La Santísima Trinidad del Fútbol
Al repasar a los futbolistas más influyentes de todos los tiempos, tres nombres aparecen sin esfuerzo. Aunque toda elección es subjetiva, esta coincide con lo que muchos especialistas consideran un consenso tácito. El brasileño Edson Arantes do Nascimento (Pelé) y los argentinos Diego Armando Maradona y Lionel Messi conforman la Santísima Trinidad del deporte más popular del planeta.
Por César Chelala
Para LA GACETA - NUEVA YORK
Pelé (nacido el 21 de octubre de 1940) anotó 1.281 goles en 1.363 partidos, incluyendo amistosos y encuentros de exhibición. Figura en el Guinness Book of World Records como el jugador con más goles en la historia. Hombre de fuerte conciencia social, apoyó públicamente políticas destinadas a mejorar la vida de los sectores más pobres de Brasil. En 1961, por sus logros deportivos, el presidente Janio Quadros lo declaró tesoro nacional.
Quizás sea el único futbolista que logró detener una guerra: durante el conflicto de Biafra, cuando llegó a Nigeria con el Santos, se decretó un alto el fuego de dos días para que la población pudiera verlo jugar. El fútbol, literalmente, suspendió la violencia.
Eduardo Galeano describió como nadie el estilo de Pelé en Fútbol a sol y sombra: “Cuando Pelé corría fuerte, atravesaba a sus rivales como cuchillo caliente en manteca. Cuando se detenía, sus rivales se perdían en los laberintos que sus piernas bordaban. Cuando saltaba, trepaba al aire como si fuera una escalera”. Y remata: “Quienes tuvimos la suerte de verlo jugar recibimos limosnas de una belleza extraordinaria: momentos tan dignos de inmortalidad que nos hacen creer que la inmortalidad existe”.
En 1958, con apenas 17 años, Pelé debutó en un Mundial. Su actuación junto a Garrincha regaló lo que muchos recuerdan como “los mejores tres minutos de fútbol jamás jugados”. En la final, Brasil venció a Suecia 5 a 2 y Pelé anotó dos goles -un sombrero inolvidable sobre Gustavsson seguido de una volea, más un cabezazo- convirtiéndose en el goleador más joven en una final mundialista.
En 1970, en la final ante Italia, abrió el marcador y asistió el gol de Carlos Alberto, en una jugada que quedó como símbolo del “jogo bonito”. Con ese título, Pelé alcanzó su tercer Mundial, una hazaña irrepetible.
Si Pelé fue el caballero, Maradona (nacido el 30 de octubre de 1960) fue el pibe de barrio que nunca dejó de ser. Nadie puede negar su grandeza -ni su controversia- como jugador. Fue elegido, junto a Pelé, Jugador del Siglo por la FIFA. Alcanzó la cima de su carrera en el Napoli, llevando al club al período más exitoso de su historia.
Con Maradona como líder, Napoli ganó dos veces la Serie A (1986-87 y 1989-90), la Coppa Italia en 1987, la Copa de la UEFA en 1989 y la Supercopa Italiana en 1990.
En Nápoles, Diego es más que un ídolo: es una figura religiosa. Murales, altares y estampitas lo recuerdan en cada esquina.
Pero su consagración definitiva llegó en el Mundial de México 1986. El segundo gol contra Inglaterra fue elegido por la FIFA como el mejor de la historia de los Mundiales. Cuatro minutos después de la célebre “Mano de Dios”, Maradona tomó la pelota en su propio campo, giró y, con 11 toques, recorrió más de medio campo. Dejó atrás a cinco ingleses -Beardsley, Hodge, Reid, Butcher y Fenwick- y venció a Shilton con un toque preciso. Bryon Butler, en la BBC, lo narró así: “Maradona gira como una anguila, sale del problema, pequeño hombre fornido… entra por dentro de Butcher y lo deja muerto, pasa por fuera de Fenwick y lo deja muerto, y coloca la pelota… y por eso Maradona es el mejor jugador del mundo”. Michel Platini lo sintetizó con una frase perfecta: “Lo que Zidane podía hacer con una pelota, Maradona podía hacerlo con una naranja”.
El tercer integrante de esta Trinidad, Lionel Messi, es lo opuesto al estruendo maradoniano: un hombre sereno, casi tímido. Nacido en Rosario el 24 de junio de 1987, ha sido -para muchos- el mejor jugador del mundo durante años. Es el primer futbolista en ganar seis Balones de Oro y seis Botas de Oro europeas. También es el único en ser máximo goleador en cuatro Champions consecutivas. Su lista de récords parece interminable.
Messi aprovecha su estatura (1,70 m) para moverse entre rivales con una precisión casi quirúrgica. El arco contrario es su norte permanente. Hernán Casciari lo describe así: “Parece en trance, como hipnotizado; solo quiere que la pelota entre en el arco rival, no le importa el deporte, ni el resultado final, ni las reglas del juego. Hay que ver sus ojos para entenderlo: parece bizco, como si tuviera dificultades para leer un subtítulo; se concentra en la pelota y no la pierde de vista aunque lo acuchillen”.
Compararlos invita a elegir al mejor. Pero es un ejercicio inútil. Son distintos, pero iguales en su excelencia. Permanecen como figuras icónicas y representan -y probablemente representarán por mucho tiempo- a los más grandes entre los mejores.
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César Chelala - Médico, escritor y periodista tucumano radicado en Estados Unidos. Ganó un premio Adepa en 2014 en la categoría Deportes.







