Ecos de la Revolución de mayo en Tucumán

Hace 5 Hs

La apacible población de San Miguel de Tucumán, esa tarde del 11 de junio de 1810, aglomerada en la plaza principal, no salía de su asombro ante las noticias terribles, llegadas a revienta caballo, de que el virrey, don Baltasar Hidalgo de Cisneros, había dejado el mando como Virrey constituyéndose como Presidente de una Junta de Gobierno, siendo reemplazado antes de las 24 horas por otra Junta que presidía Cornelio Saavedra. En realidad, Cisneros ante el posible arribo al Río de la Plata de naves de guerra francesas, buscaba establecer distancia entre él y el Rey de España, por entonces prisionero de Napoleón, en un castillo italiano, disfrutando de todo el lujo y el boato posible.

Cisneros sabía que, ante la prisión del Rey, su autoridad en el enorme Virreinato del Río de la Plata perdía totalmente sustento y que a él podría estar esperándole una lóbrega prisión francesa, más no dejaría de pensar que, si los criollos y los españoles acriollados habían sido capaces de derrotar al poderosísimo ejército inglés, quizás también serían capaces de vencer a los franceses Esta novedad del cambio de autoridades en el virreinato, para los tucumanos resultaba ser una noticia absolutamente incongruente, muy difícil de entender.

Por otro lado, ningún habitante del mundo de entonces podía concebirse, políticamente, como libre o independiente. Siempre se debía depender de un rey, un emperador, un califa, un cacique, etc. Todos, colectivamente, debían su lealtad a un ser políticamente superior. El desacato siempre se pagaba con la vida.

Nuestros comprovincianos de entonces, muy españolistas y mansos, con sus costumbres siesteras y su quietud -”total, no hay nada que hacer”-, poseían convicciones muy arraigadas a favor de su rey, Fernando VII, pero estaban privados de mayor participación en la cosa política, lo que ni siquiera les advertía de cuán mal estaban sus propias realidades, particularmente las económicas.

Sin ánimo de desmerecer los sucesos de mayo -fueron oportunos, felices y eficientes, tanto como lo pueden ser los actos que conducen a las sagradas independencias a que hoy tienen derecho todos los pueblos del mundo-, a las verdades históricas no se las puede enmascarar con graciosos paraguas, ni con líricas cintitas azules y blancas improbables que, por ese entonces, no representaban nada.

Los rebelados contra la conducción del Virrey poseían convicciones antagónicas. Existía una ambivalencia muy marcada entre aquellos que se manifestaban contrarios a la conducción de Cisneros, pero sin renegar de su fervor como vasallos de Fernando VII (en general españoles e hijos de españoles) y quienes veían más allá, quizás entusiasmados por las revoluciones francesas y norteamericana. En su fuero interno, sin proclamarlo, estaban en contra del rey español, porque consideraban que había hecho abandono de las colonias suramericanas, desinteresándose del destino de sus habitantes.

Pero tanto los fieles a Fernando VII como los que –íntimamente- aprobaban su destrono se sentían unidos en la oportunidad por el factor común del disconformismo por la actuación del virrey Cisneros. Fortalecidos por ese sentimiento común, encararon un movimiento emancipador atípico que se desarrolló, prácticamente, a espaldas del pueblo, ya que no fue consultado -no se celebró plebiscito alguno-.

Se trató de una acción persuasiva, quizás apoyada a la distancia por la fuerza que dirigía el coronel Cornelio Saavedra, que no pasó más allá de una amenaza, pero que resultó suficiente para ablandar la voluntad de los disconformes, designando al propio ex virrey como presidente de una “Junta de Gobierno”, una tentativa de arreglo conveniente para todos, ante la eminencia de la llegada francesa.

Prueba de tal aseveración la constituye la circunstancia de que el 24 de mayo los cabildantes resolvieron, por 155 votos contra 69, que “el excelentísimo señor virrey” continuara en el mando, presidiendo una Junta de Gobierno que, además la integraban don José Nepomuceno Solá, cura de Montserrat, recalcitrante realista, y el comerciante Juan Santos Incháurregui, españolista también, junto con el doctor Juan José Castelli, y el coronel Cornelio Saavedra, criollos ambos.

Esta Primera Junta de Gobierno no fue aceptada por la mayoría de los cabildantes y, antes de que transcurrieran 24 horas, resultó rechazada, creándose otra a la que, indebidamente, se llamó “Primera Junta de Gobierno Patrio”.

No hubo una revolución propiamente dicha, ya que «revolución», según los diccionarios de la lengua española, sería: “el cambio violento, no deliberativo, para cambiar un orden de cosas no querido”. En la «Revolución de Mayo» no se dan estas características

© LA GACETA

Abel Novillo – Historiador y escritor.

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