
El 25 de mayo de 1914 se fundó la Universidad Nacional de Tucumán. Hablar de sus orígenes es, necesariamente, hablar de Juan B. Terán: fundador, primer rector y alma mater de la institución. Su figura excede el mero dato histórico para convertirse en una referencia ética e intelectual de ineludible vigencia. Fue él quien imprimió a la universidad un sentido profundo al idear su lema “Pedes in terra ad sidera visus”: los pies en la tierra y la mirada en las estrellas. Una síntesis luminosa de un ideario que buscaba conjugar el arraigo con la trascendencia, lo local con la aspiración universal. Conviene, sobre todo en nuestro país, volver a esas fuentes. Los tiempos que vivimos parecen haber erosionado principios esenciales: el valor de la palabra, la honestidad intelectual, el respeto a las normas y a las instituciones. Sin esos pilares, no hay convivencia civilizada posible. Juan B. Terán no solo pensó la universidad: la encarnó. Durante los años en que ejerció el rectorado, renunció a percibir su salario. No fue un gesto aislado ni demagógico, sino la expresión coherente de una concepción del servicio público como entrega y no como beneficio personal. Su autoridad no emanaba de maniobras políticas ni de acuerdos circunstanciales, sino de su indiscutible estatura moral e intelectual. Hoy, su figura nos interpela. Cuando los mecanismos de control se diluyen en apoyos incondicionales, la universidad corre el riesgo de convertirse en un espacio de reproducción de poder, lejos de ser ese ámbito de pensamiento crítico y de ética de la responsabilidad que la sociedad necesita. En este contexto, frente a las actuales pujas por el rectorado, el parangón con Terán no pretende idealizar el pasado, sino exigirle respuestas al presente. La universidad aparece cada vez más atravesada por lógicas políticas donde la permanencia en los cargos se transforma en un fin en sí mismo. Terán entendía la universidad como un proyecto colectivo orientado al bien común, no como un instrumento de acumulación de poder; una universidad que, en aquellos tiempos de su génesis, tenía como norte encaminar su acción hacia la excelencia y la exigencia. Difícilmente imaginaría que su universidad terminaría siendo cogobernada por no docentes y estudiantes, y no exclusivamente por el cuerpo docente. Esa diferencia no es menor: es, en definitiva, la línea que separa la grandeza institucional de su degradación. Recuperemos, entonces, su ejemplo. Volvamos a poner los pies en la tierra (en el respeto a las normas, en la transparencia, en la responsabilidad institucional) y la mirada en las estrellas, en una universidad que vuelva a ser faro de conocimiento y no escenario de disputas. Porque el legado de Juan B. Terán no es solo un capítulo de la historia: es, en rigor, una interpelación permanente a nuestra conciencia institucional, un llamado a no claudicar en los principios que dan sentido a la vida universitaria y, en última instancia, una medida ética frente a la cual cada generación debe decidir si está a la altura o si consiente su propia decadencia.
Juan L. Marcotullio marcotulliojuan@gmail.com





