De las patotas adolescentes en el microcentro a la ficción: el origen de “Okey, Félix”
Un episodio trágico ocurrido en medio de la violencia juvenil que adquirió notoriedad en la provincia quedó dando vueltas en la imaginación de Valentín Monroy. Aquellas experiencias posteriores a la crisis de 2001 tomaron la forma de su primera novela.
Con una historia de ascenso, violencia y caída situada en el Tucumán de comienzos de los años 2000, Valentín Monroy debuta en la novela con “Okey, Félix”, publicada por el sello independiente tucumano Gerania. El libro nació durante la pandemia, en medio de una crisis personal atravesada por la incertidumbre laboral y las preguntas acerca de los caminos posibles que una vida puede tomar, pero también recupera una memoria generacional marcada por la crisis de 2001, las patotas adolescentes que adquirieron protagonismo en el centro de la ciudad y un episodio trágico que dejó al descubierto las consecuencias de aquella violencia convertida casi en espectáculo.
Monroy construye desde allí un relato ágil, de ritmo cinematográfico y sostenido por el trabajo de montaje, en el que Tucumán funciona como escenario y, a la vez, como un territorio afectivo y mítico, hecho de lugares de la infancia, transformaciones urbanas y memorias heredadas. En esta entrevista, Monroy habla sobre el origen de este libro, la construcción de Félix, sus influencias audiovisuales, el valor de los talleres literarios y una búsqueda narrativa que encuentra en la novela un género que invita a indagar en las complejidades de la condición humana.
- ¿Cómo surgió el proyecto de “Okey, Félix”?
- Fue a partir de un capítulo de otra novela, todavía inédita, una novela larga. “Okey, Félix” pertenece a ese registro imaginario que es, al mismo tiempo, mi registro personal y afectivo de Tucumán. Entonces tenía la ventaja de no tener que inventar un universo desde cero y podía concentrarme en el personaje, su lenguaje y su historia. Pienso que, para un escritor desconocido como yo, lo mejor es comenzar con una novela ágil, que acompañe al lector amigablemente antes de sacudirlo.
- ¿Cómo resultó el proceso de escritura?
- Se dio durante la pandemia. El encierro obligatorio, en mi caso, fue la circunstancia ideal para escribir. En ese momento ya era profesional, me había quedado sin trabajo y el futuro se había convertido en un lugar lleno de incertidumbre. Empecé a cuestionarme todo: ¿qué hubiese sido de mí si hubiera tomado otro camino? ¿Y si, en vez de estudiar, hubiese hecho otra cosa? “Okey, Félix” fue una respuesta desde la ficción a esa crisis existencial. Félix elige un camino por fuera de la legalidad y consigue todo lo que yo no tenía cuando escribí la novela, pero al final también pierde aquello que, por suerte, yo no perdí y espero nunca perder.
- ¿Siempre pensaste en una novela de 200 páginas?
- Fue consecuencia del desarrollo de la historia, pero, sobre todo, de lo que podía admitir la estructura narrativa que sostiene la novela. La vida de Félix podría continuar en términos biográficos, pero lo que yo quería contar está determinado por el tipo de novela que quería escribir.
- Contame sobre los lugares, los personajes y el contexto histórico de “Okey, Félix”. ¿Cuánto hay de vos en ese registro?
- A comienzos de los años 2000 empezaron a aparecer patotas adolescentes en el centro de Tucumán. Estaban formadas, en su mayoría, por chicos que iban a colegios privados y tenían un buen pasar económico, pero que eran muy violentos y, al mismo tiempo, muy conocidos. Operaban en la zona de 25 de Mayo y Corrientes, que era el punto de encuentro de los adolescentes que íbamos a caretear por ahí. Yo estudiaba en el Gymnasium y tenía ese escenario prácticamente en mis narices. Entre 2004 y 2006, esas patotas adquirieron un raro prestigio. Nadie quería cruzárselas porque podían arruinarte la noche, pero al mismo tiempo todos hablaban con admiración de las cosas que se animaban a hacer. Éramos adolescentes y veníamos de la crisis de 2001.
- ¿Y entonces?
- Hubo un hecho que para mí marcó un quiebre. En octubre de 2006 hubo un muerto como consecuencia de todo ese circo hormonal. Desde entonces le di vueltas y vueltas al asunto, y la única respuesta que encontré fue en la ficción. Creo que todas esas marcas de época están en el horizonte de la mayoría de los personajes de la novela, especialmente de los adolescentes.
- Tucumán es protagonista de la novela. ¿Es una constante en tus relatos esa idea de narrar nuestros escenarios?
- No es algo programático, pero la ciudad de Tucumán es recurrente en mi escritura porque es lo que conozco. Y digo la ciudad, aunque en realidad pienso en ciertos lugares que fui invistiendo de un valor mítico porque son los lugares de la infancia. Como me quedé acá, también tengo la posibilidad de ver cómo todos esos escenarios cambian, se corrompen y vuelven a cambiar. En la observación de cómo la vida va floreciendo, erosionando, dando y quitando, encuentro también una forma de narrar la ciudad. Y no solamente los lugares que yo transité: también está esa otra ciudad que me contó mi abuela, la ciudad que existía antes de mí y que, de algún modo, también forma parte de mi memoria.
- Hay mucho de guión audiovisual en el ritmo de la novela. ¿Tiene que ver también con tus influencias?
- Sí, hubo muchas series y películas que me marcaron tanto como las lecturas. El momento en que Walter White (“Breaking Bad”) descubre que hizo lo que hizo porque le gustaba y no por necesidad; cuando Teresa Mendoza (“La Reina del Sur”) decide matar al padre de su hija después de su traición a pesar de estar enamorada; cuando Pablo (“Narcos”) comprende que es el hombre más poderoso del mundo pero a su padre le da vergüenza. Son escenas que trabajan ese punto de encuentro entre el arte y el crimen y que fueron muy importantes para mí porque me hicieron comprender que lo que me interesa, en definitiva, es la condición humana.
- ¿Cómo trabajás eso?
- Más allá de la temática y de los gustos personales, creo que hay un terreno interesante para explorar en relación con el modo en que escriben quienes nacimos rodeados de televisión, cine, series e internet. En mi caso, el trabajo más arduo con “Okey, Félix” fue el montaje y no la escritura en sí misma. La novela se construyó mucho desde el montaje, y eso me hizo pensar que ciertas formas de producir literatura pueden pensarse con herramientas y conceptos propios del cine. No sé todavía qué efectos puede generar esto en la técnica literaria, pero me parece un territorio muy fértil para explorar, especialmente por la cuestión del ritmo.
- ¿Cuál es tu proyecto literario, teniendo en cuenta las experiencias recogidas en los talleres que hiciste? ¿Hacia dónde va tu búsqueda?
- Tuve la suerte de formarme en un taller literario que, para mí, fue una experiencia fundamental. Había muy buena onda, gente muy interesante y muy comprometida con la lectura, pero no existían concesiones. Si realmente te interesaba aprender, había que dejar el ego afuera o, en todo caso, soportar que te lo rompieran. Cuando uno empieza a escribir suele tener demasiada fe en esos primeros textos. Después descubre que están llenos de errores, florituras y cosas que uno creía importantes y que, en realidad, no aportaban demasiado. La única manera de descubrirlo era que alguien leyera el texto con mucha atención y te señalara, sin contemplaciones, todo aquello que no funcionaba. Lo más lindo de un taller literario es, paradójicamente, que puede ser una carnicería. Son impiadosos con tu texto, pero lo son porque te están leyendo de verdad, con muchísimo compromiso. Esa lectura te obliga a preguntarte qué queda cuando desaparecen las florituras, qué vale la pena conservar y, sobre todo, qué es lo que uno realmente puede escribir. En la enorme variedad de posibilidades que ofrece la novela me siento muy cómodo. Me interesa porque es un género sucio, abierto, capaz de incorporar registros, voces y materiales muy distintos. Creo que todavía tengo mucho que explorar ahí.









