Resumen para apurados
- El artista plástico Carlos Alonso murió a los 97 años en Córdoba, dejando un hondo pesar en la cultura nacional tras una extensa trayectoria visual.
- Nacido en Mendoza y formado en Tucumán con Spilimbergo, Alonso cobró renombre internacional al ilustrar obras como 'El Quijote' y el 'Martín Fierro'.
- Su fallecimiento consolida su estatus como maestro del arte argentino, cuyo legado e iconografía continuarán inspirando a las futuras generaciones.
El pintor, dibujante y grabador Carlos Alonso murió en la madrugada de ayer en su casa de Unquillo, Córdoba, a los 97 años. La familia confirmó la noticia mediante un breve comunicado posteado en la cuenta de Instagram del artista, @carlosalonso.oficial: “Con profundo pesar comunicamos el fallecimiento de Carlos (...) Su obra y su legado permanecerán siempre”, expresaron sus allegados.
Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, Alonso construyó a lo largo de siete décadas una de las obras más importantes del arte argentino contemporáneo, atravesada por el expresionismo, por el compromiso social por y la memoria de los años de plomo. Pero antes de ser un pintor consagrado y de que la dictadura le arrebatara a su hija, Alonso había elegido ser tucumano: aquí, en la Universidad Nacional de Tucumán, se formó junto al maestro que marcaría el resto de su vida, Lino Enea Spilimbergo.
La colección de la Facultad de Artes de la UNT conserva, hasta hoy, dos retratos en carbonilla de unos 50 por 100 centímetros, de sendos muchachos; uno, de mirada tierna y transparente; el otro, de mirada intensa y desafiante. El primero lo hizo un hombre de 52 años, en 1949; el segundo, un joven de 21, en 1950. Uno era el maestro; el otro, el discípulo. Uno, porteño; el otro, mendocino. Se habían encontrado en Tucumán.
Así arrancaba la semblanza que en 2015 le dedicó a Alonso el jefe de Archivo de LA GACETA, Sebastián Rosso, en una nota de su autoría publicada el 29 de agosto de ese año, y que hoy vuelve a leerse con otro peso.
Spilimbergo había sido convocado en 1948 para dirigir la Escuela de Pintura del Instituto Superior de Artes de la UNT, en un proyecto que buscaba convertir a la provincia en un foco cultural de alcance nacional y que sumó a Víctor Rebuffo, a Lajos Szalay, a Pompeyo Audivert y a Lorenzo Domínguez. Llegaba como figura rutilante de la plástica argentina, con un sello propio de figuras casi esculpidas y ojos enormes, y con la ambición de fundar una escuela de muralismo, después de haber trabajado junto a David Alfaro Siqueiros en el célebre “Ejercicio plástico”.
Esa convocatoria trajo a Alonso a Tucumán, en 1951, con 22 años. Se sumaba así a un hervidero cultural: el grupo de poetas “La Carpa”, la recién inaugurada peña El Cardón, una intensa vida universitaria. “Fue importante para mí el contacto con el norte del país, con su temática, sus personajes, con sus ritos, con todo aquello que poco a poco se fue metiendo en mis dibujos”, contaría después. De esos años recordaba también la bohemia junto a Spilimbergo, con quien esperaba horas en un bar: tener veinte años y trabajar en un andamio junto a un maestro como él, decía Alonso, “fue alucinante”.
La experiencia tucumana de Spilimbergo terminaría abortada en 1952, pero la carrera de su discípulo apenas empezaba. “Sobrenaturalmente dotado para el dibujo” -según la definición del escritor Juan Forn-, Alonso expuso en Buenos Aires a los 24 años, y poco después ganó el concurso internacional convocado por la editorial Emecé para ilustrar la segunda parte de El Quijote de la Mancha -la primera había sido ilustrada nada menos que por Salvador Dalí-, un logro al que seguirían otros trabajos de ilustración; entre ellos el Martín Fierro, de José Hernández, en 1959.
En su pintura, de raíz expresionista, el cuerpo humano y sus padecimientos fueron un eje constante: la carne, los mataderos y la relación entre el hombre y las reses volvían una y otra vez en sus obras, cargadas de crítica social. Ese lenguaje -el cuerpo vulnerado como territorio de denuncia- sería el mismo que, años después, usaría para nombrar el horror de la dictadura.
El costado más duro
Los años 70 trajeron el costado más duro de esa biografía. Durante la muestra “El ganado y lo perdido” sufrió amenazas de bomba, en medio de presiones que terminaron por empujarlo al exilio en Europa, en 1976. Al año siguiente, su hija Paloma fue secuestrada y desaparecida por el terrorismo de Estado. El propio Alonso enmudeció durante seis años, sin poder tocar un pincel. “La pintura siempre fue el campo donde se debatía mi situación”, reflexionaría tiempo después. De ese silencio y de ese dolor nació una de sus series más recordadas, “Manos anónimas”, que hoy puede verse parcialmente en el Museo Palacio Ferreyra de Córdoba y que, según definió su director, Francisco “Pancho” Marchiaro, lo confirma como uno de los grandes maestros argentinos, debido a su capacidad de mirar de frente los años de la dictadura. “Sigo creyendo en el arte y, sobre todo, en su memoria insobornable, no sentimental, pero que es capaz de fijar las heridas que la realidad deja en nosotros”, había escrito el propio Alonso apenas un mes atrás, en agosto, al presentar una nueva muestra. Una de sus últimas reflexiones públicas.
El reconocimiento trascendió fronteras: además del Premio Konex de Platino en 1982 y en 1992, y de la retrospectiva “Carlos Alonso. Pintura y tradición” que el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó en 2019, su obra fue subastada y exhibida en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), en la Bienal de Venecia y en galerías de Londres, de México y de La Habana.
En 1971, Alonso compró el terreno lindero a la casa de Unquillo donde había muerto su maestro en 1964. Una década más tarde, en 1981, a los 52 años, regresó del exilio para instalarse justamente ahí, junto a la casa de Spilimbergo. En esa misma casa murió en la madrugada de ayer; 65 años después de haber dibujado a carbonilla, en Mendoza, al hombre que estaba por conocer.
Como escribió Rosso en aquella semblanza de 2015: “El destino, o más bien el deseo y el cariño, los acomodó en ese mismo lugar”.









