“Comienzo el lunes”. No hoy. El lunes. Porque hoy siempre parece haber una razón lógica para esperar: una tarea pendiente, una excusa razonable o un cansancio acumulado que merece ser atendido. Pero el lunes parece venir con una promesa bajo el brazo, como si al cambiar el nombre del día pudiéramos también cambiar la versión de nosotros mismos. A veces necesitamos un punto de partida para sentir que vamos a arrancar. No necesariamente por tratarse de proyectos monumentales, sino por asuntos cotidianos: retomar una rutina abandonada, ordenar la vida o emprender aquello que venimos postergando. Pero elegimos un lunes, y allí comienza la trampa: la satisfacción de tener un plan hoy colisiona con la realidad de quien debe cumplirlo mañana. Al llegar el día fijado, la motivación inicial suele haberse disipado y la exigencia de cumplir la promesa sin entusiasmo termina empujando la decisión hacia el lunes siguiente. En una época saturada de fórmulas de éxito inmediato y recetas motivacionales en redes sociales, la brecha entre las metas ideales y la persona real que debe ejecutarlas genera una frustración paralizante. “Siempre es lunes” se convierte en una metáfora contradictoria: si el cambio fuera posible en cualquier momento, podría comenzar hoy. Sin embargo, cada intento postergado suma un peso extra a la mochila de la autoconfianza. El desafío de fondo nunca es la meta en sí, sino la transformación de quien debe llevarla adelante. Quien busca sostener una conducta en el tiempo no necesita sobrecargarse con el objetivo final, sino descubrir qué herramientas internas requiere cultivar: tolerancia a la frustración, tiempo, acompañamiento y recursos propios. La vida se asemeja a un bloque de arcilla: la diferencia entre un puñado de barro y una vasija útil no radica en la materia prima, sino en la intención y el compromiso del artesano durante el proceso de modelado. Frente a los ciclos que reiniciamos continuamente, la pregunta esencial no es qué meta imponente pretendemos alcanzar, sino qué clase de creadores decidimos ser.
Jerónimo Bertoni
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