Por Hernán Carbonel
Para LA GACETA - SALTO
Tanto Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) como El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886) son la exteriorización de un monstruo interno. Sea en Stevenson o en Shelley, ambos personajes (Frankenstein, Hyde) reflejan en una criatura externa los propios males y demonios (Viktor, Jeckill). El espejo, la proyección. El desdoblamiento hacia las sombras, el lado oscuro, Anakin y Darth Vader. Se trate del género que se trate: gótico, científico, romántico, terror, policial, suspense, ciencia ficción, se lo encasille donde se lo encasille.
Uno como creación, el hombre que roba el fuego; el otro, como parte de un trastorno psíquico (personalidad múltiple, bipolaridad): no es menor que medien 70 años entre uno y otro. Ricardo Piglia dice que la ciencia ficción nace entre la muerte de la religión y el surgimiento del psicoanálisis. Es Nietzsche gritando a los cuatro vientos: “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos?”. ¿No son, asesinos, también, Frankenstein o Hyde? ¿No se cree Viktor un dios al crear vida?
Dice Piglia en “Notas sobre literatura en un diario” (Formas breves): “Nietzsche al ver cómo un cochero castigaba brutalmente a un caballo se abraza llorando al cuello del animal y lo besa. Fue en Turín, el 3 de enero de 1888, y esa fecha marca, en un sentido, el fin de la filosofía: con ese hecho empieza la llamada locura de Nietzsche que, como el suicidio de Sócrates, es un acontecimiento inolvidable en la historia de la razón occidental”.
Con la llegada del psicoanálisis, el mal ya no está afuera, ya no se llama Frankenstein ni Hyde, sino Viktor o Jekyll. El monstruo ya no habita fuera del ser, ya no es una proyección ni un desdoblamiento, sino que habita en el ser mismo. Apagada la representación, no queda más que la indagación hacia adentro.
La anécdota es harto conocida: Joyce está viviendo en Suiza. Jung, que se había despachado con un escrito sobre el Ulises, tiene ahí su clínica. Joyce lo visita para mostrarle los textos que escribe su hija Lucía, que terminaría sus días en una clínica psiquiátrica. (Joyce la llamaba la maravilla salvaje; decía que su cabeza tenía “la claridad despiadada del relámpago”; para el resto del mundo, Lucía era conflictiva, extravagante, arrebatada, exótica. Quiso o pudo ser bailarina, actriz, pintora, escritora, autora de una novela perdida en las nieves del tiempo. Se dice que su locura se desató ante el rechazo amoroso de un joven escritor, por entonces amigo de su padre, llamado Samuel Beckett. De ahí en adelante, el vertiginoso y constante descenso hacia la oscuridad, los infiernos de la mente, la psicosis, la esquizofrenia). “Lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo”, le dice Joyce, que está embarcado en ese experimental, fragmentado, onírico, roto, disperso, neológico, intraducible libro que es el Finnegans Wake. A lo que Jung responde: “Pero allí donde usted nada, ella se ahoga”. Ricardo Piglia menciona esa anécdota en “Los sujetos trágicos” (Formas breves) y, página después, dice: “El psicoanálisis es en cierto sentido un arte de la natación, un arte de mantener a flote en el mar del lenguaje a gente que está siempre tratando de hundirse. Y un artista es aquel que nunca sabe si va a poder nadar: ha podido nadar antes, pero no sabe si va a poder nadar la próxima vez que entre en el lenguaje”.
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Hernán Carbonel - Periodista y escritor.







