Por Alberto Núñez
Director Ejecutivo de la Fundación del Tucumán
Hace pocos días, charlando con Franco Ponce, columnista sobre turismo de La Gaceta y dueño de Alas Turismo, surgió el tema de mis viajes a Disney. En un momento me planteó que sería interesante contar mi historia.
Mi primera reacción fue pensar que no tenía demasiado para decir. Después empecé a repasar recuerdos y descubrí algo curioso. Disney había estado presente en distintas etapas de mi vida. Primero, durante mi luna de miel. Después, acompañando los 15 años de mis hijas. Y recientemente en un viaje con mis nietos.
Fue entonces cuando entendí que esta no era una historia sobre Disney. Era una historia sobre cómo algunos viajes terminan formando parte de la historia de una familia.
La primera vez que fui fue durante mi luna de miel. Como muchos de mi generación, hoy tengo 64 años, había crecido viendo primero el programa de Disney en la televisión blanco y negro y después sus películas, imaginando esos personajes y soñando con conocer ese mundo. Cuando finalmente pude viajar en 1991, sentí algo difícil de explicar: la sensación de estar entrando en un lugar que, de alguna manera, ya conocía desde siempre.
Aquel viaje lo organizamos a través de una agencia de turismo que hoy ya no existe. Eran otros tiempos. Los viajes se armaban con folletos, vouchers impresos y mucha confianza en quienes conocían el destino.
Años después regresé, pero ya como padre. Siempre me gustó la idea de compartir algunos viajes de manera individual con cada una de mis hijas. Sentía que eso me permitía diseñar experiencias más personalizadas y, sobre todo, disfrutar un tiempo exclusivo con cada una de ellas.
Primero fue Mariana, que eligió incluir Eurodisney como parte del viaje de sus 15 años. Después vino Tuti, que soñaba con conocer Disneylandia en California. Más adelante llegaría Emilia y un viaje a Disney en Orlando que tuvo un condimento especial: alojarnos por primera vez dentro de un hotel Disney y descubrir que la magia no terminaba cuando cerraban los parques.
Cada viaje fue distinto. Pero había algo que siempre se repetía. Yo seguía disfrutando Disney casi tanto como la primera vez.
Las atracciones seguían emocionándome. Los parques seguían despertando esa sensación de volver a la infancia por unos días. La diferencia era que ahora podía compartirlo con mis hijas y disfrutar también de verlas descubrir aquello que para mí ya era familiar.
Todavía me acuerdo de una de las primeras atracciones que hice con Tuti. Íbamos en Splash Mountain y cuando el tronco empezó a subir, se hizo evidente que en algún momento iba a venir una bajada importante. La miré, me reí y le dije: "Bueno, preparate... porque todo lo que sube tiene que bajar". No recuerdo que en ese momento le causara demasiada gracia, pero la frase quedó dando vueltas en la familia.
Hace pocos meses regresé a Disney junto a Mariana y mis nietos mellizos, Tomás y Paz. Y fue un viaje especial por muchas razones.
Una de ellas fue ver a Mariana recorrer nuevamente esos parques que había conocido siendo una adolescente de 15 años, pero ahora acompañando a sus propios hijos.
Otra fue descubrir cómo dos chicos de la misma edad podían vivir la experiencia de maneras tan diferentes. Paz llegó decidida a subirse a las atracciones más intensas que encontrara. Cuanto más alta o más rápida parecía una montaña rusa, más ganas tenía de probarla.
Tomás, en cambio, arrancó con bastante más cautela. Algunas atracciones le generaban respeto y, en más de una ocasión, directamente no quería subir. Pero bastó que se animara a una para que todo cambiara. El chico que al principio no quería subir terminó siendo uno de los que más insistía en buscar la próxima montaña rusa.
Y fue justamente en una de esas atracciones donde volví a escuchar aquella vieja frase. Mientras el carro comenzaba a subir lentamente y Tomás miraba con cierta preocupación lo que venía por delante, escuché que Paz le gritaba: "¡Todo lo que sube tiene que bajar!" No pude evitar reírme.
Muchos años antes había sido yo diciéndoselo a su tía. Ahora era ella quien lo repetía a su hermano. Fue entonces cuando confirmé algo que vengo descubriendo desde hace años.
Los viajes son mucho más que los lugares que visitamos. Son las experiencias que compartimos. Son las conversaciones, aunque las filas a veces parezcan interminables. Las risas. Los desafíos. Los recuerdos que terminan formando parte de la historia de una familia.
Cuando miro hacia atrás, no pienso en los vuelos ni en los hoteles. Pienso en Mariana descubriendo Eurodisney a los 15 años y regresando ahora como madre. Pienso en Tuti enfrentando Splash Mountain. Pienso en Emilia y la experiencia de vivir Disney desde adentro. Pienso en Tomás animándose a superar sus propios límites. Y pienso en Paz, siempre lista para una aventura más.
Pero sobre todo pienso en algo que ocurrió pocos días después de haber regresado. Tomás y Paz me preguntaron:
—Abuelo, ¿cuándo volvemos juntos a Disney?
Y creo que en ese momento entendí cuál había sido el verdadero valor de todos esos viajes: las experiencias compartidas conmigo que quedarán para siempre en sus recuerdos, aun cuando yo ya no esté.







