La Argentina repensada

Cuatro décadas de democracia y el presente mileísta.

EN LA FERIA DEL LIBRO. Martín Rodríguez Yebra, Ernesto Tenembaum, Andrés Malamud y Astrid Pikielny, durante la presentación de Operación: Argentina, el domingo 10. EN LA FERIA DEL LIBRO. Martín Rodríguez Yebra, Ernesto Tenembaum, Andrés Malamud y Astrid Pikielny, durante la presentación de Operación: Argentina, el domingo 10.

POLÍTICA / OPERACIÓN: ARGENTINAANDRÉS MALAMUD Y ASTRID PIKIELNY / (Planeta – Buenos Aires)

Oportuno y necesario. Esas son dos cualidades de Operación Argentina, el agudo diálogo entre el politólogo Andrés Malamud y su colega Astrid Pikielny.

Planeta publica en formato de libro esta lograda conversación que se presenta como una serie de entrevistas, ordenadas en siete ejes temáticos. Estos son la irrupción de Javier Milei en la escena política argentina; el balance de cuatro décadas de democracia; la economía argentina tras la hiperinflación del alfonsinismo y el fin de la “guerra fría”; las presidencias kirchneristas; la experiencia macrista; las crisis como escenografía omnipresente; y un interrogante final en tiempo real: determinar si el experimento libertario es un momento histórico del país, o tan sólo un barquinazo más en el eterno pendular de estas australidades.

Pikielny es una suerte de Virgilio que va guiando, sobre la base de contextos históricos y de interrogantes puntuales, el recorrido de Malamud por la historia reciente de la Argentina. Un pasado que poco ostenta de “divino” y nada tiene de “comedia”. A lo largo de los capítulos, el analista argentino va desgranando conceptos y categorías de pensamiento. Por supuesto, al tratarse de historia y de política, habrá quienes acuerden con Malamud y quiénes no lo hagan. Pero lo incontestable es la sustancia teórica y argumentativa de los planteos. Una dimensión indispensable para el empobrecido debate público nacional, donde imperan la descalificación y la diatriba entre sus protagonistas. Desde el Presidente en adelante.

Reglas de juego

Uno de los primeros abordajes de Malamud consiste en esclarecer que lo disruptivo de Milei consiste en haber cambiado las reglas con las que se venía desarrollando el juego de la política en la Argentina. Lo explica, magistralmente, a través de la “Teoría de los juegos”. Plantea que durante los 40 años de democracia que van de 1983 hasta 2023, en el país imperó un “juego de cooperación”. Ese esquema se basa en la cooperación y la confianza: cada jugador conoce qué quiere su adversario y cuánto está dispuesto a ceder para conseguirlo. Consecuentemente, conviene negociar, pero siempre se teme que el otro vaya a traicionar los acuerdos.

“El dilema del prisionero” es el ejemplo paradigmático. Supone el arresto de dos sospechosos de un crimen. La Policía los incomunica y les ofrece por separado el mismo trato: el que delata queda libre, y el otro purgará 10 años de prisión. Si la delación es mutua, corresponderán sendas penas de cinco años. Pero si ninguno habla, sólo les imputarán un delito menor y recibirán sólo un año de prisión cada cual. Este dilema -se explica en el libro- muestra cómo la racionalidad individual, en ausencia de confianza colectiva, conduce a un resultado peor para todos. La cooperación, que es lo más conveniente, no es natural, sino que debe ser construida. El juego, así, resulta de “suma positiva”: las dos partes ganan con el acuerdo.

Milei, por el contrario, rompe con ese juego de cooperación y lo reemplaza por un “juego de conflicto”. Aquí no se busca acordar, sino someter. El objetivo es ganar sin ceder, porque ceder equivale a ser derrotado. Es, típicamente, el “juego de la gallina” (“chicken game”), a menudo materializado en dos automovilistas que conducen en curso de colisión a toda velocidad. El que se desvía es visto como el cobarde (“gallina”) y pierde. “La estrategia es confrontar, y para ganar es necesaria la ‘credibilidad del loco’ y no la reputación de honorable. Hay que convencer al contrincante de que uno está dispuesto a morir con tal de ganar, buscando la rendición y no el punto medio. En este juego hay suma cero: lo que uno gana es lo que el otro pierde. El objetivo no es convencer de que uno no va a traicionar, sino de que conviene rendirse porque la alternativa es morir. Ese es el juego que juega Milei”, describe.

Pikielny apunta, en ese punto, que La Libertad Avanza aborrece discursivamente la política, pero la practica con la fe de los conversos. “Usó el financiamiento del peronismo para llegar, y los votos y los funcionarios de Mauricio Macri para gobernar; y los descartó, neutralizó o humilló con pragmatismo cuando fue necesario. Ejecutó la partitura que todo buen político ejecuta cuando llega el momento: la traición”, describe la periodista.

Malamud puntualiza que el Presidente carecía tanto de las cualidades personales como de las condiciones materiales para hacer política con las reglas de un “juego de cooperación” y que por eso alteró esas pautas. Pero traza una diferencia de hierro: “cambio las reglas informales de la política, no su naturaleza”. Eso sí: establecido que Milei no embiste para negociar, sino para doblegar, el politólogo puntualiza que, “una vez que somete, te tira un hueso, pero su amarretismo –‘no hay plata’- puede mellar su capacidad intimidatoria. Los opositores empiezan a pensar que no vale la pena rendirse si igual te van a pasar por las armas”.

Roturas y descosidos

Milei ha podido reemplazar la lógica de los acuerdos por la lógica del conflicto porque lo preceden 40 años de penurias económicas para el común de los argentinos. Cuando asume, lo hace convencido, al menos desde el discurso, de que el diálogo y el consenso son elementos tóxicos que produjeron privilegios de “casta” e inflación para el pueblo, describe Malamud.

Ello conduce al balance sobre los últimos 40 años. Esta es una cuestión vertebral al libro, que si bien conforma todo un capítulo, es transversal al resto de los segmentos. Hasta tal punto que el subtítulo del volumen es “De la ilusión a la casta, diálogos sobre cuatro décadas de democracia”.

De la lectura completa del libro surgen, justamente, algunos ejes. Cimientos que comienzan a plantearse en los primeros capítulos y que van solidificándose y completándose conforme avanza la conversación entre los dos especialistas en ciencia política. Por ejemplo, un verdadero “meridiano” de esta obra consiste en ubicar dos grandes puntos de inflexión en la historia nacional reciente. Uno de ellos es 1930. Para Malamud, “la Argentina se rompe” ese año. En lo político, por el golpe de estado que derroca a Hipólito Yrigoyen. Y en lo económico, porque la “gran depresión” que sucede a la crisis de 1929 en Estados Unidos impacta de lleno en el país agroexportador. El segundo momento es 1983, cuando el triunfo de Raúl Alfonsín devuelve la democracia y repara el “país político”. Pero no el económico. De hecho, el alfonsinismo es descripto por el investigador como un éxito y un fracaso en simultáneo.

Milei encarna la posibilidad de completar esa tarea que ha quedado inconclusa: reparar la Argentina económica. En la presentación de “Proyecto Argentina” en la Feria del Libro de Buenos Aires esta cuestión fue planteada en el panel como una de las líneas más “provocadoras” de este trabajo. Sin embargo, la lectura de lo que postula Malamud está desprovista de condimentos írritos. No dice que Milei venga a “completar” el alfonsinismo. “Alfonsín consolidó la democracia, perdió las elecciones y nunca volvió al poder, pero la democracia estaba conquistada. Después de la estabilidad democrática, la Argentina necesita la estabilidad económica. La prueba de éxito de Milei será que deje el gobierno y la estabilidad lo sobreviva. El triunfo de Milei será que termine su ciclo, lo sustituya un opositor y no vuelva la inflación”, sentencia el autor de Diccionario arbitrario de política.

Anclas y cancelaciones

De esa sustancia está hecha la materia con la que Malamud y Pikielny recorren la política argentina. La inflación no sólo explica la suba de precios: explica, fundamentalmente, el porqué de la existencia de Milei. Pero para llegar hasta ahí el recorrido, que ya ha arrancado con el alfonsinismo, sigue con el menemismo.

Carlos Menem es el gran “cancelado” de la política del siglo XXI, coinciden los autores de “Proyecto Argentina”. Hasta el punto de que los Kirchner, que lo tenían resguardado en el Senado, y con fueros, preferían que los vincularan con Alfonsín antes que con el riojano. “Menem era un anatema para los Kirchner”, sintetiza Malamud.

La efímera Alianza naufraga con la renuncia de Carlos “Chacho” Álvarez porque era él, como compañero de fórmula de una figura tan contrastante como Fernando de la Rúa, lo que encarnaba la promesa de una nueva política. Su dimisión, el 6 de octubre de 2000, a 10 meses de haber asumido, fue el preámbulo del final.

La tarea de Eduardo Duhalde y su primer ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, han pasado al olvido tanto porque “el trabajo sucio” siempre incomoda en la historia, como por el hecho de que Néstor Kirchner necesitaba “matar al padre” político para consagrarse, puntualiza Malamud. El líder patagónico también tendrá un antes y un después, más o menos simultáneo: su gobierno es exitoso en todos los órdenes hasta que se desprende de Roberto Lavagna (el ministro de Economía que le heredó Duhalde, gracias a lo cual logró una pátina de confiabilidad) porque sacrifica los “superávit gemelos”; y, con ello, procede a la intervención del Indec.

El peronismo, dice Malamud, es una religión civil. Por eso, cuando un presidente peronista fracasa, los “compañeros” votan a otro candidato, pero peronista. Sin embargo, Cristina es vista como una líder afectiva. Sobre todo tras la muerte de su esposo. Por cierto, no le critica el “uso” de esa pérdida en su favor. Por el contrario, hace hincapié en que esa circunstancia “abuenó” a la entonces jefa de Estado. Y sostiene que “abuenada” siempre fue más competitiva.

Contrastes

En cambio, a ella le achaca Malamud haber impedido que el peronismo siguiera pendulando exitosamente en el arco ideológico argentino. Menem fue el epítome de ese vaivén: llegó prometiendo “salariazo” y “revolución productiva”, como sintetiza Pikielny, y no demoró en virar al neoliberalismo. Ahí, el autor de El oficio mas antiguo del mundo traza todo un contraste entre ex presidentes. Dice que Menem ajustó su discurso a su tiempo, mientras que Alfonsín se encontró con que, en los 80, el mismo discurso que repetía desde los 70 tenía congruencia. En cuanto a Macri, sostiene que sólo tuvo razón “por un ratito”, apenas asumió. Y nunca más.

Con Cristina, esa capacidad del peronismo para ser estatista en un momento y privatista al siguiente, se estrelló. Porque ella, dice Malamud, ancló el peronismo en la izquierda. Ahí, nadie podía ganarle a ella. Pero tampoco nadie podía sucederla.

A Cristina la sucedió el mencionado Macri. Él, a diferencia de lo que se acostumbra creer, tuvo éxito en lo político, pero fracasó en lo económico, diagnostica Malamud. Le reconoce haber creado un partido político nacional, el PRO, en pleno siglo XXI. Le cuestiona, sin embargo, su intento de “volver” a la arena del poder, después de haber llegado a la máxima magistratura, para perderlo todo: desde sus dirigentes hasta el partido. Justamente, para el analista, el ex mandatario será recordado como una oportunidad perdida: como aquello que pudo llegar a ser.

Tampoco tiene consideraciones con lo que vino después. “El kirchnerismo comienza como un gobierno que viene a reconstruir la autoridad presidencial y la moneda, y termina 20 años más tarde destruyendo la autoridad presidencial y la moneda. La candidatura de Alberto Fernández fue una genialidad electoral y una tragedia política”, lapidó.

Pero con quien resulta inmisericorde es con Sergio Massa. Según Malamud, él “fue la mayor amenaza a la democracia desde Aldo Rico, no por antidemocrático sino por inescrupuloso. Es el típico dirigente que lideraría un retroceso democrático subrepticio utilizando todos los recursos a disposición, entre ellos, la seducción, pero sobre todo la caja, el espionaje y el chantaje, para controlar el sistema político. (…) Creo que esto también lo piensa en su intimidad Cristina Kirchner. Por eso ella nunca quiso que Massa ganase”.

El capítulo final, acerca de si Milei es “un antes y un después” u otra escala precaria y momentánea, pone la lucha contra la inflación como una de las batallas “madre”. Pero este segmento se enriquece aún más en su interacción con las categorías que se han ido desarrollando antes. Por ejemplo, el hecho de que no hay, en torno de la estabilidad que promete La Libertad Avanza, una nostalgia del “1 a 1” de la década de 1990. Porque, explica Malamud, el grueso del electorado libertario son jóvenes que no tienen memoria de la “convertibilidad”, sino que vienen del infierno de la inflación. Para ellos, Milei y la inflación a la baja es una novedad. Por eso, las promesas de cerrar el Banco Central y de dolarizar quedaron en el olvido: porque eran herramientas para combatir la inflación. En la medida en que eso se consiga, el oficialismo mantendrá crédito político.

© LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios