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Hay una creencia bastante extendida cuando hablamos de ahorro y planificación para el retiro: pensar que primero debemos disponer de una suma importante de dinero para recién entonces comenzar. “Cuando gane más voy a ahorrar”. “Cuando termine de pagar esto empiezo”. “Todavía soy joven para pensar en el retiro”. Son frases que escuchamos con frecuencia y que, casi sin advertirlo, van postergando una decisión que necesita fundamentalmente de un recurso que no podemos recuperar: el tiempo.
Para comenzar a construir un capital para el futuro no hace falta hacerlo con grandes sumas. Se comienza con lo que cada persona puede destinar hoy, de acuerdo con sus ingresos, sus responsabilidades familiares y su realidad económica. Lo verdaderamente importante es tomar la decisión, generar el hábito y sostenerlo en el tiempo.
Jubilación y retiro
Habitualmente asociamos el retiro con los 60 o 65 años y con el momento en que obtenemos nuestra jubilación. Sin embargo, son conceptos que conviene diferenciar. La jubilación es una prestación del sistema previsional a la que accederemos cuando reunamos la edad y los años de aportes exigidos por la legislación. Junto con ella tendremos también la correspondiente cobertura médico-asistencial, pero no debemos presumir que el haber previsional va a equiparar a los ingresos de la etapa activa. Por eso resulta indispensable revisar durante la vida activa nuestra historia laboral, controlar los aportes y corregir o completar con anticipación aquello que sea necesario para llegar a la edad jubilatoria con el derecho previsional consolidado.
Pero el retiro es un concepto mucho más amplio.
Puede comenzar a los 60, a los 65, a los 67 o a los 70 años. Incluso puede comenzar antes si una persona ha construido los recursos suficientes para decidir reducir su actividad laboral. En definitiva, retirarse no significa necesariamente dejar de hacer cosas. Significa comenzar una etapa en la que el trabajo deja de ser la principal fuente de nuestros ingresos. Y allí aparece una pregunta que deberíamos hacernos mucho antes: ¿Con qué recursos quiero vivir cuando ya no quiera o no pueda trabajar con la misma intensidad que hoy?
Una nueva longevidad que debemos financiar
Vivimos cada vez más años. Y esa extraordinaria conquista también plantea un desafío económico. Una persona que se retira alrededor de los 65 años puede tener por delante veinte, veinticinco o incluso treinta años de vida. Son años durante los cuales continuará necesitando vivienda, alimentación, salud, recreación, viajes, ayuda familiar y recursos para sostener su calidad de vida. Tendríamos que ambicionar llegar a ese momento independientes y autónomos. Pero también debemos comprender desde ahora que difícilmente el haber previsional, por sí solo, pueda reproducir los ingresos y el nivel de vida que tuvimos durante nuestra etapa activa. Por eso la planificación debería apoyarse sobre dos pilares complementarios: construir correctamente nuestro derecho jubilatorio y construir, paralelamente, un capital propio para el retiro.
Herramienta de planificación
El seguro de retiro permite realizar aportes durante la etapa activa con el objetivo de acumular un capital que pueda ser utilizado en el futuro. Y aquí aparece nuevamente la importancia del tiempo. Muchas veces nos concentramos demasiado en cuánto podemos aportar y demasiado poco en durante cuánto tiempo podremos hacerlo. Quien comienza joven puede hacerlo con un esfuerzo económico proporcionalmente menor y dispone de muchos años para construir su capital. Quien comienza más tarde también puede hacerlo, pero probablemente necesitará realizar un esfuerzo mayor para alcanzar un objetivo similar.
Por eso, esperar a “tener más dinero” no siempre es la mejor decisión. Se puede empezar con poco. Se puede aumentar el aporte cuando mejoran los ingresos. Se puede revisar periódicamente el objetivo. Lo que no podemos recuperar son los años durante los cuales decidimos no comenzar. De cambiar tiempo por dinero a construir capital
Durante nuestra etapa activa hacemos algo todos los días: entregamos parte de nuestro tiempo, conocimiento y capacidad laboral a cambio de ingresos. Con esos ingresos sostenemos nuestro presente. Pero una parte de ellos también debería ayudarnos a construir nuestro futuro. Porque llegará una etapa en la que tendremos más tiempo disponible, pero posiblemente menos capacidad o menos deseo de convertir ese tiempo en trabajo. Ese sería el verdadero sentido de la planificación del retiro.
No se trata de vivir hoy pensando permanentemente en la vejez ni de privarnos del presente para ahorrar para un futuro lejano. Se trata de encontrar un equilibrio: disfrutar el presente y, al mismo tiempo, reservar una parte de los recursos que hoy podemos generar para cuidar a la persona que seremos mañana. La planificación previsional nos permite construir el derecho a una jubilación y a una cobertura de salud. La planificación financiera y los seguros de retiro pueden ayudarnos a construir los recursos complementarios que necesitaremos para sostener nuestra calidad de vida. Son dos especialidades diferentes, pero profundamente complementarias, que deberían analizarse dentro de una misma planificación integral. La previsión no consiste solamente en preguntarnos cuándo podremos jubilarnos. También consiste en preguntarnos cómo queremos vivir cuando llegue ese momento, y, para comenzar a responder esa pregunta sólo hace falta tomar la decisión de comenzar. El monto podrá recuperarse o incrementarse. El tiempo que dejamos pasar, no. Jubilarse responde a cuándo cumplimos los requisitos, retirarnos depende de cuándo construimos los recursos para hacerlo. “No se trata solamente de llegar a la jubilación. Se trata de llegar mejor preparados a la longevidad.”







