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El asalto de los jóvenes al espacio público casi siempre incomoda. Parece molestar más aún cuando ese comportamiento está sostenido en movimientos que resultan incomprensibles o erráticos para la mayoría de quienes los observan desde afuera. En cuestión de días, las llamadas “batallas de aura” irrumpieron en la conversación pública y una nueva manifestación de jóvenes, que parecía madurarse en los rincones de una internet a la que pocos adultos tienen acceso real, se hace pública. Se hace cuerpo. Y se vuelve irreconocible por la cultura masiva porque quizás esa categoría tiene poco que ver con la singularidad que inunda “lo digital”. Allí conviven expresiones, culturas e identidades que migran de nicho en nicho sin la necesidad de la legitimación adulta.
De lo digital a la plaza. Los jóvenes vuelven a ocupar el espacio público. Las plazas más importantes de las ciudades son ahora habitadas por agrupaciones desprolijas de chicos y chicas que llegan en colectivo desde los barrios (porque por lo general, no son los chicos del centro los que allí se conglomeran). Llegan con algunos objetos para disfrazarse y construir, durante apenas unos segundos, un personaje. Es una expresión simple de la cultura, que a primera vista no parece tener sentido más que el de bailar. Pero qué sentido más profundo que ese, el de juntarse, moverse y celebrar entre pares.
Pese a los intentos de estudiar la etimología del fenómeno, sigue siendo extraño batallar por aura. El aura, al menos en los videojuegos, se cuantifica, se mide, se acumula. Y es precisamente esa conexión con la técnica la que nos dio algunas de las definiciones más estudiadas por la academia. Asombrado por las capacidades de reproducción de los dispositivos del siglo XX, Walter Benjamin definió el aura como la manifestación irrepetible de una lejanía. Representa la singularidad, la autenticidad y la presencia única de una obra de arte en un tiempo y un espacio determinados. En su célebre ensayo “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, el referente de la Escuela de Frankfurt explicaba cómo la reproducción masiva, como la fotografía o el cine, destruía ese aura al desprender al objeto de su ritual y de su contexto originario, desplazando el valor de la imagen desde lo “cultural” hacia lo puramente “exhibitivo”, propio del consumo de masas.
“Farmear aura” lleva la paradoja benjaminiana a un extremo hipermoderno. En esta dinámica, el aura no solo deja de ser una cualidad orgánica e inalcanzable, sino que ahora se vive como un recurso cuantificable, algo que se puede justamente "farmear", es decir, extraer de manera repetida mediante la actuación escenificada. Como una cosecha de algo inmaterial que no se posee, sin embargo, se gana, se mide, se acumula. Y como si fuese poco, se compite por ella.
La celebración de moda pone en juego el carisma, dicho en términos menos anglosajones. Esa condición humana que se construye a partir del reconocimiento de un “otro” se convierte en capital y en espectáculo reproducible para las redes sociales. Y de nuevo, en términos de Benjamin, el carisma deja de ser una experiencia irrepetible para volverse una performance orientada, mecánicamente, a la exhibición y a la aprobación masiva de una audiencia.
Quién es la audiencia es otro misterio. Ante la exposición pública, hay quienes ponen el cuerpo, sus movimientos y el riesgo al rechazo de los pares. Sin embargo también existe un público digital, porque sin cámaras, la batalla no tiene sentido alguno. El sentido lo da el loop algorítmico: de la pantalla a la plaza, de la plaza de nuevo a la pantalla. Pero poner el cuerpo no es poca cosa en tiempos de inteligencia artificial y digitalismo extremo. El cuerpo además como dispositivo de juego, de competencia, en un encuentro entre desconocidos, entre risas cómplices, entre aprobaciones y burlas, también.
Llama la atención el concepto, pero detrás se repiten patrones que ya conocemos de la juventud. El juego, la búsqueda de validación y la construcción de una identidad más móvil que nunca orbitan alrededor de ese ring improvisado. Pero a diferencia de otros fenómenos, en estas batallas hay algo de igualador. Cualquier puede participar, cualquiera puede perder o ganar.
Algo similar ocurrió con los jóvenes que se enfrentaban improvisando rimas en las llamadas batallas de gallos. Allí estuvo El Quinto Escalón, cuna de artistas argentinos que hoy logran un alcance histórico, superior incluso al de grandes figuras de nuestra música. Duki, Wos, Trueno, Lit Killah o Paulo Londra fueron parte de esa generación comprendida por pocos al inicio, validada por millones años después.
El prejuicio es el peor enemigo para entender este fenómeno. Quizás sea pasajero, pero sutilmente nos revelará más cosas de lo que está pasando entre el mundo adulto y el mundo joven, cada vez más desencontrados. “Lo nuevo” funciona así, sin importar los cánones, los sentidos previos y definiciones. Irrumpe para desacomodarnos, a veces con matices más mercantilizados, seguramente. Pero como en toda batalla algo de esto se quedará, casi siempre, sin pedir permiso.










