IMPULSO. Nicolás Ferreyra levanta los brazos y va a trabar la pelota, mientras Matías García observa atento la jugada. Foto CASM.
Resumen para apurados
- San Martín de Tucumán perdió su invicto ante Agropecuario en Carlos Casares por la falta de un esquema táctico sólido y fallas de funcionamiento en el equipo de Andrés Yllana.
- Tras probar sistemas 3-4-3 y 4-3-3, el equipo mostró desorden y falta de conexión. El DT prioriza el nivel individual sobre una estructura fija, pero aún no logra estabilidad.
- El club recibirá a Atlético de Rafaela el sábado con la urgencia de definir una identidad reconocible. Consolidar una base coherente será vital para seguir en la pelea del torneo.
El final del invicto en Carlos Casares no sólo dejó una derrota incómoda. También volvió a exponer una tensión que San Martín arrastra desde el inicio del torneo: la dificultad para encontrar una estructura estable que sostenga el rendimiento más allá de los nombres y de los contextos. La caída contra Agropecuario, en ese sentido, funcionó como una síntesis de todo lo que le viene pasando al equipo de Andrés Yllana: cambia, busca, prueba… pero todavía no se afirma.
El primer indicio aparece en la decisión inicial. Yllana dejó de lado el 3-5-2 que venía de ofrecer señales positivas y apostó por un 3-4-3 con el ingreso de Benjamín Borasi por el suspendido Luca Arfaras. La intención era clara: sumar peso ofensivo, abrir la cancha y posicionar tres hombres en el frente para incomodar a la última línea rival. Sin embargo, como ya había ocurrido en otros partidos, el problema no estuvo en la idea sino en la ejecución.
San Martín volvió a mostrar un equipo largo, inconexo, con demasiados metros entre líneas. Kevin López, otra vez, tuvo que retroceder hasta zonas muy bajas para iniciar el juego. Cuando lograba girar, el panorama era el mismo de tantas otras tardes: pocos receptores cercanos, delanteros aislados y carrileros que llegaban tarde o directamente no llegaban. El equipo ocupaba el ancho, pero no lograba construir profundidad ni, sobre todo, conexiones.
Ahí se repite un patrón que ya había aparecido frente a Tristán Suárez y en varios partidos de local. San Martín tiene la pelota, pero no siempre tiene el partido. Controla la posesión en términos estadísticos, pero no en términos futbolísticos. Y cuando eso ocurre, cualquier esquema termina siendo insuficiente.
Agropecuario lo entendió rápido. Sin necesidad de un plan sofisticado, decidió presionar la salida y poblar la mitad de la cancha. Le quitó tiempo y espacio a López, obligó al error y llevó el juego a un terreno incómodo. El 3-4-3, que buscaba ser una solución, terminó potenciando el problema: dejó al equipo sin puentes entre líneas.
La consecuencia
El gol del local, más allá de la jugada puntual, fue una consecuencia lógica. San Martín ya había mostrado desorden, imprecisión y falta de claridad. El partido se le escapaba desde el funcionamiento mucho antes que desde el resultado.
En el complemento llegó el volantazo. Yllana movió el banco, metió tres cambios y reconfiguró el equipo en un 4-3-3. La intención fue corregir las distancias, ganar presencia en el medio campo y darle otra dinámica a la circulación. En parte lo logró: el equipo se adelantó, tuvo más la pelota y encontró a Jorge Juárez y Matías García en posiciones más cómodas.
Pero otra vez apareció el límite. San Martín mejoró en ritmo, no en claridad. La posesión volvió a ser inofensiva. Hubo más tenencia, pero no más peligro. Centros sin destinatario, pases laterales y una sensación creciente de que el equipo empujaba más por necesidad que por convicción.
Ese desorden final, con Nicolás Ferreyra tomando responsabilidades de salida y un equipo volcado al ataque sin estructura, terminó de explicar el partido. San Martín no sólo no encontró soluciones: terminó perdiendo identidad dentro del mismo encuentro.
En ese punto, las palabras de Yllana en un mano a mano con LA GACETA ayudan a entender su lógica, pero también a marcar el desafío.
“No me caso con ningún esquema. Voy viendo qué necesita el equipo”, había explicado el DT en la previa del duelo en Carlos Casares. “No nos enamoramos de los esquemas, ponemos a los jugadores que mejor están”.
La idea es clara y, en términos modernos, hasta lógica. El problema aparece cuando esa flexibilidad se transforma en inestabilidad. Porque San Martín no sólo cambia de nombres: cambia de estructuras, de funciones y de relaciones dentro de la cancha. Y en ese movimiento constante, todavía no logra consolidar una base.
Pensando en lo que se viene, el partido del sábado contra Atlético de Rafaela en La Ciudadela aparece como una prueba clave. No sólo por la necesidad de volver al triunfo, sino por la obligación de empezar a construir una identidad más reconocible.
Hay antecedentes que marcan un camino. El 3-5-2 utilizado en Santiago del Estero durante el triunfo contra Güemes, por ejemplo, había mostrado un equipo más compacto, con mejores distancias y mayor equilibrio. No se trató de un cambio radical de nombres, sino de funciones. Los jugadores parecían más cómodos y el equipo, más lógico.
También es cierto que cada partido presenta un contexto distinto. “Intentamos protagonizar, pensamos primero en nosotros”, declaró Yllana. Pero para poder imponer condiciones, primero necesita un equipo que se entienda a sí mismo.
Ahí está el eje del problema. San Martín no carece de intención ni de nombres. Tiene futbolistas capaces, variantes y recursos. Lo que todavía no tiene es una estructura que se sostenga en el tiempo y le permita responder incluso cuando el partido no se presenta favorable.
Contra el “Sojero” probó dos esquemas y ninguno funcionó. Pero reducir el análisis a un dibujo sería simplificar demasiado. Lo que falló fue el funcionamiento, las conexiones y la claridad para interpretar el partido.
De cara al duelo con la “Crema”, el desafío será otro. No tanto elegir entre línea de tres o de cuatro, sino recuperar sociedades, acortar distancias y darle sentido a cada fase del juego. Porque, en una categoría como la Primera Nacional, donde los partidos suelen ser cerrados y tácticos, la diferencia no la hace el esquema: la hace la coherencia.
San Martín ya mostró que puede competir, que puede ser sólido y que puede lastimar. Ahora necesita algo más difícil: sostenerlo. Ese paso, más que un cambio de nombres o de sistema, exige una decisión más profunda.








