Un viaje al presente desde el pasado

Los cuentos anticipatorios de Aldous Huxley.

Hace 5 Hs

COMPILACIÓN

CUENTOS SELECTOS

ALDOUS HUXLEY

(Edhasa – Buenos Aires)

Aldous Huxley tuvo una ceguera temporal a la juventud y eso afectó su vista pero no su visión del mundo y menos su curiosa habilidad anticipatoria; perteneció a una familia aristocrática que lo vinculó con la ciencia y las letras. Multifacético, escribió crítica literaria, reseñas musicales y artísticas, cultivó la divulgación científica, anotó ideas sobre el rol de la religión en el siglo XX y pensó en problemas filosóficos que se conectaban con concepciones místicas. Elogió el uso de narcóticos y también detectó sus peligros. Escribió una de las fábulas más impactantes del siglo XX, Un mundo feliz, en la que unos científicos degradados mantienen la estructura jerárquica de la sociedad a partir de la reproducción bioquímica de seres idénticos, acaso como meros robots de carne y hueso. La vida está enteramente regulada, los individuos tienen prohibido la soledad y la melancolía, solo cumplen con su trabajo, ingieren una droga que los lleva a “la eternidad lunar”, copulan y disfrutan del sensorama (un cine sensorial mecanizado). En la civilización totalitaria las jerarquías son de hierro, los ciudadanos son adictos al soma y gracias a esta droga se sienten protegidos: creen que su sociedad es feliz debido al bienestar económico y a los placeres falsificados.

Frente a la decadencia

Huxley fue un escritor que experimentó con las drogas, se mudó de Inglaterra a California para explorar en las religiones new age, se adelantó a su tiempo al revelar que el abuso de la tecnología degradaría la vida humana. Como todo profeta, se equivocó en sus diagnósticos, pero acertó en su mirada crítica del capitalismo: vio el control de las libertades individuales en la reproducción estandarizada de bebés, se anticipó a la comercialización de órganos en la metáfora de los mellizos siniestros del mundo feliz y detectó en el consumo exagerado una de las taras sociales de nuestros días.

En sus artículos y ensayos reflexionó sobre disciplinas disímiles y géneros diversos: novelas, ensayos, poesía, música, pintura, divulgación científica, filosofía, drogas.

La faceta menos difundida de Aldous Huxley es la producción de cuentos. Los textos incluyen personajes eruditos y tematizan dilemas morales. Hábil para introducir la discusión de ideas, Huxley trabaja la filosofía y también los dilemas científicos, las diferencias de clase, los engaños y los deseos enfrentados. Unos ancianos se instalan en una villa italiana y advierten la degradación de los salvajes; en el cuento “El retrato” un experto en arte tiene el suficiente conocimiento de su especialidad para estafar a su cliente. “La librería” narra las elucubraciones de un maniático de Eupompo –encontrado en una cita de Ben Johnson– sobre el rol de los números en la realidad: el personaje actúa como si fuera un discípulo de Pitágoras o Platón; en “Monjas a la mesa”, compuesto de diálogos extensos, una monja se fuga con un hombre que la engaña.

Por su erudición, por la prosa minuciosa, por el placer que transmiten las descripciones exquisitas, quizás “Un pequeño mexicano” sea uno de sus cuentos más logrados. Narra la historia del narrador con dos condes: el padre y el hijo. El viejo envejece –y con él Europa después de la Primera Guerra– y el hijo mantiene una mansión antigua en una ciudad pequeña de Italia, alejada del ruido y el oropel. El joven conde le muestra su casa con paredes atiborradas de Tiépolos y Veroneses. El narrador y el conde se hacen, de alguna manera, amigos. Pero la relación está trabada en un malentendido: el conde cree que el personaje narrador es pintor por la forma del sombrero que lleva, un pequeño mexicano.

De alguna manera, los cuentos y las novelas de Huxley expresan la decadencia de Europa. Aunque no lo admitiera, Huxley era un esteticista que admiraba la belleza y el poder del arte frente a la caída de los dioses de Occidente. Las dos guerras mundiales, la matanza, la destrucción y la ilusión suicida del progreso están presentes en sus libros y también la exaltación de las virtudes de la música, el arte, la literatura y los saberes científicos. Sobre todo, en las narraciones y ensayos de Huxley se lee el placer que significa para el autor que hayan existido los madrigales de Gesualdo, La consagración de la primavera de Stravinsky, las múltiples piezas de Shakespeare o las pinturas de El Greco.

Totalitarismo

En el final del prefacio tardío de Un mundo feliz ensaya una hipótesis sobre qué sucedería si los seres humanos siguieran siendo un medio para los avances científicos y tecnológicos. Piensa en dos opciones: una posibilidad es que surja un número de totalitarismos militarizados a partir de la bomba atómica; en segundo lugar, podría emerger un único totalitarismo supranacional cuya existencia será provocada por el caos social del rápido progreso tecnológico. Huxley detestaba el comunismo y creía en el liberalismo democrático –con sus matices– y no llegó a ver el surgimiento del neoliberalismo como ese nuevo totalitarismo que empezó con el abuso de la tecnología para idiotizar a los consumidores. Si Huxley viviera reescribiría Un mundo feliz: en el edificio alto –con el que empieza su novela– en el que se experimenta con las vidas humanas habría una innumerable cantidad de dispositivos tecnológicos que controlan la mente –ya no solo el cuerpo– de miles de usuarios robotizados que responden al mensaje estandarizado de un tirano, difundido como buen presidente en las redes sociales adictas del gobierno. Sería un totalitarismo supranacional –en palabras de Huxley– provocado por “el caos social causado por el rápido progreso tecnológico”.

PERFIL
Aldous Huxley (1894-1963) se formó en Eton y Oxford. El éxito editorial y la atención de la crítica le llegaron con Contrapunto (1928), uno de los retratos más agudos del esnobismo intelectual de entreguerras. Su siguiente novela, Un mundo feliz (1932), es su obra más célebre. Entre sus novelas se destacan, además, El genio y la diosa (1945), El tiempo debe detenerse (1948), Mono y esencia (1949) y La isla (1962).

Fabián Soberón

© LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios