El valor del tiempo en un mundo muy apurado

Hace 4 Hs

Hay escenas que se repiten todos los días en nuestra ciudad. El semáforo todavía está en rojo y el auto de atrás ya toca bocina. El ascensor demora unos segundos más de lo esperado y alguien aprieta el botón una y otra vez, como si eso pudiera hacerlo llegar antes. Un video dura dos minutos y buscamos verlo al doble de velocidad, o una web tarda cinco segundos en cargar y sentimos que algo funciona mal. Vivimos apurados, pero no siempre fue así.

No hace tanto tiempo, esperar era parte de la vida. Esperábamos una carta, una llamada o el diario de la mañana para enterarnos de lo que había pasado el día anterior. Esperábamos el resumen deportivo de la noche para ver un gol e incluso esperábamos el domingo para ir a la cancha. La espera era simplemente el ritmo de las cosas; no era un problema. Hoy, en cambio, parece haberse convertido en un defecto.

Queremos respuestas inmediatas, soluciones instantáneas y resultados urgentes. Si un entrenador pierde tres partidos ya se discute su continuidad. Si un jugador atraviesa una mala racha, enseguida aparece la palabra “fracaso”. Si un gobierno lleva pocos meses, ya se exige el balance definitivo. Porque, al parecer, todo tiene que resolverse ahora, como si el tiempo ya no tuviera nada para aportar.

El deporte, como tantas veces, funciona como un espejo de la sociedad. Durante el Mundial vimos cómo un futbolista podía pasar de héroe a cuestionado en apenas 90 minutos y lo mismo ocurre cada fin de semana en el fútbol argentino. Hoy calificamos momentos y emitimos sentencias. Nos cuesta aceptar que una historia casi nunca se explica por un solo partido.

La lógica de las redes sociales terminó colonizando la manera de mirar el mundo. Todo debe provocar una reacción inmediata, todo merece una opinión urgente y todo parece necesitar un veredicto antes de que aparezcan los hechos.

Sin darnos cuenta, dejamos de valorar algo que siempre fue indispensable: el tiempo. Porque el tiempo también es útil en el trabajo. En un chico que aprende un oficio, en un deportista que necesita cientos de entrenamientos antes de destacarse, en una familia que se recompone después de una pérdida o en un proyecto que madura lentamente. Hay cosas que no pueden acelerarse; por más tecnología que tengamos, siguen necesitando el mismo ingrediente de siempre: tiempo.

Tal vez por eso vivimos cada vez más frustrados. No porque las cosas salgan peor que antes, sino porque esperamos que sucedan más rápido de lo que la realidad permite. Se confunde velocidad con progreso. La paciencia dejó de ser una virtud para convertirse casi en una rareza. Y, sin embargo, las mejores historias siguen desafiando esa lógica. Ningún campeonato importante se gana en la primera fecha, ninguna carrera se construye de un día para otro y ninguna relación profunda nace en un abrir y cerrar de ojos. Todo lo que realmente vale suele requerir espera.

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