Milei, el Papa y el Tedeum del 25 de mayo, entre “la paz” y una interna feroz que no afloja

Por Hugo E. Grimaldi para LA GACETA.

 El presidente Javier Milei ya visitó al Sumo Pontífice en el Vaticano. | Vatican News
El presidente Javier Milei ya visitó al Sumo Pontífice en el Vaticano. | Vatican News
Hace 48 Min

Resumen para apurados

  • El presidente Javier Milei asiste al Tedeum del 25 de mayo en la Catedral de Buenos Aires, donde la Iglesia buscará pacificar el país ante una feroz interna en el oficialismo.
  • El arzobispo García Cuerva lidera la ceremonia tras meses de parálisis oficialista por las disputas de poder entre Karina Milei, Santiago Caputo y el desgaste de Manuel Adorni.
  • Los gestos políticos y el tono de la homilía serán claves para medir la gobernabilidad de Milei, ante las tensiones de poder y la posible visita del Papa en noviembre.
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En el frontispicio de la Catedral Metropolitana se destaca un relieve escultórico: un abrazo que representa el encuentro bíblico entre Jacob y su hijo José en Egipto, narrado en el Génesis como símbolo de la reconciliación. Con esa imagen como referencia, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva considera oportuno que el Tedeum del 25 de mayo sirva para unir a los argentinos y probablemente inicie su homilía con una apelación a la responsabilidad institucional, frente a la incapacidad de diálogo que atraviesa la clase política y, en particular, el gobierno nacional. “Es la casa de todos, así que vengan todos”, suele repetir.

La Iglesia Católica celebra esta ceremonia de acción de gracias desde los primeros años de la Revolución de 1810, por lo que el Tedeum quedó asociado al nacimiento de la Argentina. Al oficio suelen asistir ministros, legisladores, jueces, jefes militares y dirigentes de distintos sectores, que habitualmente llegan caminando juntos desde la Casa Rosada en una liturgia cívica que debería ser de unión encabezada por el Presidente. Aunque mantiene la estructura de la Misa, el Tedeum tiene un marcado carácter institucional y patriótico, con oraciones dedicadas a la situación del país, sus gobernantes y la convivencia social. En esta ocasión, se especulará con la probable visita del Papa León XIV en noviembre y en la Catedral, inevitablemente, sobrevolará la sombra de Francisco.

Para la Iglesia, sería valioso que la convivencia que predica se derrame desde arriba hacia abajo y que se atenúe la espuma del maltrato, la descalificación y las agresiones verbales. No solo deberían encontrarse oficialistas y opositores, sino también miembros del mismo gobierno que hoy se miran con recelo. Se especula incluso con que la vicepresidenta Victoria Villarruel haya decidido no asistir para evitar quedar aislada otra vez, mientras persisten dudas sobre ministros y funcionarios enfrentados con palabras que suenan más a disparos que a diálogo. “Qué podemos esperar luego cuando vemos violencia en la sociedad”, se lamenta el arzobispo.

A casi dos años y medio de gestión, en el Gobierno se percibe un desgaste silencioso que ya no proviene tanto de la oposición como de las tensiones internas: es desorden puro. En La Libertad Avanza, bajo la consigna de defender al Presidente, se consolidó un internismo feroz que, para una fuerza política aún joven, adquiere rasgos preocupantes. La disputa por espacios de influencia fragmenta liderazgos, demora decisiones y resquebraja la cohesión que Milei intenta proyectar. La pelea tiene un doble efecto. Hacia afuera, la sociedad ve a un oficialismo incapaz de ordenar ni siquiera a sus propios dirigentes; hacia adentro, cada movimiento genera sospechas cruzadas y disputas de poder. Así, la interna dejó de ser un ruido secundario y se convirtió en un factor que debilita la conducción y altera el funcionamiento cotidiano del Gobierno.

En ese contexto, el oficialismo atraviesa desde hace más de dos meses una virtual parálisis. Los indicadores que el equipo económico exhibe como logros -inflación en baja, recuperación de la actividad y mayor dinamismo del comercio exterior- quedaron eclipsados por el caso Adorni y por la guerra interna entre los distintos sectores libertarios. Lo mismo sucede con medidas como la baja de retenciones, los proyectos vinculados al RIGI o el respaldo del FMI, que pierden impacto en medio de un clima de desconfianza generalizada.

Incluso ocurrió que el Presidente ha recuperado imagen en las encuestas, pero ese repunte no se traduce en fortaleza porque a diario se desboca y parece carecer de voluntad para ponerle fin a las peleas internas. La gran incógnita es si Milei tiene decisión de barajar y dar de nuevo, ya que el episodio con su jefe de Gabinete y los ruidos de su accionar muestran que evita ese tipo de definiciones. En este caso, menos aún, porque una de las patas del conflicto involucra directamente a su propia hermana.

En la disputa interna, los dos bandos más notorios tienen como referentes a Santiago Caputo, sin cargo formal en el Gobierno y a Karina Milei, secretaria general de la Presidencia, quien desde siempre tiene influencia decisiva sobre su hermano. Desconocer ese hecho hasta ahora es pelear contra los molinos de viento. Detrás de ambos se alinean dirigentes y operadores más atentos a sus propias quintas que al funcionamiento de la administración. Se suman de un lado los primos Menem, con frecuentes dosis de improvisación y del otro, la tropa de tuiteros que responde al asesor externo. Observar quiénes de todos ellos estarán en la Catedral será, además, una prueba de prospectiva política.

De seguro, las miradas del Tedeum se concentrarán en el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, sostenido a cualquier costo por Milei pese al desgaste interno que, según admiten en privado distintos sectores del oficialismo, genera su situación patrimonial. En ese contexto, también será clave el lugar asignado a la ministra Patricia Bullrich, la única dirigente del núcleo de poder que, con experiencia y sin rodeos, advirtió públicamente al Presidente sobre el costo político de seguir respaldando a Adorni contra viento y marea.

Allí también estará, antes de la reunión de Gabinete convocada por Milei para después de la ceremonia, Luis Caputo quien ocupará un lugar central, aunque preocupado por el daño que el internismo le provoca en la economía. Otro centro de las miradas serán las actitudes del canciller Pablo Quirno, quien busca ganar espacio en el círculo presidencial en un movimiento que sorprendió en la Casa Rosada y que despierta desconfianza tanto en el sector alineado con Karina Milei como en el universo del “mago del Kremlin”. Sin ir más lejos, el viernes fue hasta Olivos para anunciarle personalmente al Presidente la probable visita del Papa en noviembre, presentada como una “buena noticia”.

El ministro de Economía, en cambio, estará allí con otras preocupaciones, muchas de ellas que le llegan del exterior. Cerca suyo admiten que ninguna de las variables que el Gobierno exhibe como logros logra hoy ocupar el centro de la escena, eclipsadas por el caso Adorni y por la feroz interna libertaria que estalló en las redes sociales la última semana. Los cruces entre las “Fuerzas del Cielo” y el diputado Menem dejaron expuesta una pelea que Santi Caputo promete llevar hasta el final, convencido de que el riojano juega a dos puntas bajo el amparo de la hermana del Presidente.

En política, las internas no se evaporan solas: se enquistan y terminan devorando el liderazgo. El verdadero problema es que el internismo se convierta en un autoboicot, un mecanismo por el cual los gobiernos se sabotean a sí mismos, debilitando la autoridad que buscan defender. Cada disputa interna lima la conducción y deja al número uno expuesto. Si Milei no corta pronto y de raíz el ruido que lo rodea –bien ajeno ya a la oposición y a la economía- corre el riesgo de que la erosión se vuelva inmanejable.

Más allá de tanto veneno cruzado, habrá un momento de la ceremonia que todos observarán: cuando el celebrante invite a los fieles a darse “fraternalmente la paz”, ya sea con un apretón de manos, un abrazo o una simple inclinación de cabeza. Litúrgicamente, el gesto simboliza la reconciliación antes de la comunión eucarística y no debería retacearse. En este Tedeum, la situación adquirirá una lectura política y simbólica: deberían participar todos, pero no siempre ocurre. Quién saluda a quién, quién evita hacerlo y qué clima transmite ese intercambio suele interpretarse como un termómetro.

Con el paso de los años, el encuentro adquirió un fuerte contenido político sobre todo por el peso de la homilía del oficiante, quien suele incluir reflexiones sobre la realidad económica y social, llamados al diálogo, críticas a la dirigencia y advertencias sobre el clima de confrontación. Por eso, el mensaje eclesiástico es seguido cada año con especial atención, en un contexto donde la relación entre la Iglesia y el poder político alternó momentos de cercanía y de tensión. El mensaje social de García Cuerva, probablemente de un tono similar al que en su momento incomodó a Alfonsín o golpeó a los Kirchner, tendrá un peso especial. En ese tramo, habrá que observar la cara del Presidente, que seguramente irá preparado para afrontar el trago amargo que le espera.

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