Malvinas y los rostros de la memoria

Sacheri vuelve a las islas para ponerles vida a quienes pelearon.

EN LAS ISLAS. La novela plantea si la gente se acordará de lo que pasó y de la deuda que mantenemos con los héroes de Malvinas.
EN LAS ISLAS. La novela plantea si la gente se acordará de lo que pasó y de la deuda que mantenemos con los héroes de Malvinas.

NOVELA

QUÉ QUEDARÁ DE NOSOTROS

EDUARDO SACHERI

(Alfaguara - Buenos Aires)

Nada es gratuito en la segunda novela de Eduardo Sacheri sobre la Guerra del Atlántico Sur. Ni siquiera que resolviese publicar no una, sino dos ficciones consecutivas sobre el conflicto de 1982, antes de que los jugadores de la Selección Nacional “re-malvinizaran” la conciencia colectiva. Fue -cómo olvidarlo- cuando desplegaran una bandera que gritaba “Las Malvinas son Argentinas”, desafiando a la FIFA, enojando al presidente Javier Milei, y mostrándole a la Argentina y al mundo que hay verdades que no se pueden censurar. Y, por sobre todas las cosas, que no se deben olvidar. Mucho menos después de volver a dejar a Inglaterra fuera de carrera en un Mundial de Fútbol. Igualito que en 1986...

Qué quedará de nosotros es, cronológicamente, la secuela de Demasiado lejos (2025), que el año pasado comentamos aquí. Sin embargo, aunque muchos de los personajes aparecen en la primera novela, esta puede leerse perfectamente, y con todos los significados completos, aunque no se haya accedido a la obra precedente.

Esta independencia se debe a que Sacheri dedica los primeros capítulos a presentar a cada uno de los protagonistas. Y, en rigor, destina medio libro a que los lectores conozcan en profundidad algunas de las esencias de quienes vertebran el relato. La novela, de 402 páginas, tiene dos grandes partes. “Las islas”, hasta la página 197 (que es donde transcurren estas “presentaciones”), y “La guerra”.

“El Trío Los Panchos”

“Carlitos” reaparece con su existencia siempre tironeada por su familia. Su madre, que no hesita en apelar a su propio hermano, un oficial de inteligencia de las Fuerzas Armadas, para pedirle (otra vez, como en Demasiado lejos, cuando le toca hacer el Servicio Militar Obligatorio) que “acomode” a su único hijo varón. Sólo que esta vez el “favor” consiste en que maniobre para que a su sobrino no lo lleven a Malvinas. Ese ventajismo siempre tiene atribulado al “beneficiado”, en especial porque sus dos grandes amigos, el “Conejo” y el “Negro” Antonio, no sólo no corren con la misma suerte: también ignoran quién es, exactamente, ese familiar del que “Carlitos” habló difusamente cuando hacían la “colimba”. Pero no sólo eso lo aflige: también están las expectativas (por momentos, más bien un mandato) paternas: que él se haga cargo de la exitosa inmobiliaria de la familia, a pesar de que el primogénito ha ingresado a la carrera de ingeniería, a modo de clarificar que su deseo corre por otros caminos.

El “Conejo” tiene un conflicto mucho más marcado con su papá. Él trabaja en el taller mecánico de su padre y la relación siempre es tensa. Es como si el hijo, en la percepción de su progenitor, siempre estuviera en falta con algo. No importa el tiempo ni el compromiso que demuestre, nunca hay reconocimiento. Todo el tiempo hay reproches: que el taller está desordenado o que las herramientas no están limpias. El “Conejo” tampoco es de temperamento dócil. Resiente que su padre le pida trabajar algún sábado, si acaso -y por suerte- hay mucho trabajo. Ni hablar cuando, además, le pida que abra el taller a las 8 de esos sábados. Porque quiere que los vecinos vean el trajín desde temprano, especialmente durante el fin de semana, ya que es buena publicidad “de boca en boca” que vean que el taller trabaja sin descanso.

El que da testimonio de esa imperfecta dinámica es el “Negro”. Antonio es santiagueño, oriundo de Clodomira, y vino a buscar suerte a Buenos Aires. Los primeros tiempos fueron duros. Léase, pobres. Hasta que su familiar, sin mucha preparación pero con el sentido común de la época, le recomendó enrolarse para realizar la conscripción. Eso le sería muy útil. El sobrino hizo caso y en 1962, a los 18 años, se enlistó.

Temprano nomás, en el texto, se dirá que fue el mejor consejo que alguna vez pudieron darle. En el cuartel conoció a sus amigos, “Carlitos” y el “Conejo”. Y cuando terminó de prestar servicio, el “Conejo” se lo llevó consigo. Ahora, vive en el taller del padre de su amigo. Y aprende el oficio de mecánico, mientras trabaja con padre e hijo. Eso sí: Antonio atesora un secreto. Uno que considera inconfesable: en la más absoluta clandestinidad, está de novio con Magalí: la hermana del “Conejo”. Está perdidamente enamorado de ella, y ella le manifiesta una total reciprocidad en los sentimientos, pero desde que conoce a su amigo sabe que se pone como loco cuando se trata de su hermana. Así que vive mortificado entre el amor incontenible por su amada y la amistad con su amigo que por nada del mundo quiere sacrificar. Esa “subtrama” de amor le da al texto momentos de belleza que, considerando el tema central de la ficción, resulta un hallazgo.

Los tres amigos (tan inseparables que los conocen como “El Trío Los Panchos”) van narrando, con sus respectivas miradas (las de tres hermanos de armas provenientes de diferentes clases sociales y con contrastantes niveles de formación), el prólogo de la Guerra de Malvinas. Luego les tocará vivirla en carne propia.

Cuestión de dualidades

En la novela aparecen otros actores que, aunque secundarios respecto de “Los Panchos”, resultan reveladores. Son dos oficiales que terminan siendo antagonistas. Por un lado, el mayor Camargo, el tío de “Carlitos”, que es un ser humano despreciable. Es, acabadamente, un resentido social. Lo es respecto de su hermana, a quien aborrece. Respecto de su vecino, a quien se quiere llevar por delante. Respecto de su sobrino, con quien no tiene ningún afecto. Ni ningún código. Y, especialmente, lo es respecto de sus subalternos. Con ellos no ahorra maltratos ni humillaciones.

Camargo, además, no tiene escrúpulos. No tiene empacho en encargar misiones que bien podrían calificarse como “suicidas” a cambio de que le reporten informes del terreno cuya utilidad, a los efectos del conflicto, es nula. Pero que lo exhibirán como un oficial de inteligencia informado ante sus superiores del Estado Mayor.

Esas patéticas miserabilidades lo enfrentan contra su “némesis”: el teniente primero Quinteros. Como persona (no sólo como personalidad), se encuentra en las antípodas del mayor. Las rispideces irán in crescendo de manera directamente proporcional a como aumenta el reconocimiento, y hasta el afecto de los soldados por eso hombre que habla muy poco. Y que nunca sonríe. En una acción en el terreno, en el fragor de las batallas, Quinteros no tiene arengas, sino sólo un pedido. Que aquellos que quieran, lo sigan al frente. Absolutamente nadie se queda atrás.

La razón de ser de uno y otro en la ficción no es, simplemente, retratar que en toda organización hay personas con una profunda humanidad, mientras que otros son genuinos mal nacidos (no hace falta una novela para advertirlo). En todo caso, expone que no todos fueron héroes. Que así como hubo soldados que lo dejaron todo por la patria en esas australidades, hubo oficiales que arriesgaron sus vidas por un puñado de chicos que apenas conocían. De la misma manera, hubo otros oficiales que encarnaron lo peor de nuestra especie. En todo momento. Y sin pausas.

Precisamente, Qué quedará de nosotros concentra en el texto la virtuosa dualidad de su autor: es una ficción, indudablemente, que abreva en la realidad, acabadamente. Algo que Sacheri, uno de los más consagrados narradores argentinos, a la vez que historiador, logra con una fluidez que lo hace parecer natural.

Que media novela esté dedicada a contar quién es quien se logra con un ritmo narrativo ágil, ameno, lleno incluso de variedades lingüísticas (sociolectos, cronolectos y dialectos) que tornan inconfundibles, a la vez que entrañables, a cada uno de “Los Panchos”.

Puede que, prima facie, quien está ansioso por avanzar en la trama (la avidez por la inmediatez es propia de la era de las pantallas, pero no de las horas de papel), piense que, llegado a la mitad del paginado, se enfrenta con un elogio del minimalismo. Pero lo virtuoso de la novela de Sacheri es que una vez que se la consume por completo (tarea que insume unas nueve horas), no sólo el paisaje está completo. Sino que todo el contenido se resignifica. No en el sentido de la última línea de un cuento, sino en la perspectiva de quien ha ido reuniendo los elementos de una colección, por separado, hasta que finalmente los reúne por completo. Y los contempla en su totalidad.

Cuando eso pasa, los padecimientos que sufren los héroes argentinos que lo dieron todo en las islas ya no son los de un grupo de soldados que puede ser cualquier conjunto de hombres armados, lejanos y anónimos. El “Conejo”, “Carlitos” y el “Negro” Antonio ahora son tres seres humanos completos. Tres ejemplos acabados, con historias, y hasta rostros. Con sueños, con miedos, con verdades, con corajes, con desengaños, con proyectos… con vidas. Porque, a no olvidarlo, tienen sólo 19 años. Y ni hablar de los de la “clase 63”, que pelearon en las islas con solamente 18 años. A ellos, a miles de ellos, los genocidas de la última dictadura mandaron a las Malvinas. Centenares de ellos no volvieron.
Al leer a Sacheri, pese a que es una novela, los padecimientos de la guerra ya no son una ajenidad. Están largamente humanizados aquellos que enfrentaron a un ejército británico compuesto por soldados que, en muchos casos, tenían la misma edad que los oficiales de los soldados argentinos. Es imposible no sufrir junto con el “Trío” por la falta de preparación; las armas en mal estado; la falta de equipamiento de radio para pedir refuerzos, o para enterarse que una patrulla estaba yendo a reforzar posiciones que ya habían sido abandonadas; el hambre provocado por las deficiencias en la logística de los suministros; la carencia de municiones por las mismas razones, el frío, o la incomprensión y el despotismo de los “superiores” que duermen bajo techo (y no en pozos de zorro) y comen caliente (y no ovejas cazadas en campos minados) en Puerto Argentino.

Reconstrucciones

Todo esto se extiende en “La Guerra”, la segunda mitad de la obra. El autor lleva la acción a las islas. Y transporta a los lectores consigo. En 2008, cuando se cumplieron 26 años del conflicto, tuve la oportunidad de estar una semana en Malvinas enviado por LA GACETA. Resulta fidedigna y muy lograda la reconstrucción narrativa de lugares, como la Cresta del Telégrafo (los usurpadores le llaman “Wireless Ridge”), donde se libró uno de los últimos enfrentamientos de las denominadas “Batallas de Puerto Argentino”. El corredor entre paredes altas de rocas es tal cual lo retratamos aquí.

Otros episodios son narrados con las mismas impresiones que brindaron, en entrevistas, ex combatientes entrevistados en aquella oportunidad, como el desembarco en Bahía San Carlos, la larguísima primera batalla en Darwin y Pradera del Ganso (“Goose Green”, le llaman los actuales ocupantes del archipiélago). O el infame e incesante cañoneo desde las embarcaciones inglesas en Cresta del Telégrafo, durante el 13 de junio. Anthony Smith, el guía de LA GACETA en las islas, relató un detalle nada menor: ese día era domingo. Así que a las tripulaciones británicas les pagaban el doble por pelear ese día. De principio a fin no dejaron de vomitar plomo sobre las posiciones argentinas. Al día siguiente se producía la rendición.

Una rendición que, en la novela, los hombres dignos, como el teniente primero Quinteros, asumen como un futuro ineludible. Pero no por intuición, sino por análisis de las condiciones del conflicto. Agravado por esa peligrosa mezcla de necedad e incapacidad de los altos “mandos”, a quienes se advierte que el desembarco inglés, lógicamente, iba a darse en donde se dio, en la parte “trasera” de la isla Soledad, y no en Puerto Argentino, como se empecinaban en convencerse.

Aún así, a pesar de la certeza de que la victoria era un albur, dieron la pelea. ¿Y qué obtuvieron? Con ese interrogante, hacia el final del libro, Sacheri sacude a los lectores. Aún con mayor intensidad que la bandera de “Las Malvinas son Argentinas” que el mundo entero vio desplegarse en el campo de juego de la semifinal que la “albiceleste” les ganó a los ingleses. Ahí, en un solo párrafo, en un diálogo de “Carlitos” con el teniente primero Quinteros, el lector encuentra dos cuestiones. Por un lado, el título de la novela. Por el otro, una angustia tan inagotable como la deuda que los argentinos mantenemos con los héroes de Malvinas.

“¿Se acordarán allá de que peleamos? ¿De todo lo que pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y en una de esas la gente prefiere olvidarnos? Eso me pregunto, teniente. Me pregunto qué quedará de nosotros. Si es que queda algo, ¿vio?, en la memoria de la gente, después...”

© LA GACETA

Perfil

Eduardo Sacheri (Buenos Aires, 1967) es profesor y licenciado en Historia, guionista y escritor. Su novela La pregunta de sus ojos fue llevada al cine por Juan José Campanella como El secreto de sus ojos, film distinguido con el Oscar a la mejor película extranjera en 2010. Otros de sus libros son Papeles en el viento (llevada al cine por Juan Taratuto), La noche de la Usina (Premio Alfaguara de novela 2016, llevada al cine como La odisea de los giles por Sebastián Borensztein) y Demasiado lejos (2025).

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