La mesa está preparada: la Argentina se dispone a recibir al Papa León XIV

Por Pbro. Marcelo Barrionuevo.

Hace 5 Hs

La próxima venida del Papa León XIV a la Argentina puede convertirse en una oportunidad providencial para volver a escuchar la invitación de Dios, renovar nuestra pertenencia a la Iglesia y preguntarnos qué lugar ocupa Jesucristo en la vida personal, familiar y social de nuestro pueblo. Podemos ver tres pasos, conversión, encuentro y misión.

I- Dios sigue preparando un banquete para la humanidad

La liturgia nos presenta la salvación como un banquete de bodas. No se trata solamente de una imagen del Cielo futuro, sino también de una invitación a vivir desde ahora la alegría de la comunión con Dios. El Señor no nos ha creado para la soledad, el individualismo ni una vida encerrada en nuestros propios intereses. Nos ha creado para el encuentro con Él y con los demás.

El salmo nos recuerda: “El Señor es mi pastor, me conduce hacia fuentes tranquilas”. En un mundo que vive acelerado, atravesado por la incertidumbre, las divisiones y el cansancio, necesitamos volver a descubrir que hay una voz que nos guía y una presencia que nos sostiene.

También la Argentina necesita escuchar esa voz. Hay hambre de esperanza, de paz, de trabajo digno, de justicia, de unidad y de un futuro que merezca ser vivido. Pero detrás de esas necesidades hay una sed más profunda: la de recuperar el sentido de la vida, la confianza en los demás y la certeza de que no estamos abandonados a nuestras fuerzas.

La esperada venida del Papa puede ser mucho más que un acontecimiento multitudinario. Puede convertirse en una invitación a preparar el corazón, a volver a lo esencial y a preguntarnos si estamos dejando espacio para Dios en nuestras decisiones personales, familiares, profesionales y políticas. Jesús nos advierte que los invitados pueden rechazar la invitación, y no siempre es negando la existencia de Dios; se lo deja de lado porque estamos demasiado preocupados por nuestros negocios, atrapados en las urgencias o convencidos se construye el futuro sin Él.

Antes de preguntarnos cuántas personas recibirán al Papa, conviene preguntarnos cuántos corazones estarán dispuestos a recibir a Cristo. El verdadero fruto de su visita se medirá por la transformación espiritual y humana que pueda suscitar en nuestra sociedad.

II- Preparar la venida del Papa es preparar el corazón

Una y otra vez, a lo largo de la historia de la salvación, Dios sale al encuentro del hombre. Lo llama, lo espera, lo perdona y vuelve a ofrecerle su amistad. El banquete de bodas expresa esa iniciativa incansable de un Dios que quiere compartir su vida con nosotros.

La venida del Santo Padre nos invita a revisar nuestra correspondencia a ese amor. No alcanza con esperarlo con entusiasmo; necesitamos preguntarnos qué queremos que cambie en nosotros a partir de su presencia. ¿Estamos dispuestos a renovar nuestra oración, a reconciliarnos con alguien, a recuperar la vida sacramental, a cuidar más a nuestra familia, a servir mejor a los pobres y a trabajar por una Argentina más fraterna? ¿Estamos dispuestos a superar las enemistades, los enfrentamientos y las desconfianzas que tantas veces nos impiden reconocernos como miembros de un mismo pueblo?

La preparación espiritual debe ayudarnos a pasar de la emoción del acontecimiento a la conversión de la vida. Una celebración puede conmovernos durante unas horas; el encuentro con Cristo está llamado a transformar la manera de vivir.

El Papa no viene a reemplazar a Cristo ni a ocupar el centro de nuestra fe. Viene como sucesor de Pedro, servidor de la unidad de la Iglesia y testigo del Evangelio, para confirmarnos en la fe y animarnos a vivir nuestra misión cristiana con renovada esperanza. La pregunta decisiva es: ¿Qué Iglesia y qué Argentina queremos ofrecerle como fruto de nuestro encuentro con Cristo?

El mejor homenaje que podamos hacerle sea mostrarle una Iglesia viva, capaz de escuchar, acompañar, sanar heridas y anunciar el Evangelio; una que no se encierra en sí misma, sino que sale al encuentro de quienes han perdido la esperanza o se sienten lejos de Dios.

III- “Vayan a los cruces de los caminos”: una Iglesia en salida

El rey del Evangelio, ante el rechazo de los primeros invitados, ordena a sus servidores: “Id a los cruces de los caminos e invitad a las bodas a todos los que encontréis”. Es quizá la palabra más urgente para nuestra Iglesia en la perspectiva de la visita papal.

Dios no se resigna a que su casa quede vacía. Su invitación se dirige a todos. La Iglesia no puede limitarse a esperar que las personas se acerquen a sus templos: debe salir a buscarlas allí donde transcurre su vida. Hoy los cruces de los caminos están en los barrios populares, en las familias heridas, en los jóvenes que ansían encontrar un sentido, en los trabajadores preocupados por su futuro, en los empresarios que deben tomar decisiones éticas, en los dirigentes que tienen la responsabilidad del bien común y en el mundo digital, donde millones de personas buscan respuestas, aunque no siempre sepan dónde encontrarlas.

La visita del Papa puede ayudarnos a despertar una conciencia misionera: cada bautizado está llamado a ser portador de la invitación de Dios, a convertirnos en mensajeros de la esperanza que recibimos. No basta con admirar al Santo Padre, escuchar sus palabras o participar de una celebración. Es necesario convertirnos en mensajeros de la esperanza que recibimos.

También nos exige superar una concepción meramente organizativa de la pastoral. No se trata de preparar acontecimientos, coordinar actividades o convocar multitudes, sino de engendrar una cultura cristiana capaz de transformar las conciencias, las relaciones humanas y las estructuras de la sociedad.

La fecundidad de la venida del Papa dependerá, en buena medida, de que cada comunidad cristiana se pregunte a quién necesita invitar de nuevo, salir a buscarlo y ayudarlo a regresar a la casa del Padre.

María, nuestra Madre, nos enseñará a mirar a cada persona como la mira su Hijo. Ella, que salió presurosa al encuentro de Isabel y estuvo presente en las bodas de Caná, puede enseñarnos a preparar la llegada de León XIV con un corazón atento, servicial y misionero.

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