Fue protagonista del primer "Naranjazo", llegó a Los Pumas y dejó un legado en el rugby tucumano: la historia de “Perico” Merlo
Pedro “Perico” Merlo fue parte de una generación que cambió la historia de la Naranja. A más de cuatro décadas de aquellas hazañas, recuerda los títulos, las revanchas y una vida atravesada por una camiseta que todavía conserva frente a su escritorio.
Resumen para apurados
- El exjugador Pedro "Perico" Merlo repasó en Tucumán su trayectoria en Los Naranjas y Los Pumas, a más de cuatro décadas de haber sido protagonista del primer "Naranjazo".
- Merlo integró la generación que transformó el rugby provincial tras ganar el Campeonato Argentino, un logro histórico que le permitió alcanzar la selección nacional de rugby.
- Su trayectoria perdura como emblema de la época dorada de la Naranja e inspira a las nuevas camadas de jugadores del interior a competir en el máximo nivel del rugby argentino.
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Pedro “Perico” Merlo tiene la camiseta Naranja frente a sus ojos todos los días. Está enmarcada en una pared de su estudio contable, en Yerba Buena, detrás de la pantalla en la que trabaja. Entre carpetas, papeles y números, forma parte su rutina. Pasaron más de cuatro décadas desde la última vez que tuvo una igual sobre el cuerpo. Pero basta preguntarle por aquellos años para que algo cambie. Sonríe. Los ojos le brillan. Cerca hay apenas otro recuerdo del rugby: un dibujo realizado a partir de una fotografía en la que aparece junto a Marcelo “Pescao” Ricci. “Fue cuando hice un try contra Rosario”, recuerda. Las demás camisetas -como la de Los Pumas u otras que utilizó a lo largo de su vida-, las fotografías y recortes están en su casa. La Naranja, no. Esa comparte con él los días. Quizás porque para Merlo nunca fue solamente una camiseta.
Habla con serenidad. Algunas fechas tardan en aparecer y ciertos apellidos se esconden entre tantos equipos y viajes. Hay nostalgia, pero algunos recuerdos rompen esa calma. Entonces acelera el relato y, por unos segundos, vuelve a ese seleccionado tucumano que aprendió a creer que podía ganarle a cualquiera.
La historia de los Merlo con una camiseta de Tucumán había comenzado mucho antes. En 1955, Julio Merlo, su padre, integró el seleccionado que conquistó por primera vez el Campeonato Argentino de básquet. Treinta años antes que su hijo, otro Merlo ya había llegado a lo más alto representando a la provincia.
Pedro creció entre familiares que practicaban deporte y tardes en la cancha. Julio lo llevaba a ver básquet y él también probó en Redes Argentinas. Después vinieron el fútbol, el vóley y otras disciplinas. En la casa de los Merlo, el deporte era parte de la vida.
Y afuera había un mundo entero para jugar. Creció en la calle Garmendia al 100, cuando a pocos metros empezaban las quintas y los campos abiertos. Jugaba al fútbol, se escapaba hacia el río Salí y aprovechaba las instalaciones de la Facultad de Educación Física para nadar o jugar al frontón. “Era una zona muy linda, tranquila. Toda esa parte era un lugar de juego para nosotros”, recuerda.
Hasta que un sábado su hermano lo llevó a Cardenales. Tenía 12 años. Al día siguiente ya estaba jugando un partido. “Me agarró la pasión por el rugby y no lo dejé más”, dice. Julio nunca intentó torcer aquella elección. Para él lo importante era que sus hijos hicieran deporte. Pedro simplemente había encontrado el suyo.
Cardenales fue su primera casa. Allí llegó al seleccionado juvenil, debutó en Primera a los 18 años y recibió “El Cardenal”, la principal distinción del club. “Era capitán en todas las divisiones, me preocupaba porque mis compañeros fueran a entrenar. Era muy apasionado y me gustaba que las cosas se cumplieran”, explica. Quizás por eso irse dolió tanto.
A fines de los años 70 sintió que necesitaba otro contexto para crecer. Lawn Tennis viajaba y competía. Durante unas vacaciones en Mar del Plata terminó de decidirse tras compartir un seven con jugadores del "Benjamín". “Me costó muchísimo. Tenía muy buenos amigos y habíamos logrado cosas. Pero queríamos progresar”, cuenta. Llegó a Lawn Tennis y permaneció durante 16 años en Primera.
En 1981 llegó al seleccionado mayor. Había sido titular en los cuartos de final y en las semifinales, y creyó que jugaría la final contra Buenos Aires. Los entrenadores eligieron a Gabriel “Mocho” Palou. “Me dolió muchísimo”, reconoce, más de cuatro décadas después. Al año siguiente ya era titular. Y ocurrió algo que cambió la mentalidad de aquella generación: Tucumán derrotó a Los Pumas en Atlético Concepción. Del otro lado estaban Hugo Porta, Eliseo “Chapa” Branca y varios de los hombres a los que admiraban desde lejos. “No nos cabía en la cabeza la posibilidad de ganar”, recuerda. Ganaron. “Fue la muestra de que se podía jugar de igual a igual”, asegura.
Después hubo derrotas y finales perdidas. Pero cada golpe achicó un poco la distancia. Hasta que llegó septiembre de 1985. Para entonces, Merlo ya había cruzado otra frontera. Un martes recibió una convocatoria inesperada a Los Pumas. Al día siguiente debía incorporarse al plantel que disputaría el Sudamericano. De repente compartía vestuario con aquellos jugadores que hasta poco antes parecían inalcanzables. “Fue una alegría tremenda”, recuerda. Jugó contra Paraguay y Chile y compartió cancha con Porta, “el dueño de la pelota”.
Pocas semanas después volvieron a encontrarse. Esta vez, enfrente. La final del Campeonato Argentino de 1985 se jugó sobre una cancha pesada. Antes de salir, el entrenador Alejandro Petra cerró la charla con una frase que Merlo todavía recuerda: “Hoy somos campeones”. Buenos Aires llevaba 19 títulos consecutivos. Tucumán estaba cansado de mirar la fiesta ajena.
Merlo conducía desde el medio scrum y Lucas Ferro ocupaba la apertura ante la ausencia de Ricardo Sauze. En una de las acciones decisivas, Perico encontró un espacio y conectó con Gabriel Terán. La jugada terminó cerca del ingoal. Tucumán eligió un scrum a cinco metros y empujó hasta que Ricci apoyó. El final fue 13-9.
Tucumán era campeón argentino por primera vez. Y para Merlo había algo más. 30 años antes, Julio había sido campeón argentino con Tucumán en básquet. Ahora era Pedro el que volvía a casa con un título nacional. Su padre pudo verlo.
Después del partido, “Perico” fue a buscar a Porta. Semanas antes habían compartido la camiseta de Los Pumas. Ahora acababan de enfrentarse en una final. “Cuando termina el partido voy a cambiarle la camiseta y me dice: ‘tomá la mía, pero la de Tucumán no la quiero’”, cuenta.
Porta no llevaba bien la derrota. Además, arrastraba un mal recuerdo de la provincia: años antes había sido expulsado jugando con Banco Nación ante Los Tarcos. Tiempo después le confesó a Merlo que consideraba aquel episodio una mancha en su carrera.
Un año después llegó la herida que todavía le borra la sonrisa. Tras otra final cargada de tensión, Merlo recibió una suspensión de un año. Sostiene que discutió con el árbitro, pero nunca lo agredió. Apeló con imágenes para respaldar su versión, pero, según recuerda, nunca obtuvo respuesta. La sanción llegó en el peor momento. En 1987 se disputaría el primer Mundial de rugby de la historia y Merlo estaba en la consideración de Los Pumas. “Creo que me perdí el Mundial por eso y la UAR nunca revisó mi pedido. En ese momento, la lucha era Tucumán contra ellos”, dice.
Había tardado años en llegar al seleccionado argentino. Cuando el rugby abrió una puerta que nunca antes había existido, él no pudo cruzarla. La sonrisa desaparece. El tiempo acomodó el recuerdo. No lo cerró. Merlo siguió entrenando. Suspendido, permaneció junto al seleccionado, acompañó al grupo y viajó con sus compañeros. No podía jugar. Tampoco quiso alejarse. Esperó.
En 1988 volvió a enfrentar a Buenos Aires en una final. “Fue mi gran venganza”, define. Tucumán ganó. Merlo considera que aquella tarde jugó el mejor partido de su vida. Después llegaron los campeonatos de 1989 y 1990, ya como capitán.
Mientras tanto, estudiaba para contador. Nunca dejó la facultad por entrenar ni utilizó los estudios como excusa para faltar al rugby. “Todo se puede hacer. Es cuestión de voluntad y disciplina”, sostiene. Lo había hecho durante años: estudiar, trabajar, entrenar y viajar. Organizó incluso su profesión para que pudiera convivir con el rugby.
Dejó de jugar en 1994, con 36 años. Al siguiente ya formaba juveniles. Dirigió en Lawn Tennis, trabajó con seleccionados tucumanos y llegó a los juveniles argentinos. Más tarde pasó por Universitario. El medio scrum cruzó la línea de cal, pero siguió haciendo lo mismo: conducir.
El rugby también atravesó a otra generación. Su hermano jugó, su hijo llegó a Primera y hoy es entrenador. Entre sus sobrinos, Tomás Albornoz también llegó a Los Pumas. “Perico” todavía aparece en una cancha. Acompaña a su hijo como colaborador en la M-13 de Lawn Tennis. “Para despuntar el vicio”, dice. Y vuelve a sonreír.
Después regresa al estudio. Al escritorio. A los números. A las carpetas. Y, frente a él, la Naranja. Una camiseta de Tucumán como la que, tres décadas antes, había vestido su padre para representar a la provincia en otro deporte. La que Porta no quiso recibir aquella tarde de 1985. La que reúne al jugador, al capitán, al Puma 397, al entrenador y al contador. ”Perico” dejó de usarla hace décadas. Nunca terminó de sacársela.







