El desafío de pensar la ciudad del futuro

Hace 4 Hs

El pasado 26 de marzo se concretó la primera audiencia pública para la reforma del Código de Planeamiento Urbano de la capital (CPU), en el anfiteatro del Concejo Deliberante, cuya última modificación se realizó en 1998, hace 28 años. En esta ocasión se trató de presentar un diagnóstico de la situación actual de la ciudad, y del Área Metropolitana de Tucumán (AMET) en general y del futuro que se pronostica para las próximas tres, cuatro o cinco décadas. La ponencia estuvo a cargo del secretario de Obras Públicas del municipio, arquitecto Luis Lobo Chakián, secundado por las máximas autoridades municipales, funcionarios provinciales, representantes de sectores inmobiliarios y de la construcción, organizaciones civiles y dirigentes vecinales.

Huelga decir lo que ha cambiado el mundo en estas últimas tres décadas. Los saltos tecnológicos fueron fenomenales. Cuando se elaboró el ahora viejo CPU, por ejemplo, no existían los celulares inteligentes (smartphones), surgidos una década más tarde, ni tampoco las redes sociales actuales. El planeta era aún más analógico que digital. No había “home banking” ni trámites virtuales y la velocidad de transmisión de datos de internet era 1.000 veces más lenta y restaba más de una década para la llegada de la fibra óptica. La movilidad urbana era sustancialmente diferente, no había vehículos eléctricos ni híbridos, las motos aún no habían abarrotado las calles y rutas de Tucumán y faltaban 20 años para que llegaran a la provincia las aplicaciones de viajes como Uber, Cabify o DiDi. En los 90 los countries y barrios privados aún eran incipientes y en el área central de la capital (las cuatro avenidas) había un 40% menos de edificios de altura.

La escorrentía de líquidos pluviales en el AMET era cientos de metros cúbicos menor, ya que aún no habían explotado las urbanizaciones, y los consiguientes desmontes y la expansiva cementación, en las zonas oeste y noroeste metropolitana, principalmente en Yerba Buena, San Pablo, Tafí Viejo, Las Talitas y Los Nogales. Y la disminución de los metros cuadrados de espacios verdes por habitante fue otro de los correlatos negativos del desarrollo urbano.

La mala noticia en el diagnóstico que expuso Lobo Chaklián es que los principales problemas que se analizaron para elaborar el CPU de 1998 no se solucionaron sino que, por el contrario, todos los frentes, sin excepción, se fueron agravando de forma exponencial.

Esto plantea un doble desafío: detener el deterioro de la calidad de vida de los tucumanos que hoy parece irrefrenable y, a la vez, proyectar una ciudad que seguirá creciendo cada vez más fragmentada, más desconectada, más caótica y mucho más poblada.

Uno de los datos más elocuentes e inevitables es que la capital en los 90 contaba con la mitad de la población que hoy y que dentro de 30 años tendrá el doble de habitantes. Según estimaciones de 2026, la capital ya tiene 650.000 habitantes y el AMET suma 1,1 millones, sobre un total provincial de casi dos millones de personas. No obstante, para el nuevo CPU estos datos ya no sirven ni mucho menos servirán en un futuro cercano, porque dentro de tres décadas la ciudad cabecera aglutinará a más de 900.000 habitantes y el AMET llegará a casi dos millones.

Si los cambios no son drásticos y profundos, con el doble de ciudadanos en el mismo territorio, los padecimientos y las complicaciones, como mínimo, también se duplicarán.

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