Lo borgeano*

Hace 6 Hs

Por Martín Kohan

Cuando digo Borges, no digo Borges: ese hombre de carne y hueso nacido en 1899 y muerto en 1986, el que escribió “El Aleph” o Ficciones o Fervor de Buenos Aires o Evaristo Carriego. Pero cuando digo Borges tampoco me refiero a esa literatura, a esa reunión de textos tan a menudo perfectos a los que, por irradiación autoral, llamamos Borges. Cuando digo Borges pienso en esa figura que la imaginación argentina ha compuesto y ha fijado en ese nombre. Pienso en esa configuración mental y colectiva que se ha ido construyendo sin precisar para eso conocer a la persona real, y con frecuencia prescindiendo hasta del conocimiento de su obra (esa ecuación tan singular que no señalaba correspondencias imprescindibles entre la admiración abstracta y la lectura concreta). No digo “Borges tal como yo lo imagino”, como dijo Blanchot de Foucault; pero sí como lo han ido imaginando ellos, nosotros, los argentinos; el escritor imaginado que se ha ido diseñando a propósito del escritor real, y que dice algo sobre él pero mucho más sobre el tipo de ideas que una sociedad se hace de lo que es o puede ser la literatura y delo que es o puede ser un escritor. En parte un escritor en general, y en parte un escritor argentino en particular.

El borgismo

Una dosis de imponencia y una dosis de impotencia. Borges: cuando digo Borges, no digo Borges; cuando digo Borges digo lo borgeano, lo borgeano sin Borges o más allá de Borges, el universo de las atribuciones con más peso que sustancia; cuando digo Borges digo el borgismo, los mecanismos de un fervor y una adhesión sostenidos en el deseo (lo que se quiere de un escritor, lo que se quiere escritor). En la fórmula total, que es bien compleja, no faltan esos dos componentes: la imponencia y la impotencia. Monumentalidad de Borges y debilidad de Borges. El escritor con mayúscula que por solo firmar un libro se insufla de trascendencia. Pero que además, posiblemente, si lo ha firmado, es porque no lo puede ver.

En la Feria

Otro día en la misma Feria, o en la Feria de otro año. Borges asiste para dar una conferencia sobre Macedonio Fernández. Lo espera una muchedumbre. Por fin va llegando por un pasillo. No pocos nos acercamos; no nos basta con escucharlo, además queremos verlo (depositamos una figura total de escritor en ese escritor; puede quesea eso lo que exige visualizarlo). Borges viene caminando despacio: solemne (la imponencia) y vacilante (la debilidad). Hay varios que lo vienen trayendo, pero es difícil decidir quién viene siendo guía de quién: si el Maestro de sus discípulos, o si los lazarillos de su Ciego.

*Fragmento de Lo que entiendo por Borges.

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