Resumen para apurados
- El acoso escolar y el ciberacoso afectan hoy a niños y jóvenes en Argentina por diferencias sociales o de género, lo que genera graves consecuencias en su desarrollo.
- Este maltrato se manifiesta de forma física, verbal o virtual. El caso de Juana Elizalde en Entre Ríos y los datos de Buenos Aires exponen el alarmante aumento de estas agresiones.
- La falta de intervención institucional y familiar oportuna fomenta conductas antisociales y trastornos mentales futuros, lo que exige estrategias eficaces de prevención.
Una característica definitoria del bullying es la percepción de un desequilibrio de poder físico o social. Los especialistas lo clasifican como una forma de conducta agresiva marcada por una clara intención hostil. Puede ser ejercido por un individuo o por un grupo, en cuyo caso se lo conoce como mobbing.
Cuando el acoso se dirige a niños o adolescentes, las consecuencias pueden ser graves para su futuro desarrollo y estabilidad emocional. Si el problema no se aborda a tiempo, su impacto en la salud y el desarrollo puede manifestarse más adelante como conductas antisociales. Las justificaciones del bullying suelen apoyarse en diferencias de clase social, raza, religión, nacionalidad, discapacidad, género u orientación sexual.
El acoso puede manifestarse en múltiples entornos — escuelas, familias, lugares de trabajo, hogares y barrios, donde las pandillas juveniles pueden desestabilizar comunidades enteras. Sus formas son diversas: física, verbal, relacional, cibernética y mobbing cuando interviene un grupo.
La rápida expansión de las redes sociales ha añadido un nuevo nivel de complejidad a este fenómeno. Estas plataformas se han convertido en terreno fértil para el hostigamiento, dando lugar al “ciberacoso”, que se desarrolla en el mundo virtual, generalmente en línea. Estos casos suelen comenzar en la adolescencia temprana, cuando los jóvenes adquieren sus primeros dispositivos móviles.
La Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires reporta un crecimiento sostenido de amenazas y situaciones de violencia en las escuelas, muchas de las cuales están amplificadas por redes sociales y chats. Estas situaciones generan incertidumbre, miedo y requieren intervención institucional y familiar. Aunque el informe sobre este fenómeno no ofrece cifras específicas, confirma sin embargo una preocupante tendencia creciente en este tipo de episodios de hostigamiento y envío de mensajes intimidatorios entre estudiantes.
El siguiente es el testimonio de Juana Elizalde, una joven de Gualeguay, ciudad de la provincia de Entre Ríos:
“Empiezan las clases... no puedo evitar recordar a la niña que alguna vez fui y cuantos niños deben estar sufriendo lo mismo que yo sufrí.
Siempre me sentí diferente. Recuerdo que por lo primero que se burlaron de mí en primer grado fue por abrazar mucho y fuerte, también porque era rara. Después fue decirme “estás más loca que tu hermana”, también diciéndome autista o mogólica a gritos en el recreo por tener una hermana con discapacidad. Más adelante se encargaron de que un simple “hola” mío sea un motivo de risa para todos, para todos menos para mí.
Pasaba el tiempo, no me invitaban a sus cumpleaños, yo odiaba cada vez más el mío. Tampoco me invitaban a sus casas y yo, con todo lo que pasaba en casa por mi hermana con autismo ultra disruptiva, tuve que hacerme grande y crecer mucho antes que los demás. Entonces ahora no solo era rara, sino que además, ya no me importaba ganarme su cariño (aunque en el fondo sí).
Fuimos creciendo y como en todo colegio católico llegó la secundaria y había que tomar la confirmación, mi lógica era simple: ¿por qué tengo que tomar la confirmación si me dicen “amor al prójimo” y me hablan de dios pero no ven todas las veces que pedí ayuda o mi mamá fue a hablar para buscar una solución mientras se reían en nuestras caras? Decidí que no lo haría. Muy sutilmente se encargaron de que de golpe mis notas empezaran a bajar y el maltrato no solo venía de los alumnos, sino también de los docentes y directivos.
Mis compañeros se enteraron que me gustaba una compañera porque yo en confianza se lo conté a otra compañera que no era mi amiga y se lo contó a todo el colegio. Ahora no solo era rara, autista y fea, también era lesbiana. Yo descubriendo mi sexualidad y ellos destruyéndola. Se puede decir que ese año fue caótico y que, con disimulo, me invitaron a retirarme de la institución.
Comencé un colegio nuevo, otro privado, estaba muy feliz y lo deseaba desde muchísimo tiempo atrás pero como en todo pueblo chico, mis compañeros nuevos conocían a los viejos y sabían perfectamente con que molestarme.
En esos últimos cuatro años y todo creció muchísimo más. Mi salud mental empeoró, empecé a tener unos cuantos intentos de suicidio y a tomar antidepresivos y ansiolíticos.
Empezaron a juzgarme por mis ideales, a discutir conmigo. Recuerdo que una vez un compañero, el líder del curso, dijo en clase de geografía que si él fuera presidente mandaría a todos a Malvinas y que no le importaba que la gente muera; yo no podía creer lo que escuchaba y obviamente, como no lo hizo nadie, reaccioné. Cualquier punto de vista diferente era motivo de discusión o maltrato.
Al llegar al último año teníamos una materia llamada Prácticas Educativas y en esa materia hacíamos actividades relacionadas a lo que deseábamos estudiar. Hubo una actividad que fue la que marcó mi huida de la institución, se llamaba “¿Qué ves cuando me mirás?” y la idea era poner ese título y nuestros nombres en la hoja y pasarla por el curso para que dejen adjetivos positivos o hablen de las capacidades buenas de cada uno. Obviamente la actividad no funcionó como la profe esperaba y en las hojas de mis compañeros había chistes mientras que en la mía había comentarios de todo tipo pero sobre todo una frase que nunca voy a olvidar: “¿por qué no te salió matarte?”, recuerdo hasta la tipografía. Mi mamá, ya cansada, me obligó a cambiarme de escuela pero yo tomé una decisión crucial: iba a despedirme, pero no de cualquier manera, con una carta que iba a leer frente a todo el curso, directivos y profesores, y así lo hice.
Me cambié de escuela, y transcurrí los últimos cuatro meses de clases en la Escuela Normal de Gualeguay, donde fui muy bien recibida. Ahí entendí cómo realmente era el compañerismo. No participé de mi colación ni de mi recepción pero con pasarla bien esos cuatro meses me fue suficiente.”
Hoy Juana Elizalde es una cantante y estudiante de música. Con la ayuda de sus padres, amigos/as y el fundamental apoyo terapéutico ha logrado superar las sombras que obstaculizaban su desarrollo en plenitud.
© LA GACETA
César Chelala – Médico y escritor. Autor de La Salud de los Adolescentes en las Américas, una publicación de la Organización Panamericana de la Salud.







