Habría culminado, para algunos historiadores, la Edad Contemporánea, que comenzaba con la Revolución Francesa, para dar lugar a una nueva fase de la humanidad conocida como la era digital. Se destacan, en ella, como en las edades anteriores, sus dos aspectos más importantes: el trabajo y la educación. Desarrollo, por supuesto, no desprovisto de crisis importantes. Meta, una de las “7 Magníficas “tecnológicas estadounidense, de mayor capitalización bursátil que dominan la economía global y los principales índices financieros (Apple, Microsoft, Nvidia, Alphabet (Google), Amazon, Meta Platforms, Tesla), llegó a un acuerdo para cerrar el juicio federal que 29 estados de Estados Unidos le habían iniciado por diseñar deliberadamente Facebook e Instagram para generar adicción en niños y adolescentes. La empresa se comprometió a pagar hasta 17.100 millones de dólares e instalar límites diarios de uso y bloqueos nocturnos automáticos para usuarios adolescentes, aunque el desembolso está escalonado: los primeros 12.000 millones son seguros, y el resto solo se activa si Snap, TikTok y YouTube también aceptan sanciones y cambios similares. El acuerdo, que todavía debe ser aprobado por la jueza federal Yvonne González Rogers, pondría fin a un litigio que llegó a reclamar hasta 1,4 billones de dólares en sanciones y que reunió a 47 estados en total. Meta, por supuesto, no admitió responsabilidad alguna: argumentó que no pudo haber engañado a los consumidores sobre la adictividad de sus productos porque la “adicción a las redes sociales” ni siquiera es un trastorno psiquiátrico reconocido, y su director legal prefirió hablar de un nuevo “estándar en la industria” antes que de una condena (La Nación, 26/08). Por primera vez, uno de los gigantes tecnológicos se ve obligado -bajo presión judicial y numerosas y fuertes denuncias- a reconocer en los hechos, aunque no en las palabras, que sus plataformas fueron construidas para atrapar la atención de los más jóvenes. Dopamina, adicción y pérdida de concentración: diversos estudios muestran que el formato de videos cortos, combinado con la lógica del scrolling infinito y el algoritmo de las redes sociales, favorece picos constantes de dopamina debido a la sucesión ininterrumpida de estímulos. Este mecanismo puede generar adicción. Cada vez se necesitan más videos para alcanzar el mismo nivel de satisfacción. Esto explica por qué, una vez que entramos en ese circuito, podemos pasar horas “enchufados” casi sin advertirlo. “Entre los efectos adversos encontramos: incapacidad de concentración y una dificultad para actividades que requieran de un esfuerzo cognitivo mayor como la lectura, el cine, el estudio o incluso el trabajo. Si esto se prolonga en el tiempo, puede ser muy perjudicial para la salud humana, disminuyendo considerablemente las capacidades cognitivas” (“Infobae”, 21/08/25). Los contenidos efímeros y fácilmente digeribles, junto con el bombardeo informativo constante, acostumbran al cerebro a rechazar aquello que requiere profundidad o reflexión. Se consolida así una dependencia inconsciente a la dopamina inmediata.
Pedro Pablo Verasaluse
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