Luis Hornstein: “En tiempos de exposición constante, necesitamos recuperar la dimensión humana del reconocimiento”
Es uno de los mayores especialistas en autoestima en el mundo. Ganador del Premio Konex al psicoanalista de la década y actual jurado de los Konex en Humanidades, acaba de publicar Autoestima e identidad. “En la autoestima se juega la posibilidad de existir para uno mismo”, afirma.
Por Hugo Toro para LA GACETA
Hay conceptos que corren el riesgo de vaciarse. “Autoestima” es uno de ellos. Convertido en consigna de manuales de autoayuda, es al mismo tiempo un término omnipresente y, paradójicamente, poco interrogado en su espesor clínico y cultural. En Autoestima e identidad (Letra Viva), el Dr. Luis Hornstein propone restituirle complejidad a esta noción. La escena es su consultorio en Palermo frente al eco-parque. Afuera, la ciudad despliega su ritmo habitual; adentro, la conversación se orienta hacia una pregunta: ¿qué condiciones hacen posible que un sujeto pueda sentirse alguien?
-En su libro sugiere que el concepto de autoestima ha cobrado un interés mayor en los últimos tiempos, tanto para los especialistas como para los legos. ¿Por qué considera que la autoestima se ha vuelto un concepto central tanto en el campo académico como en el discurso social contemporáneo?
-Porque nombra una transformación de fondo. La clínica actual ya no se organiza prioritariamente en torno al conflicto entre deseo y prohibición, sino alrededor de una dificultad más radical: la de sostener una mínima consistencia del yo. No se trata solamente de qué quiere el sujeto, sino de si puede reconocerse como alguien que tiene derecho a querer. En ese desplazamiento, la autoestima se convierte en una vía de acceso privilegiada a los modos contemporáneos de sufrimiento. Pero esto exige sustraerla de su trivialización. La autoestima no es una opinión sobre uno mismo ni una emoción pasajera: es una construcción siempre inacabada, atravesada por tensiones entre ideales, identificaciones y experiencias de reconocimiento. Allí se juega algo decisivo: la posibilidad de existir para uno mismo.
-A diferencia de enfoques que conciben la autoestima como dependiente de la validación externa, usted la define como “una experiencia íntima”. ¿Qué implica este desplazamiento hacia la interioridad del sujeto?
-Implica, ante todo, complejizar la idea de interioridad. No se trata de un “adentro” aislado del mundo, sino de un espacio constituido a partir de los vínculos. La autoestima es íntima porque se experimenta como propia, pero su génesis es relacional. Podríamos pensarla como una instancia de regulación: un dispositivo que modula la intensidad de los afectos y limita su expansión. Cuando esta regulación funciona, las experiencias de fracaso o de pérdida no colonizan la totalidad del psiquismo. Cuando falla, en cambio, asistimos a fenómenos de desbordamiento que comprometen la imagen de sí en su conjunto. Lo decisivo no es solo su función reguladora, sino su relación con los ideales. La autoestima se juega en la distancia —siempre variable— entre lo que el sujeto es y lo que siente que debería ser. Cuando esa distancia se vuelve infranqueable, la interioridad deja de ser un sostén y se convierte en un espacio de recriminación permanente.
-En su libro, usted aborda la autoestima como un elemento en transformación constante. ¿Por qué la autoestima no puede pensarse como un producto psíquico aislado, sino como algo constitutivamente ligado al vínculo con los otros?
-Porque no hay yo sin otros. Esta afirmación adquiere nuevas resonancias en la contemporaneidad. La autoestima no es un capital interno acumulable, sino un proceso que se configura en la trama de los vínculos y se reconfigura a lo largo del tiempo. Las primeras experiencias de reconocimiento —o de su ausencia— dejan marcas persistentes. No es lo mismo haber sido mirado como alguien valioso que haber sido objeto de indiferencia o de descalificación. Pero sería insuficiente detenerse allí. La actualidad introduce formas inéditas de exposición, comparación y evaluación permanente que reconfiguran esas marcas iniciales. La cultura de la visibilidad produce un efecto paradojal: multiplica las posibilidades de reconocimiento, pero al mismo tiempo eleva los estándares hasta volverlos, en muchos casos, inalcanzables. El mandato de singularidad —ser único, destacarse— convive con la experiencia masiva de la insuficiencia. En ese hiato se juega buena parte de la fragilidad contemporánea de la autoestima.
-La Organización Mundial de la Salud ubica la prevalencia de la depresión alrededor del 4% de la población mundial. ¿Cómo se conjugan identidad, autoestima y depresión?
-La depresión no solo empobrece el mundo de los otros y de los intereses sino que se ve comprometida la relación del sujeto consigo mismo. Autoestima e identidad es una continuación y una actualización de mis preocupaciones clínicas y teóricas. El narcisismo, la sublimación, la depresión y la fragilidad del yo son temas que he trabajado extensamente. Pero hoy la clínica nos obliga a pensar cómo la cultura contemporánea, con sus mandatos de éxito y productividad, exacerba esas fragilidades. Este libro busca abrir un debate sobre cómo la autoestima se ha convertido en un espejo de nuestra cultura y nuestras relaciones. En ese sentido, la depresión no es solo un fenómeno intrapsíquico, sino también un síntoma social. Articula una dimensión singular —la historia de cada sujeto— con condiciones colectivas que inciden en la posibilidad de sostener una identidad relativamente consistente. La autoestima, en tanto instancia reguladora, pierde eficacia, y los afectos negativos adquieren un carácter expansivo. Pero este proceso no ocurre en el vacío. Se inscribe en contextos donde los lazos sociales se debilitan, donde los circuitos de validación se vuelven inestables o excluyentes.
-¿Qué mensaje le gustaría que los lectores se lleven de este libro?
-Que la autoestima no es un lujo ni un accesorio, sino un componente esencial de la identidad. Que no se trata de inflarse con ilusiones de grandeza, sino de construir un sentimiento de valor personal sostenido en vínculos, proyectos y reconocimiento mutuo. Y que, en tiempos de competencia feroz y exposición constante, necesitamos recuperar la dimensión humana del reconocimiento.
-Finalmente, usted señala que la autoestima saludable “se edifica sobre amor, respeto y reglas claras”. En un contexto contemporáneo marcado por la incertidumbre y la fragilidad de esos soportes, ¿cómo puede el sujeto sostener su autoestima sin caer en la desorientación o la impotencia?
-Tal vez la primera operación consista en cuestionar los criterios de valor que la cultura propone como evidentes. Cuando la valía queda reducida al rendimiento o a la visibilidad, la autoestima se vuelve estructuralmente precaria, porque depende de condiciones inestables y, en muchos casos, inaccesibles. Sostener la autoestima implica, entonces, una doble tarea. Por un lado, construir una relación con los ideales que no sea mortificante, que admita la incompletud y la imperfección. Por otro, inscribirse en tramas vinculares donde el reconocimiento no esté mediado exclusivamente por la lógica de la competencia.
Pero esta tarea no puede pensarse al margen de las condiciones sociales. La desigualdad, la exclusión y la precariedad no son meros telones de fondo: inciden directamente en la posibilidad de que un sujeto pueda sentirse valioso. Quizás allí resida uno de los aportes centrales del libro: en recordar que la pregunta por la autoestima no es solo psicológica, sino también ética y política. Preguntarse qué hace posible que alguien pueda sentirse alguien es, en última instancia, preguntarse por el tipo de sociedad que habitamos.
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PERFIL
Luis Hornstein es psicoanalista y médico psiquiatra. Fue asesor del Departamento de Salud Mental de Buenos Aires, codirector junto a Mauricio Goldenberg del Centro de Estudios Psicoanalíticos de Caracas (1978-83), presidente de la Sociedad Psicoanalítica del Sur y de la Fundación para la Investigación de la Depresión, profesor invitado en diversas instituciones del país y del exterior.
Algunos de sus libros son Teoría de las ideologías y psicoanálisis; Cura psicoanalítica ysublimación; Narcisismo; Intersubjetividad y clínica; Las depresiones; Autoestima e identidad; Las encrucijadas actuales del psicoanalisis; y Clínica Psicoanalítica. Ganó el Premio Konex de Platino al psicoanalista de la década en 2006 y este año es Jurado de los Konex de Humanidades.






