Hoy la Iglesia celebra la Ascención de Jesús a los cielos. Él nos enseñó a la largo de su predicación verdades eternas con gestos humanados como decía San Irineo. Podríamos pensar que la Ascención es como un abandono divino para dejarnos huérfanos en la vida y sin embargo es todo lo contrario. Puedes in terra ad sidera visus … con los pies en la tierra pero con la mirada en el cielo.
Las enseñazas de Jesús, nuestro Mesías, nos hacen responsables de esta tierra pero sabiendo que caminamos al cielo.
¿Qué les había enseñado? Con firmeza y ternura, Jesús fue descorriendo uno a uno los velos que oscurecían el rostro del Padre, hasta revelar su verdadera fisonomía: la de un Dios cercano, compasivo y amante de la vida:
- Un Dios de amor, que espera al hombre en los recovecos del camino y en las revueltas de la existencia; que se inclina sobre sus heridas para limpiarlas con cuidado y rescatarlo de tantos enredos, como hizo el buen samaritano.
- Un Dios libertador, que invita a dejar la camilla y las muletas, a vencer la parálisis y el miedo para comenzar una vida nueva y responsable, aun cuando ello desafíe leyes y costumbres, como hizo tantas veces en sábado.
- Un Dios acogedor, lleno de misericordia, que no humilla ni interroga al hijo pródigo, sino que corre a abrazarlo, perdonarlo y hacer fiesta por su regreso; un Padre que también sale al encuentro del hijo mayor para invitarlo a entrar en la alegría.
- Un Dios que se sienta a la mesa con los pecadores y busca el corazón humano allí donde todavía laten semillas de bondad capaces de renovarlo todo.
- Un Dios, buen pastor, que no se resigna a perder a ninguno de sus hijos; que sale en busca de la oveja perdida y se llena de gozo cuando logra encontrarla.
- Un Dios que nos advierte del peligro de juzgar y condenar a los demás, porque sólo el amor comprende verdaderamente al ser humano.
- Un Dios que llama bienaventurados a quienes trabajan para disminuir el sufrimiento y el dolor de la tierra; a quienes construyen paz, siembran esperanza, curan heridas y sostienen la vida.
- Un Dios que se preocupa por los pequeños, por los niños y los jóvenes, por las viudas, los huérfanos y todos los olvidados del mundo.
- Un Dios que no se revela en el poder ni en la fuerza, sino en el misterio silencioso y desconcertante de una cruz.
- Un Dios que vence la muerte y resucita; que se aparece a los suyos para fortalecer su fe aun en medio de las dudas, y llama dichosos a quienes creen sin haber visto.
- Un Dios que quiere ser reconocido en el mundo por el amor, y que nos envía como testigos de esa Buena Noticia, prometiendo permanecer siempre a nuestro lado, para no dejarnos nunca solos.
Estas enseñanzas son un camino programático para cada cristiano. Hay que animarse a vivirlas. Caminemos en la tierra con estas verdades: el cielo nos espera.






