Cada vez que un atleta tucumano gana una carrera importante, rompe una marca o consigue representar al país, detrás de la foto de la medalla suele esconderse otra historia menos visible. La de entrenarse sin infraestructura adecuada, viajar haciendo rifas, competir prácticamente a pulmón y convivir con obstáculos que en otros lugares deberían estar resueltos hace años.
Los 21K Yerba Buena dejaron nuevamente esa sensación. La alegría por el triunfo de Arón Quiroga en la media maratón más importante del norte argentino convivió con un reclamo que ya parece eterno: la falta de apoyo estructural para el deporte tucumano. El propio Quiroga, campeón ante atletas de élite de distintas provincias, volvió a hablar de una deuda histórica que atraviesa generaciones enteras: la ausencia de una pista profesional para entrenar en igualdad de condiciones.
La frase golpea todavía más cuando se la escucha completa. “Es un sueño que tenemos desde que yo era juvenil”, contó. Hoy tiene 33 años. Es decir, pasó gran parte de su carrera esperando algo básico para cualquier provincia que pretenda desarrollar atletas de alto rendimiento; y no se trata solamente de infraestructura, sino también de oportunidades.
Mientras Quiroga celebraba su triunfo, otra historia exponía la misma realidad desde otro lugar. Valentina Velardez, una de las grandes promesas del atletismo argentino, acaba de ser convocada para representar al país en el Iberoamericano U20 de Lima. Tiene 19 años, viene de consagrarse campeona nacional y atraviesa el mejor momento de su carrera. Sin embargo, hoy su principal desafío no pasa por bajar tiempos ni mejorar marcas. Necesita reunir casi $700.000 para poder viajar.
Entonces aparecen las rifas, las colectas, los eventos solidarios y el esfuerzo desesperado de las familias para que los sueños no se caigan antes de empezar. Y ahí el debate deja de ser deportivo. Porque cuando un chico encuentra en el deporte un espacio de pertenencia, disciplina y crecimiento, toda la sociedad debería entender que está frente a algo mucho más importante que una competencia. El deporte contiene, ordena, educa y muchas veces salva. Aleja de consumos problemáticos, genera vínculos sanos, enseña esfuerzo y construye identidad.
En Tucumán eso se ve todos los días en clubes de barrio, en pistas improvisadas, en grupos de running, en canchas y en polideportivos en los que cientos de chicos se entrenan con enorme sacrificio personal. Pero también se ve el límite permanente con el que conviven. Lo más llamativo es que el talento aparece igual. Tucumán sigue produciendo atletas competitivos en distintas disciplinas aun en contextos adversos. Tal vez justamente por eso resulte todavía más injusto naturalizar que representar a la provincia o al país implique organizar rifas para viajar o entrenar durante años sin condiciones mínimas.
El deporte tucumano no necesita discursos emotivos cada vez que aparece una medalla; sino planificación, inversión y decisiones concretas. Porque detrás de cada atleta que logra llegar hay muchos otros que quedan en el camino. Y es ahí donde verdaderamente se pierde.







