El Palacio de Aguas Corrientes esconde la historia hídrica de parte de la Argentina. (Imagen web)
Resumen para apurados
- El Palacio de Aguas Corrientes en Buenos Aires es el tanque de agua más grande de América, construido a fines del siglo XIX para combatir epidemias mediante saneamiento moderno.
- Finalizada en 1894, la obra respondió a epidemias de fiebre amarilla. Su fachada de 300 mil cerámicas inglesas oculta una estructura belga que albergaba 12 depósitos de agua masivos.
- Hoy funciona como Museo del Agua y Archivo de Planos, preservando el patrimonio histórico y sanitario del país. Es un ícono arquitectónico que atrae al turismo y a investigadores.
Una fachada fastuosa en plena Avenida Córdoba no se condice precisamente con lo que podría esperarse de su interior. El lujo que ostenta desde afuera y que hace que más de un transeúnte gire su cabeza en dirección de Ayacucho, Riobamba y Viamonte en la ciudad de Buenos Aires, se convierte en una especie de pantomima. La literalidad de su nombre lo advierte: el Palacio de Aguas Corrientes reemplaza pasillos de habitaciones por tuberías y cisternas de agua.
Esta estructura majestuosa se erige en toda la manzana a la altura de Avenida Córdoba al 1950. Los colores terracota se funden en una mezcla ecléctica de estilos franceses del Segundo Imperio y modelos centroeuropeos, como algún edificio gubernamental en Bélgica. Ubicado en el elegante barrio de Balvanera, rodeado de jardines y una vistosa reja de hierro fundido, este coloso solo podría indicar que dentro estarán los sillones y fauteuils, así como los canapés y sofás de madera tallada y terciopelo. Pero en realidad, allí se encuentra gran parte de la historia hídrica de Argentina y los hitos que le dieron reconocimiento en todo el continente americano.
Una urgencia de saneamiento y un Palacio en respuesta
El inmueble es uno de los símbolos que dejó sentada la prosperidad de Argentina a fines del siglo XIX. No fue un hogar de las familias adineradas de Buenos Aires, sino un tanque gigante llamado Gran Depósito Distribuidor. Su edificación comenzó en 1887 y finalizó en 1894.
Detrás de sus muros, la obra no fue un capricho estético, sino una respuesta desesperada a la crisis sanitaria. A fines del siglo XIX, Buenos Aires había sido diezmada por las epidemias de fiebre amarilla y cólera, que cobraron la vida de casi el 10% de la población. La urgencia por modernizar el sistema hídrico y abandonar los precarios aljibes dio origen a este monumento a la higiene pública que buscaba desterrar el pánico epidémico con tecnología de punta para la época.
Un rompecabezas de 300 mil piezas
Lo que vemos desde la vereda es, literalmente, un desafío internacional. La fachada está revestida por 300 mil piezas de cerámica esmaltada traídas desde las prestigiosas fábricas inglesas Royal Doulton & Co. y Burmantofts Co. Cada bloque llegó numerado y marcado para encajar a la perfección, custodiando un corazón donde el monopolio británico cedía paso al ingenio belga: la colosal armadura de hierro interna fue obra de la firma Marcinelle y Coulliet.
En esta "coraza" suntuosa se funden escudos nacionales, de Rosario y de las 14 provincias que integraban el país en aquel entonces, flanqueados por cariátides que parecen sostener el peso de la modernidad argentina.
72 millones de litros bajo llave
Al cruzar el umbral, la ornamentación desaparece para dar paso a la ingeniería pura. El centro del establecimiento albergaba 12 depósitos de hierro distribuidos en tres niveles, sostenidos por una selva de 180 columnas. En su apogeo, este gigante tenía capacidad para contener 72 millones de litros de agua, una cifra récord que lo posicionó como la construcción más grande de su tipo fuera de Europa.
Aunque en 1978 los contenedores quedaron secos y el recinto se desafectó del servicio, el espíritu de la joya arquitectónica sigue vivo. En el siglo XXI los visitantes pueden recorrer el Museo del Agua y la Historia Sanitaria, donde se exponen desde planos históricos hasta una curiosa colección de sanitarios del 1900 —incluyendo inodoros con forma de elefante—.
Los tesoros del archivo y la biblioteca
El lugar también custodia secretos de papel. En sus recintos se esconde una biblioteca especializada en ingeniería sanitaria —inaugurada en 1919— cuya calidez de madera de cedro paraguayo y estanterías originales contrastan con la frialdad del metal.
Más profundo aún, su archivo de planos funciona como una "caja negra" de la ciudad: allí reposan las escrituras y plantas de las casas de personajes icónicos como Benito Quinquela Martín, Victoria Ocampo y hasta el célebre Petiso Orejudo.









