La misa de hoy: no tengan miedo… la fortaleza del Padre en su día

Por Pbro. Marcelo Barrionuevo.

Hace 6 Hs

Si tomamos el Evangelio de hoy, Mateo 10, 26-33, donde Jesús repite tres veces “No tengan miedo”, podemos establecer una profunda relación con la celebración del Día del Padre. Jesús revela a Dios como un Padre que conoce a cada uno de sus hijos con infinita ternura: “Hasta los cabellos de su cabeza están todos contados” y “ustedes valen más que muchos gorriones”. Hoy podemos agradecer a aquellos hombres que, con sus límites y fragilidades, intentan reflejar algo de esa paternidad de Dios. Un buen padre no elimina todos los problemas de sus hijos, pero les da una certeza fundamental: no están solos. Su presencia les permite afrontar la vida sin paralizarse por el miedo. La gran necesidad de nuestro tiempo es precisamente vencer el miedo al futuro, al fracaso, a la soledad, a la incertidumbre...

El Evangelio no dice que no habrá dificultades; al contrario, Jesús prepara a sus discípulos para tiempos difíciles. Sin embargo, les pide que no vivan dominados por el temor, ayudar a los hijos a crecer en libertad y fortaleza interior. No sobreprotegerlos, sino transmitirles valores, fe y esperanza para que puedan enfrentar los desafíos de la vida.

Vivimos en una época marcada por muchas inseguridades: crisis económicas, cambios culturales acelerados, incertidumbres tecnológicas y sociales. En este contexto, la figura paterna está llamada a ser signo de estabilidad, de palabra confiable y de acompañamiento.

El padre cristiano está llamado a transmitir confianza, no desde el poder o el control, sino desde el amor, el testimonio y la cercanía. En este Día del Padre, el Evangelio nos invita a mirar hacia Dios Padre, fuente de toda paternidad. Damos gracias por quienes nos han enseñado a vivir sin miedo, a confiar, a levantarnos tras las caídas y a caminar con esperanza. Y pedimos que todos los padres puedan reflejar cada vez más el rostro de ese Dios que conoce a sus hijos, los ama personalmente y les repite cada día: “No tengas miedo, yo estoy contigo”.

Este día nos encuentra en un momento histórico particular. Más allá de los cambios sociales y culturales, muchos analistas coinciden en señalar que vivimos una cierta crisis de la figura paterna. No necesariamente porque falten padres físicamente, sino porque a menudo se ha debilitado la comprensión de lo que significa serlo. Durante mucho tiempo la autoridad paterna se entendió principalmente como poder, disciplina o provisión económica. Cuando esos modelos entraron en crisis, en muchos casos no fueron reemplazados por una comprensión más profunda de la paternidad, sino por la incertidumbre acerca de cuál es el lugar propio del padre en la familia y en la sociedad.

El Evangelio nos muestra que la verdadera autoridad no nace del dominio sino del amor. Jesús presenta a Dios como un Padre que conoce, acompaña, cuida y sostiene. No es un padre distante ni controlador, sino una presencia que da confianza y permite crecer. Uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo es la transmisión de sentido. Las nuevas generaciones muchas veces carecen de referencias estables que les ayuden a responder preguntas fundamentales: ¿quién soy? ¿Para qué vivo? ¿Qué vale la pena amar? ¿Qué significa una vida lograda? El padre no solo transmite una herencia biológica o cultural; transmite una manera de habitar el mundo, de enfrentar las dificultades, de relacionarse con los demás y de abrirse a Dios. Los hijos aprenden más de los gestos que de los discursos. Aprenden observando cómo su padre trabaja, cómo trata a su esposa, cómo enfrenta el sufrimiento, cómo pide perdón, cómo sirve a los demás y cómo vive su fe.

Un padre cumple una misión insustituible cuando ayuda a sus hijos a descubrir que la vida es digna de ser vivida y que los desafíos pueden afrontarse con esperanza. No necesitan un padre perfecto, necesitan uno disponible. No necesitan alguien que resuelva todos los problemas, sino a quien camine junto a ellos cuando aparecen los problemas.

Jesús transformó la idea de autoridad cuando enseñó que el más grande es el que sirve. Ser padre no es poseer a los hijos ni proyectar sobre ellos los propios sueños. Es ayudarlos a descubrir su propia vocación, acompañarlos para que lleguen a ser aquello que Dios soñó para ellos. La verdadera grandeza consiste en cuánto amor es capaz de entregar. Su misión es hacer crecer, no retener; impulsar, no dominar; sostener, no reemplazar. La cultura tecnológica actual plantea un desafío nuevo. Los hijos pueden estar hiperconectados con el mundo y, al mismo tiempo, profundamente solos. Las pantallas ofrecen información, entretenimiento e incluso compañía virtual, pero no pueden reemplazar una presencia real que escucha, dialoga, corrige y abraza.

En una época donde los algoritmos pretenden orientar deseos, consumos y decisiones, la figura paterna está llamada a ofrecer algo que ninguna tecnología puede proporcionar: una relación personal capaz de transmitir identidad, valores y sentido trascendente.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios