Selección Argentina en Córdoba: una abuela, una flauta y el canto que contagió a todos frente al hotel
Durante horas, cientos de hinchas esperaron una señal de los campeones del mundo. Entre camisetas, pelotas y sueños de autógrafos, María del Carmen Albarellos terminó marcando el pulso de la jornada con su música y su entusiasmo.
Resumen para apurados
- En Córdoba, la abuela María Albarellos lideró con su flauta a cientos de hinchas que esperaban frente al hotel para saludar a los jugadores de la Selección Argentina.
- La concentración de fanáticos surgió por el feriado local y la previa ante Bolivia, congregando a familias que viajaron cientos de kilómetros por una firma o una foto.
- El episodio refleja la vigencia del fervor popular por los campeones del mundo en el interior del país, donde la ilusión comunitaria trasciende la presencia de figuras como Messi.
A la mañana, Córdoba parecía estar ocupada en cualquier cosa menos en la Selección. En el centro, la rutina seguía casi sin alteraciones: colectivos, gente entrando y saliendo de los negocios, mesas ocupadas en los bares. Nada hacía pensar que unas horas después, en otro extremo de la ciudad, Argentina jugaría su primer partido después del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá. Y tampoco que sería el comienzo de algo distinto: la primera noche de la Selección sin Lionel Messi.
Pero había que alejarse del centro para empezar a encontrar las primeras señales. Con el correr de las horas, la avenida La Voz del Interior al 7000 comenzó a poblarse de camisetas argentinas. Frente al hotel donde se alojaba el plantel fueron apareciendo familias, chicos, vendedores, banderas y objetos destinados a una misión muy concreta: volver a casa con una firma. Y, en medio de todos ellos, una flauta que sonaba.
María del Carmen Albarellos era la dueña del instrumento musical. No sonaba como en una sala de música. Sonaba en una vereda, bajo el sol de Córdoba, entre camisetas argentinas desplegadas sobre el piso, chicos apoyados contra las vallas y padres que miraban una puerta que permanecía cerrada.
María levantaba el instrumento, marcaba unas notas y enseguida volvía a hacer lo que llevaba horas haciendo: ordenar la ansiedad de los demás.
—¡Que salgan a saludar, que salgan a saludar! Ella empezaba. Los otros seguían.
Por momentos, la puerta del hotel parecía ejercer una fuerza extraña sobre todos. Alcanzaba con que alguien mirara hacia allí, que un policía cambiara de lugar o que alguno creyera descubrir movimiento detrás de un vidrio para que decenas de cabezas giraran al mismo tiempo. Nada. Entonces volvía la espera.
María estaba con su nieto. Era feriado en Córdoba por San Jerónimo, el chico no tenía clases y quiso probar suerte. Cuando llegaron casi no había nadie. “Hoy estoy de abuela full”, contaba María. “Mi nieto quería venir para ver a los jugadores de la Selección. Y yo, como siempre, acompañándolo”.
Pero acompañar, en su caso, terminó siendo bastante más que eso. María se convirtió en una especie de directora de orquesta de aquella espera. “Yo los aliento y los guío con la flauta para que canten”, explicaba.
Un sueño que no podrá ser
A pocos metros estaba Andrés. Había viajado desde Coronel Moldes, a casi 350 kilómetros de Córdoba, junto a sus dos hijos. Tenía las entradas para Argentina-Bolivia y, a diferencia de muchos de los que aguardaban detrás de las vallas, sabía que esa noche iba a ver a la Selección.
Pero había otro sueño que había imaginado durante años y que ya sabía que no ocurriría. Ver jugar a Messi. “Era un sueño que tenía”, decía. “Lo quería ver jugar y parece que nos dejaron afuera. Tendría que haber jugado 20 minutos, media hora”.
No lo decía con bronca. Había algo más parecido a la resignación de quien hizo las cuentas, organizó el viaje, compró las entradas y entendió que una de las escenas que había imaginado no formaría parte de esa noche.
Messi no estaría en el Kempes, pero Andrés hablaba de él como se habla de alguien que estuvo presente en momentos importantes de la propia vida. “Amo a esa persona por las alegrías que nos dio y las tristezas que nos dio. Es tiempo de que se retire con toda la gloria que tiene encima y con la humildad que tiene”, decía.
Y después aparecía una frase que explicaba también esa espera frente al hotel: “Seguimos con la Selección y vamos a seguir a muerte con ella”.
El guante que esperaba al "Dibu"
Sabina tampoco quería irse. En su caso no había entradas para el partido. Por eso, para sus hijos, quizá el encuentro con la Selección fuera ese: unos metros de vereda, una valla y la esperanza de que alguien cruzara la puerta.
Habían llevado camisetas, una pelota y un guante impreso en 3D. Uno de los chicos es arquero. El destinatario estaba decidido de antemano: Emiliano Martínez. “Mi nene es arquero”, contaba Sabina.
La ciudad empezó a cambiar de color
Horas después, la escena ya no estaba concentrada frente al hotel. Durante la tarde, las camisetas comenzaron a aparecer en el centro de Córdoba. Primero alguna aislada. Después dos. Después familias enteras. A medida que el recorrido se alejaba del casco céntrico y avanzaba hacia el Kempes, el celeste y blanco empezaba a ganar espacio.
Las camisetas se mezclaban con banderas atadas al cuello, gorros, caras pintadas y chicos caminando en grupo. Escuelas de fútbol completas avanzaban hacia el estadio. Algunos niños iban de la mano de sus padres; otros caminaban juntos, todavía con la energía suficiente como para cantar antes de llegar.
Cerca del Mario Alberto Kempes ya no hacía falta preguntar hacia dónde iba la gente. Todos caminaban para el mismo lado. Entre ellos iba Martín con su novia. Mientras atravesaba uno de los accesos al estadio le confesó algo que probablemente había repetido varias veces para sí mismo durante el día. “Siento que se me va a parar el corazón”. Era la primera vez que iba a ver a la Selección Argentina.
Y quizás esa frase explicaba mejor que cualquier cálculo lo que estaba ocurriendo alrededor.
El Kempes no podía mostrar su capacidad completa. Por la sanción impuesta por la FIFA, las tribunas presentaban alrededor del 50% del aforo habilitado. Pero una cosa era contar asientos ocupados y otra escuchar el estadio.
Desde bastante antes del comienzo del partido, los bombos empezaron a marcar el pulso de la noche. Los cantos bajaban desde las tribunas, se interrumpían durante algunos segundos y volvían.
La ausencia de Messi atravesaba inevitablemente la jornada. Había estado en el deseo frustrado de Andrés, en las camisetas con la 10 que lleva la mayoría de los niños y también en algo más amplio: aquella era la primera Selección después de él.
Pero la noche no se organizó alrededor de una ausencia. Se organizó con el “Dibu”. El “Cuti”. Los nuevos. Los campeones del mundo que continuaban. Los chicos que empezaban otra historia. La Selección había empezado otra vez.







