La nueva adaptación cinematográfica de “La Odisea” colocó en el centro de la escena una de las obras fundacionales de la cultura occidental. El poema atribuido a Homero continúa despertando fascinación porque se interna en preguntas que siguen definiendo la experiencia humana: el sentido del viaje, el deseo de regresar al hogar, la fragilidad de la existencia, el amor, la identidad, el poder y la muerte. Doctor en Filosofía y especialista en pensamiento antiguo, José María Nieva explica en esta entrevista el valor simbólico de los mitos y personajes de la obra, reflexiona sobre la vigencia del legado griego y sostiene que la travesía de Odiseo continúa siendo una metáfora de la condición humana: un camino de aprendizaje en el que cada decisión habla de nosotros.
- ¿Cuáles son los aspectos de la condición humana que abarca una obra como “La Odisea” y que siguen interpelando al público contemporáneo?
- Comparto lo que sostienen varios pensadores: todos seguimos siendo, en algún sentido, griegos. Los griegos son clásicos porque lograron tocar fibras de la existencia humana que permanecen inalterables. Historiadores de la filosofía, filósofos e intérpretes coinciden en que supieron pensar dimensiones de la condición humana que siguen siendo nuestras.
- ¿Por ejemplo?
- Acaba de publicarse un libro de un filósofo italiano especializado en platonismo, titulado “Criaturas efímeras”, expresión tomada de un verso de Píndaro. El título resume muy bien una de las grandes preocupaciones griegas: pensar la temporalidad, la finitud, aquello que después Heidegger llamará el “ser para la muerte”. Los griegos reflexionaron sobre esa condición con sus propias categorías y alcanzaron una lucidez extraordinaria. Hay cuestiones que vuelven una y otra vez porque ellos supieron verlas más allá de su contexto histórico. “La Odisea” sigue teniendo repercusión porque habla, en definitiva, de lo que somos.
- ¿En qué sentido?
- El ser humano es un ser itinerante. El viaje, la patria, el regreso al hogar son experiencias profundamente humanas. Hace poco leí una reflexión de una profesora española que me llevó a releer la Carta 88 de Séneca. Allí dice que, más allá de discutir si Homero fue uno o muchos autores, lo verdaderamente importante son las tempestades de nuestra propia alma. La pregunta es: ¿qué puerto buscamos?, ¿hacia dónde queremos regresar? La filosofía estoica es muy lúcida para pensar la condición humana, y en ese sentido sigue siendo profundamente griega. Todos atravesamos nuestras propias tempestades. Hay además una escena que me parece especialmente significativa y que la película apenas desarrolla: Odiseo rechaza la juventud eterna y la inmortalidad que le ofrece Calipso porque quiere regresar junto a Penélope. Si eso no dice algo sobre el amor y sobre la condición humana, entonces resulta difícil pensar qué podría decirlo. Creo que Homero, allí, está transmitiendo algo muy profundo.
- La obra está construida alrededor de una serie de mitos. ¿Qué representan esos mitos y qué enseñanzas transmitían a la sociedad griega?
- Generalmente se dice que, como la griega no fue una cultura del libro en el sentido en que lo fueron otras civilizaciones, los poemas homéricos ocuparon ese lugar. Sobre ellos se cimentó gran parte de la vida cultural griega. Allí estaban los dioses, la vida humana y toda su complejidad. Las tragedias beben de los poemas homéricos y de los mitos arcaicos, y muchos intérpretes sostienen que también la filosofía nace dialogando con ese mismo universo. Hay un hilo de continuidad muy claro.
- ¿Cuál sería entonces la función del mito?
- Si compartimos con Ernst Cassirer la idea de que el hombre es un animal simbólico, entonces debemos admitir que el ser humano no puede vivir sin mitos. La palabra mythos en griego significa relato, palabra, discurso, narración. Nadie puede comprenderse a sí mismo si no posee un relato sobre quién es, ya sea personal, familiar, histórico o cultural. Necesitamos narrarnos para dar sentido a nuestra existencia. En ese sentido, seguimos siendo seres míticos. Todos necesitamos un relato que otorgue coordenadas a nuestra vida. Esa idea, por ejemplo, vuelve a aparecer con enorme fuerza en la filosofía de Paul Ricoeur.
- En la obra aparecen personajes como Polifemo, Circe o Calipso. ¿Qué pueden simbolizar desde una mirada filosófica o antropológica?
- En el caso de Polifemo creo que representa, paradójicamente, aquello monstruoso que también forma parte de nosotros. Hay un aspecto que la película prácticamente omite: el cíclope posee lenguaje, dialoga con Odiseo y responde cuando este lo engaña. No es simplemente una bestia. Pienso aquí en Aristóteles, cuando habla de las desviaciones de la virtud y menciona los caracteres monstruosos o bestiales. Polifemo pertenece a una comunidad, tiene hermanos, no es un ser aislado; sin embargo, encarna la monstruosidad. Y eso resulta interesante porque también nosotros llevamos esa posibilidad dentro. En cierto modo, el poema despliega un abanico de distintas maneras de ser humano.
- ¿Y qué representa Circe?
- Circe es una hechicera. En griego aparecen términos como goeteía, vinculados con el hechizo y el encantamiento. Posteriormente esa idea tendrá mucha importancia filosófica, porque el propio lenguaje puede hechizar. Platón criticará precisamente esos embrujos del lenguaje, y muchos siglos después Wittgenstein retomará esa misma preocupación. Es un buen ejemplo de cómo seguimos dialogando con los griegos.
- ¿Y Calipso?
- Con Calipso aparece otra cuestión muy interesante. La inmortalidad que ofrece está estrechamente ligada a la seducción y a la sexualidad. Homero incluso se detiene en describir que ambos copulaban todas las noches. Eso permite una reflexión filosófica muy rica sobre el vínculo entre el amor, la muerte y el deseo. Son distintos rostros de la condición humana. Algo semejante ocurre con Circe si recordamos la tradición que la presenta como abuela de Medea. La tragedia de Medea sigue impresionando porque dice algo verdadero acerca de lo que somos. Hay pasajes que conservan una actualidad sorprendente.
- Mencionaste a Aristóteles. ¿Por qué resulta importante en esta lectura?
- Porque comparto la idea de que la ética aristotélica se nutre profundamente de la tragedia griega. Cuando Aristóteles reflexiona sobre quiénes somos o sobre qué significa vivir éticamente, reconoce que debemos enfrentarnos con nuestras zonas oscuras, con aquello monstruoso que también nos constituye. El desafío consiste en reconocerlo e intentar mejorarlo. Lo mismo ocurre en “La Ilíada” con personajes como Agamenón, Aquiles o Áyax. Son distintos rostros de la condición humana. Desde esa perspectiva, los poemas homéricos contienen una enorme riqueza filosófica.
- Los dioses tienen una presencia permanente en “La Odisea”. ¿Cómo era la relación de los griegos con ellos?
- Hay que distinguir distintos momentos históricos. Con el surgimiento de la filosofía aparece una crítica a la teología homérica tradicional. Heráclito, por ejemplo, tiene un famoso aforismo donde afirma que “lo único sabio quiere y no quiere ser llamado Zeus”. Allí ya hay una invitación a pensar la divinidad de otro modo. Más adelante Platón profundiza esa crítica. Mientras los dioses homéricos aparecen como seres caprichosos, dominados por pasiones humanas, Platón sostendrá que la divinidad es esencialmente buena.
- ¿Qué diferencia establece entonces Homero entre dioses y hombres?
- Paradójicamente, muy poca. Los dioses sienten celos, odios, ambiciones y deseos igual que los seres humanos. La gran diferencia es que ellos son inmortales y nosotros no. Sin embargo, esa religiosidad impregnaba completamente la vida griega. Antes de emprender una guerra, fundar una ciudad o tomar una decisión importante, era habitual consultar a los oráculos. Incluso Platón, cuando aborda cuestiones como el origen del mundo o el destino del alma, comienza invocando a la divinidad. Reconoce que está hablando de asuntos sobre los cuales nadie posee un conocimiento absoluto. La religiosidad atravesaba toda la vida cotidiana de los griegos.
- En Odiseo hay un viaje exterior, pero también un profundo viaje interior. ¿Qué representa filosóficamente?
- Me dedico especialmente al platonismo tardío, y allí la figura de Odiseo fue interpretada como una imagen del alma. Los neoplatónicos hablan del alma como un ser anfibio, que vive entre dos mundos y busca reencontrarse consigo misma. En ese contexto aparecen símbolos muy importantes, como el mar, entendido como lo informe, frente a la búsqueda de una forma propia. En Odiseo el viaje implica una transformación personal. Regresa siendo otro, después de haber aprendido de sus errores. Homero lo caracteriza como polymetis, es decir, extremadamente astuto y sagaz. Hasta podría decir ladino. En cierto modo, son cosas que en el buen sentido podríamos decir de los argentinos, ¿no? Esa inteligencia incluso puede volverse engaño. Basta recordar cómo obtiene las armas de Aquiles que correspondían a Áyax. Por eso creo que el viaje no es solamente un castigo impuesto por Poseidón a causa de Polifemo. Es, sobre todo, un camino de aprendizaje. Homero parece decirnos que los seres humanos somos capaces de reparar nuestros errores, aunque ese proceso demande tiempo. Nadie vuelve siendo el mismo después de un viaje.
- ¿Qué aporta hoy el estudio de la filosofía antigua para comprender una obra como “La Odisea” y también nuestro presente?
- Yo no puedo hablar de mí sin mi pasado, y la filosofía tampoco puede hablar de sí misma sin el suyo. Siempre comienzo mis cursos con un texto de un filósofo italiano titulado “¿Qué sentido tiene estudiar filosofía antigua hoy?” Allí aparece una idea que considero fundamental: estudiar el pasado permite encontrar algo valioso para el presente. No podemos comprendernos sin nuestra historia personal ni sin nuestra historia cultural. Los griegos forman parte de ese pasado del que seguimos viviendo. Ellos establecieron muchas de las categorías con las que todavía pensamos nuestra existencia y nuestra cultura, aunque a veces no lo advirtamos.
- Si tuvieras que elegir una enseñanza filosófica de “La Odisea”, ¿con cuál te quedarías?
- Elegiría una escena que la película prácticamente no desarrolla. Cuando Odiseo debe decidir entre revelar su identidad y enfrentar a los pretendientes o continuar ocultándose, aparece uno de los conflictos más profundos de la existencia humana: tener que elegir entre dos caminos sin saber con certeza cuál es el correcto. Esa experiencia sigue siendo profundamente actual. Muchas veces debemos tomar decisiones importantes sin disponer de una certeza absoluta. No hay una luz que nos indique inequívocamente cuál es el mejor camino.
Perfil: el especialista
José María Nieva es Doctor en Filosofía (UNT) y Profesor Asociado en Historia de la Filosofía Antigua y de Pensamiento Filosófico (FFyL-UNT). Ha traducido para la Editorial Losada (2016) los tres primeros libros de Proclo, Teología Platónica. Es miembro de la Asociación Latinoamericana de Filosofía Antigua.













