Resumen para apurados
- El compositor y pianista Luis "Pato" Gentilini falleció este miércoles a los 94 años en Argentina, dejando un valioso legado en el folclore y el tango de la región.
- Nacido en Catamarca y radicado en Tucumán desde los años 50, fue un músico autodidacta que compuso más de cien obras y colaboró estrechamente con Atahualpa Yupanqui.
- Su partida despide a un referente de la bohemia norteña; su obra y su enfoque en la identidad musical seguirán inspirando a las nuevas generaciones de artistas folclóricos.
Un murmullo de zonda amodorra la siesta catamarqueña. Los recuerdos se trepan a una zamacueca que borra las fronteras del silencio. En los acordes del tiempo, se agitan desvelos tucumanos. Un alboroto de sombras ebrias sacude la madrugada. Una danza de las tinajas dibuja calladita en las estrellas una canción de cuna de la torcaz para un changuito de la zafra. En los ojos de tigre del viento se escabulle una vidala para la tarde. Un gatito trastabilla ahora en el aire y se asienta en el ombligo de las mesas. Disonancias se le disparan por los dedos, que crecen en pensamientos. También en sentimientos. En algún bosque del alma, por los cogollos del aire la música va despertando. En la puerta de la luna, canta la milonga del alma. En las canas de los sueños una zamba silba un piano, los grillos se alborotan en el corazón del "Pato" Gentilini, quien murió este miércoles a los 94 años. Por las teclas se dibujan soledades de silencios, Catamarca se atardece en el zonda del recuerdo. Los amigos de la noche pueblan de risas el alba, abrazos cantores bullen en ese tango del alma. Con Tatita Herrera y Sánchez Vera, con el Nene Cerúsico y el Chivo, desvelan la salamanca hecha vino en la guitarra. Ahí va el Pato, conversando una vidala, por la trunca del silencio va descorchando un adiós.
Pianista, cantor guitarrista, compositor, contador, Luis Víctor Gentilini acaba de partir a los 94 años, dejando compungidos en el andén de la soledad a los duendes del folclore y el tango. Más de un centenar de piezas laten en su cancionero. Cuartetos, quintetos, sextetos, octetos vocales, grupos instrumentales, viven en grabaciones.
Es lunes 14 de setiembre de 1931. Por el humo del cigarrillo se encarama la alegría de Luis Enrique Gentilini, descendiente de itálicos. Su changuito acaba de nacer: “Mi padre era tucumano, comerciante, noctámbulo, gran fumador, abstemio en extremo, amante de la bohemia, chapuceador de guitarra; murió cuando yo alcanzaba los 12 años. Mi madre, casi profesora de piano, tocaba de vez en cuando; me crió con envidiable libertad. Tuve una infancia feliz. Me desestabilizaba el zonda persistente con su arena inclemente. Gozaba de las escasas sudestadas que preanunciaban lluvia en las madrugadas del verano y esa sensación de placer intenso que invadía la somnolencia en los catres abiertos en los patios por los impiadosos calores”.
El “Pato” asoma ahora la nariz en un vecino boliche, donde dos guitarreros sanjuaninos desbarrancan cuecas y tonadas. Su madre le compra un piano, pero él ya ha visto en seis cuerdas pestañear la vida. “Contrariando la idea de mi madre, mis padrinos me compraron una guitarra y me hicieron tomar algunas lecciones”, dice.
“¿Toca Sor?”
Apenas 13 años tiene cuando en Tucumán recibe un impacto. En LV12, Yupanqui lo cautiva con su juglaría. “Años después, una tarde de invierno de 1961, estábamos con César Dozo en la peña Chirola. Yo tocaba pausadamente la guitarra cuando entró don Ata. Se acercó, saludó casi susurrando y se sentó en nuestra mesa. Cuando terminé el tema, abrió el fuego y me preguntó: ‘¿Toca Sor?’ ‘No, toco de oído, pero conozco sus obras’. Desde entonces nos vimos todos los días en el mismo lugar y el afecto duró más de 30 años”, relata.
1952. Manuel Acosta Villafañe lo cuenta entre sus “Arrieros del Valle”. Guitarrista y pianista. Ya en Tucumán se involucra en Los Shalacos, luego en La Salamanca; más tarde con “Portal y sus cumpas”. 1961. Un cuarteto masculino da a luz y lo bautiza “Huayna Sumaj”. Las voces florecen en cuarteto, quinteto, sexteto, octeto. Matamba, su último conjunto. Grabaciones. Recitales. Alicia Soria, Viviana Taberna, pétalos de sus canciones. “Creo que hay mucha gente que aprecia lo que hago. Jamás produje nada con el propósito de ser conocido. Produje para tratar de descubrirme a mí mismo y así brindarme a los demás, mal o bien, pero con total autenticidad”, dice.
Eduardo Cerúsico, el “Chivo” Valladares, dos maestros. El “Pato” va al encuentro de los poetas, sacude su corazón y deja caer zambas, chacareras, huaynos, milongas, tangos. “Siempre he tenido pasión por la música de cualquier género. Pongo mucho interés en el jazz, el tango moderno, el folclore instrumental y todo lo que tenga una conjunción entre los fundamentos del contenido: la calidad formal y el respeto por el creador”, comenta.
Por la ventana de la vida una zamba resucita. Los pájaros sobrevuelan acordes, despabilando un recuerdo. La barba de Manuel Castilla se ha sentado en el silencio, desnudando coplas sobre el teclado: “Arriba están las estrellas, bulla del cielo, abajo yo estoy mirando la flor del fuego. Igual que el humo las penas se me van yendo, yo les estaba contando... ya no me acuerdo. Ojos de tigre, el fuego vela el hachero, lo tapa con las cenizas de los recuerdos...”
¿Qué buscás expresar en tu música?, le pregunto. “Trato de expresarme, es decir, comunicarme con quien pretendo entablar un diálogo, para que descubra quién soy y cómo soy, y descubrirme yo sin ningún tapujo ni segundas intenciones. Y en ese diálogo, intentar obtener una respuesta a la existencia misma. Debo considerar, con el paso de los años, como natural la evolución de mi obra, que es producto de la experiencia vital. He ido incorporando elementos estéticos y temáticos a lo largo de los años y eso sucede cuando se mantiene alerta el interés de bucear caminos, con la lucecita del bagaje de formas y contenidos básicos inalterables que se forman en los primeros años, que parecieran ser el lugar donde verdaderamente se nace. Como hito importantísimo en mi evolución, siendo muy joven aún, reconozco un momento sumamente importante, diría un alumbramiento: el haber conocido y haber entablado una amistad indestructible con el “Chivo” Valladares y con Eduardo Cerúsico en la década del 50. Fue como recibir la confirmación”, dice.
Medio complicadito
Fue su amigo. Afecto era recíproco. ¿Qué enseñanzas te dejó don Ata? “La condición de gente, de artista… como decía él, no hay que ser artista para poder levantarse tarde… era un tipo completo, musicalmente tenía una simpleza, pero tenía una personalidad que no la tenía ningún guitarrista. A mí me decía que yo era medio complicadito, ya sé que lo soy. Creo que una de las pocas cosas que él no entendía era el jazz. De Cerúsico, rescato el jazz que le brillaba por cualquier lado. El Chivo no tenía ritmo, carecía de una de las cualidades básicas del folclore, era de la canción desnuda, pelada, importantísima. De Acosta Villafañe, aprendí el espíritu del valle, también de Octavio Corvalán, la Supay Chacarera es del año 48, una chacarera premonitoria de lo que va a ser en el futuro”.
Músico autodidacto, curioso, estudioso, observador, de bajo perfil: “Mirá, yo soy un aficionado de la música, aunque tenga condiciones, me he ocupado de la música para mí, para los amigos, he trabajado con disciplina espartana. La Gloria (su esposa) es el sustento importantísimo de haber sacrificado sábados y domingos porque yo tenía que escribir la música con lapicito, hacer los arreglos… Trato de transferir lo poquito que sé. Los músicos actuales son muy capaces, muchísimo más que antes, pero lo que importa el sentido de la identidad”.
Francisco De Caro le ha mostrado cómo vive el alma del tango en el teclado. Desvelo. Abrazos en la madrugada. Conjuros fraternos y etílicos. “Si supiera que me quedan diez minutos de vida, elegiría para despedirme una cosa que he hecho con Roberto Espinosa, se llama Responso por Milonga, o sea, un responso para mi propia muerte: “Yo que muero por la luz no sé si beberé algún sol. Yo soy tiempo hecho pan, dolor anochecido en mí. Yo me siento a caminar aquel dolor del hoy que agita soledad. No sé si ese rencor morderá las manos del vivir en la penumbra del adiós. Soy el que se muere así sin ser astilla del amor. Hoy me arrancas del vivir, no ves que todo terminó”.







