Tiene 23, empezó como bachero y hoy lidera un bar de 12 metros que explota en redes

Misael Noé empezó como bachero en un bodegón y hoy lidera la cocina de JÖL, un bar de Buenos Aires que funciona en el hall de un edificio y ya es furor en redes.

EL DUEÑO. Tiene 23 años, creció en una familia trabajadora y hoy está al frente de uno de los proyectos gastronómicos más comentados de Buenos Aires. / MISAEL NOÉ EL DUEÑO. Tiene 23 años, creció en una familia trabajadora y hoy está al frente de uno de los proyectos gastronómicos más comentados de Buenos Aires. / MISAEL NOÉ
Hace 1 Hs

Resumen para apurados

  • Misael Noé, de 23 años, lidera JÖL, un bar de 12 metros en Saavedra, Buenos Aires, que es furor tras sus inicios como bachero. El proyecto destaca por sus sándwiches de autor.
  • Tras formarse en bodegones y bares de vinos, Noé aplica la técnica del 'hall bar' europeo. El local funciona en el hall de un edificio y ofrece un menú acotado de alta ejecución.
  • El éxito viral generó conflictos de convivencia vecinal por la masividad. El caso refleja nuevas tendencias de micro-gastronomía y la valorización del oficio joven en Argentina.
Resumen generado con IA

En un rincón inesperado de Buenos Aires, dentro del hall de un edificio, funciona uno de los bares más comentados del último tiempo. Se llama JÖL, tiene apenas 12 metros cuadrados y un menú corto que gira alrededor de sándwiches. Al frente de la cocina está Misael Noé, tiene 23 años y una historia que arranca muy lejos de ese mostrador.

En una entrevista con Revista Gente, el joven chef repasó su recorrido: desde sus primeros pasos en la cocina hasta el presente al frente de uno de los proyectos gastronómicos más virales del momento.

Creció en La Tablada, en una familia de clase trabajadora. Su primer vínculo con la cocina no tuvo que ver con la vocación sino con la necesidad: cocinar para sus hermanos mientras sus padres trabajaban. Ahí empezó todo.

De lavar platos a cocinar en serio

A los 18 años terminó el secundario técnico como maestro mayor de obras. Mientras muchos de sus compañeros proyectaban carreras ligadas a la construcción, él tenía otra idea: quería cocinar.

Su primer trabajo fue en Yiyo El Zeneize, un bodegón clásico. Entró como bachero. Lavaba platos, ordenaba la cocina y miraba de cerca cómo funcionaba todo. Con el tiempo pasó a ser ayudante y después llegó a los fuegos.

Ahí aprendió lo básico: cortar, freír, manejar tiempos y sostener el ritmo de un servicio. También detalles que hoy repite como parte de su identidad: una cebolla caramelizada no necesita azúcar, necesita paciencia.

Tras varios meses, dio un salto a un bar de vinos en Núñez. Fue otro paso en una carrera que, según él mismo define, avanzó a fuerza de oportunidades que supo aprovechar.

Un bar en un hall y una idea distinta

El proyecto de JÖL nació después de un viaje a Europa de sus socios, donde conocieron el formato de “hall bar”: espacios gastronómicos instalados en entradas de edificios. La idea llegó a Buenos Aires y encontró lugar en Saavedra.

El resultado es un concepto poco habitual: un bar mínimo, sin mesas tradicionales, donde la experiencia se concentra en el producto.

EL ESPACIO. JÖL es un bar que funciona en el hall de un edificio y ya es furor en redes. / JOL EL ESPACIO. JÖL es un bar que funciona en el hall de un edificio y ya es furor en redes. / JOL

Sándwiches con identidad propia

Desde la cocina, Misael propone una reinterpretación de la comida callejera. El menú tiene solo cuatro opciones, dos de ellas veganas, y una lógica clara: pocos platos, bien ejecutados.

Los protagonistas son los “sanguches atrevidos”, combinaciones que juegan con panes, salsas y rellenos. El formato le permite experimentar sin perder foco.

“Es un plato que siempre funciona y tiene infinitas posibilidades”, suele explicar.

LA COMIDA. JÖL propone una vuelta a la comida callejera con sello propio. / JOL LA COMIDA. JÖL propone una vuelta a la comida callejera con sello propio. / JOL

El éxito también trajo problemas

A pocos meses de abrir, el crecimiento del lugar generó un conflicto inesperado. La cantidad de gente empezó a desbordar el espacio y complicó la circulación en el edificio.

El reclamo de un vecino escaló y puso en duda la continuidad del proyecto. Para el equipo, fue una señal del impacto que estaban logrando.

Hoy el bar sigue funcionando, con ajustes y una comunidad que crece.

La historia de Misael no tiene vueltas raras: empezó desde abajo, aprendió trabajando y llegó a un lugar que combina visibilidad con desafío. En un contexto donde todo parece inmediato, su recorrido muestra otra lógica: constancia, oficio y una oportunidad que llegó cuando estaba listo para aprovecharla.

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