El domingo 24 de mayo fue la celebración de Pentecostés para la grey católica. Cuentan las crónicas de la época que fue justamente un domingo de Pentecostés, el 21 de mayo de 1972, el día en que un hombre se abrió paso entre la multitud de peregrinos que esperaba la bendición papal y le asestó quince golpes con un martillo a la escultura La Piedad, en el Vaticano. Al grito de “Yo soy Jesucristo”, un geólogo húngaro, Laszlo Toth, entró a la Basílica de San Pedro y se abalanzó sobre La Piedad. Recuerdo, a la distancia, yo era chico, que esto representó una verdadera convulsión mundial. Increíblemente, con un martillo y en apenas segundos, hasta que lo detuvieron, había roto el brazo izquierdo y provocado graves daños en el rostro, la nariz y el párpado de la Virgen. La magnífica escultura quedó seriamente dañada, pero posteriormente fue restaurada con excelencia. Miguel Ángel tenía apenas 24 años cuando terminó de esculpirla en mármol de Carrara, que él mismo había seleccionado en las canteras de los Alpes Apuanos, en la Toscana. La escultura representa a la Virgen María sosteniendo a Cristo muerto tras la crucifixión. Ternura y belleza supremas, a la vez una madre joven implorando piedad por su hijo muerto. Esculpida en los albores del 1500, era la encarnación del ideal de belleza del Renacimiento. La Virgen María muestra el ideal renacentista de juventud y armonía: una madre eternamente joven y bella. La obra había sido encargada a Miguel Ángel por el cardenal francés Jean de Bilhères de Lagraulas, embajador del monarca francés ante la Santa Sede, quien deseaba una escultura funeraria para su tumba. El contrato fue firmado el 26 de agosto de 1498. Pero el cardenal falleció pocos días antes de verla terminada, de modo que nunca pudo contemplarla concluida. Inicialmente fue colocada sobre la tumba del prelado en la antigua capilla de Santa Petronila, en el Vaticano. Entre 1749 y 1750 fue trasladada a su ubicación actual. Cuentan que, al entregarla, algunos pusieron en duda que un joven de apenas 24 años hubiera podido esculpir semejante maravilla. Por eso es una de las pocas obras que Miguel Ángel firmó. Mide 1,74 por 1,95 metros y lleva su inscripción sobre la banda que cruza el pecho de la Virgen. Dice Friedrich Kriegbaum: “Las obras de Miguel Ángel exigen una peculiar forma de interpretación estética no requerida por las creaciones de ningún otro artista de Occidente. La idea de belleza del toscano Miguel Ángel, exuberante y desbordada, brota del suelo de la más fértil provincia artística italiana. Situó la belleza en cimas inmarcesibles, aporte único a la historia”. Miguel Ángel también habría de pintar el techo de la Capilla Sixtina y esculpir el David, el Moisés y tantas otras obras de extraordinaria belleza, para nosotros, para la humanidad toda.
Juan L. Marcotullio
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