¿Puede Tucumán tener su propio Cafayate?: la provincia quiere dejar de ser una promesa y convertirse en destino del vino

Con menos hectáreas cultivadas pero con vinos de altura, paisajes y una historia propia, la provincia busca construir un modelo diferente basado en producción y turismo.

Hace 1 Hs

Resumen para apurados

  • El gobierno de Tucumán impulsó un plan estratégico y créditos para desarrollar el enoturismo en los Valles Calchaquíes y potenciar la producción vitivinícola local.
  • Con unas 120 hectáreas y 18 bodegas boutique, Tucumán busca posicionar sus vinos de altura combinando producción pequeña con patrimonio cultural y turismo de experiencia.
  • La iniciativa busca consolidar la Ruta del Vino tucumana como un motor económico a largo plazo, generando una identidad propia frente a destinos consolidados como Cafayate.
Resumen generado con IA

Durante años, el vino tucumano quedó escondido detrás de otras etiquetas del norte argentino. Mientras Cafayate en Salta construía una marca reconocida internacionalmente y Mendoza consolidaba su lugar como capital vitivinícola del país, Tucumán conservaba una producción pequeña, con bodegas familiares y viñedos de altura que todavía buscaban una identidad propia.

Hoy, la apuesta provincial apunta a cambiar esa historia. “En Tucumán se da un caso atípico porque encontrás en un mismo lugar una potencialidad de producción con varios productos: vino, nuez, frutas, hortalizas. Pero además tenés historia y paisajes fantásticos. Entonces la apuesta es el desarrollo enoturístico: el desarrollo del vino que te permite vender el valle”, remarca Juan Casañas, presidente del Instituto de Desarrollo Productivo de Tucumán (IDEP) en “Encuentros LA GACETA: Vino y Territorio”.

La mirada coincide con la de Ana Nores, referente de la Ruta del Vino de Tucumán del Ente Tucumán Turismo, quien sostiene que el desafío no es solamente producir más botellas, sino construir una experiencia alrededor de ellas.

“La gente, además del vino, busca la historia que hay detrás del vino, el paisaje, la comunidad, el patrimonio y la cultura. Todo lo que implica esa botella hasta que llega a sus manos”, señala.

Aún en construcción

Los números muestran una diferencia con otros destinos vitivinícolas del norte argentino. Tucumán cuenta actualmente con unas 100 o 120 hectáreas de vid y alrededor de 18 bodegas, en su mayoría pequeños productores. En comparación, Santa María, en Catamarca, cuenta con unas 700 hectáreas, mientras que Cafayate supera las 3.000 hectáreas.

Para Casañas, esa diferencia no debe pensarse solamente como una desventaja, sino como una oportunidad para construir un modelo diferente.

“No estamos pensando en grandes extensiones de producción. Pensamos en 20 hectáreas con un restaurante boutique, una bodega, gente que atienda al visitante, que pueda venderle la historia del lugar”, explica.

BENEFICIOS. Casañas anunció que se otorgarán créditos a productores. LA GACETA/ Foto de Diego Aráoz. BENEFICIOS. Casañas anunció que se otorgarán créditos a productores. LA GACETA/ Foto de Diego Aráoz.

El funcionario considera que los Valles Calchaquíes tucumanos tienen condiciones para desarrollar una propuesta similar a la de Cafayate, pero con características propias: “Yo entiendo que hay para hacer un Cafayate y medio en Tucumán”.

El camino, según explica, requiere una planificación de largo plazo. Por eso el IDEP, junto con el Consejo Federal de Inversiones (CFI) y la Secretaría de Turismo, trabaja en un plan estratégico para el desarrollo de los Valles Calchaquíes.

“La idea es que haya producción, pero el plato fuerte es el turismo”, afirma y adelanta que la Provincia trabaja en una línea de créditos específicos destinada a las bodegas.

“Hoy con el gobernador Osvaldo Jaldo se están largando créditos específicos. Esto todavía no salió en público, pero estamos programando una entrega de créditos para las bodegas y ya están cumplimentando el papeleo”, señaló durante el encuentro.

Casañas explicó que la iniciativa forma parte de una mirada de largo plazo para fortalecer la vitivinicultura tucumana y generar las condiciones necesarias para que más productores puedan incorporarse al circuito.

“Estamos apostando a un desarrollo en el largo plazo”, afirmó.

Una uva diferente

Si hay una característica que distingue a los vinos tucumanos es la altura. Los viñedos ubicados en los Valles Calchaquíes se encuentran en zonas donde la amplitud térmica genera condiciones particulares para la uva.

Según Nores, la diferencia no está solamente en estar a muchos metros sobre el nivel del mar, sino en cómo esa condición modifica la planta.

CRECIMIENTO. Nores llamó a transformar cada botella en una puerta de entrada al territorio tucumano. LA GACETA/ Foto de Diego Aráoz. CRECIMIENTO. Nores llamó a transformar cada botella en una puerta de entrada al territorio tucumano. LA GACETA/ Foto de Diego Aráoz.

“Tenemos días con mucho sol, mucha radiación solar y a la noche temperaturas que pueden caer por debajo de cero grados. Eso hace que la uva se comporte de una forma diferente a otras regiones”, explica.

Esa combinación genera uvas con piel más gruesa y vinos con mayor estructura: “Da como resultado un vino con mucho cuerpo, mucha intensidad de sabor”.

Casañas también destaca algunas variedades que considera representativas de la provincia. “A mí me parece que Tucumán es tannat o torrontés”, afirma.

Según explica, el tannat tucumano tiene características diferentes al tradicional uruguayo por la influencia del sol y la altura. “La amplitud térmica y la cáscara gruesa hacen que sea un vino mucho más intenso y completo”, señala.

Hilo conductor

Para Nores, el crecimiento de la Ruta del Vino tucumana depende de lograr que el visitante no llegue solamente a probar una copa, sino a quedarse con una historia.

 “Estamos trabajando mucho en la educación, en que primero los tucumanos conozcan que tenemos vino. No podemos promocionar afuera algo que no conocemos adentro”, explica.

La propuesta incluye sumar nuevas bodegas y fortalecer los servicios vinculados al turismo. Aunque el desafío no termina en las bodegas.

“No hablamos solamente de vino. También están la Ciudad Sagrada de Quilmes, el desierto de Tío Punco, el turismo rural comunitario, los paisajes y las comunidades”, enumera.

Por eso, sostiene que el vino puede funcionar como un hilo conductor para recorrer todo el valle.

“La gente busca experiencias más que servicios turísticos. Muchas veces puede faltar alguna infraestructura, pero si tiene un encuentro con el bodeguero, conoce la planta, comparte un almuerzo criollo o escucha la historia del lugar, se lleva algo que no olvida”, indica.

La apuesta, entonces, no es solamente producir más vino. Es lograr que cada botella pueda abrir una puerta hacia Tucumán. Un paisaje de altura, una comunidad, una historia y una experiencia que todavía busca hacerse conocida.

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