ser un pasaporte al universo laboral para convertirse en un certificado de conocimientos con altas chances de tornarse caducos.

Aquellos que se sentían cómodos con el ritmo de las transformaciones ahora sufren vértigo por el exceso de velocidad.

Según pasan los años

Cada generación tuvo sus desafíos y amenazas. Los baby boomers, aquellos nacidos entre el final de la Segunda Guerra y mediados de los 60, enfrentaron el temor latente de la Guerra nuclear y la asfixia de las libertades en las dictaduras mientras surgían las protestas y el quiebre de muchas convenciones. La Generación X, la de los nacidos entre 1965 y 1980, lidió con la aparición del Sida, la expansión de las drogas y las crisis económicas. A los Millenniales (1981-1996) les tocarían el fantasma del terrorismo a partir del 11-S, la crisis financiera de 2008 y las primeras consecuencias del cambio climático.

Los jóvenes de hoy, los integrantes de la Generazión Z, exploran sus relaciones con el efecto inhibitorio de las políticas de cancelación y las falsas denuncias. Y, por otro lado, la facilidad del acoso y las apologías del agravio. Sufren las secuelas de la dinámica digital, el trauma de la pandemia, la precariedad laboral, el auge de la polarización y la incertidumbre que introduce el lado B de la tecnología.

La juventud no experimenta hoy muchas de las restricciones que la condicionaban en el pasado. Pero se ha desdibujado el rumbo natural de la existencia. Se debilitó la expectativa de que el estudio, el trabajo y el esfuerzo permiten mejorar las condiciones de vida heredadas. No era una garantía pero sí una promesa suficientemente convincente como para organizar alrededor de ella los proyectos individuales y familiares.

En “Juventud, divino tesoro”, Rubén Darío lamentaba la fugacidad de una etapa privilegiada. Más de un siglo después, el problema no es que la juventud se termine pronto. Es que la realidad se ha tornado demasiado oscura para entusiasmar a quienes toman las primeras decisiones en la aventura de sus vidas.

Una sociedad que celebra la juventud como símbolo del futuro parece encontrar crecientes dificultades para ofrecer a sus jóvenes un mañana auspicioso. El porvenir ya no es un lienzo para pintar los deseos sino un mapa borroso en el que se multiplican los miedos.

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