El 1 de marzo de 1944, el general Edelmiro Farrell asumió efectivamente la primera magistratura del país en reemplazo del general Pedro Pablo Ramírez. Farrell se había desempeñado como vicepresidente tras la muerte del contralmirante Sabá H. Sueyro.
Apenas asumió, Farrell manifestó casi públicamente su voluntad de abandonar el apoyo a los aliados si la balanza bélica se inclinaba a favor del Eje, lo que exacerbó los ánimos de algunos camaradas simpatizantes de esa posición.
Mientras tanto, los Estados Unidos presionaban a Inglaterra para que aislara económicamente a la Argentina por considerarla un país fascista y técnicamente beligerante frente a los aliados. Sin embargo, el primer ministro Winston Churchill respondió al presidente Franklin D. Roosevelt que tales medidas eran inviables: Gran Bretaña dependía de las carnes argentinas para abastecerse y para reenvasar y exportar excedentes a otros países aliados como Bélgica, Francia y Holanda. Con ello, Londres dio por terminada la discusión.
Pocos días después del desembarco aliado en Normandía, el 10 de junio de 1944, Juan Domingo Perón pronunció un discurso en la Universidad de La Plata en el que sostuvo que para la Argentina valía tanto una victoria aliada como una del Eje, porque la soberanía nacional solo podría alcanzarse mediante relaciones exteriores inteligentes, una diplomacia vigorosa y el respaldo del poder militar.
Las declaraciones provocaron el retiro de los embajadores de Estados Unidos y Gran Bretaña de Buenos Aires, así como la salida de los representantes argentinos en ambos países. Además, Washington prohibió a sus barcos atracar en puertos argentinos, restringió el acceso de buques nacionales a su plataforma continental y bloqueó cuentas argentinas en territorio norteamericano.
Paradójicamente, esa actitud terminó beneficiando indirectamente al país, ya que aceleró los incipientes procesos de industrialización. El comercio con Inglaterra continuó pese a la ausencia de representación diplomática, aunque las compras británicas ya se realizaban prácticamente al fiado debido al deterioro de sus reservas.
El sector militar, sin embargo, se mostraba inquieto. La negativa argentina a satisfacer las exigencias aliadas llevó a Estados Unidos a suspender el suministro de armamentos y repuestos, debilitando el equilibrio militar regional frente a países como Brasil, alineado con los aliados.
Con Farrell en la Presidencia, Perón acumuló un poder inédito: fue confirmado como ministro de Guerra el 4 de mayo y, el 7 de junio, designado vicepresidente sin abandonar sus cargos anteriores. También presidió el Consejo Nacional de Posguerra, creado por iniciativa propia para anticipar los problemas derivados del retorno de la paz.
Los técnicos de ese organismo sostenían que la Argentina debía industrializarse y que el Estado debía garantizar justicia social, protección al trabajador y seguridad social. Muchas de esas ideas ya habían sido planteadas por Hipólito Yrigoyen y retomadas luego por el economista Federico Pinedo.
En ese período, Perón comenzó a construir intensamente su proyecto político. Buscó apoyos en sectores disconformes de la UCR, encontró en Forja un importante núcleo de adhesiones y tomó distancia tanto del GOU como de los sectores abiertamente pronazis del Ejército.
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Abel Novillo – Historiador y escritor.






