¿Existen la buena y la mala suerte?

Hace 6 Hs

“Yo tengo mala suerte”, se escucha a menudo. Pero esa idea parte de una premisa falsa: nadie tiene buena o mala suerte. Lo que existen son esquemas de pensamiento que influyen en las decisiones y, por lo tanto, en los resultados de la vida. Como dice el refrán: “La suerte llega a quien está preparado”.

La creencia en la suerte está ligada a supersticiones con raíces históricas. El viernes, por ejemplo, fue considerado de mal augurio en la Mesopotamia y, para los cristianos, es el día de la crucifixión de Jesús. Mayo también fue visto como un mes desfavorable porque los romanos hacían ofrendas a los muertos. Aún hoy, algunos evitan casarse o viajar en ese mes.

El refrán “En martes no te cases ni te embarques” advierte contra iniciar actividades importantes ese día. Esto se relaciona con Marte, el dios de la guerra, asociado a conflicto y desgracia. De allí también el temor al martes 13.

Otras creencias, como romper un espejo o derramar sal, generan inquietud incluso en quienes dicen no creer en ellas. Y aquí está el punto central: si una persona está convencida de que algo le traerá mala suerte, probablemente actuará de manera que termine perjudicándose, aunque no sea consciente de ello.

Incluso quienes se declaran incrédulos pueden estar influidos por su inconsciente. Esos temores ocultos pueden afectar decisiones y generar problemas en la vida cotidiana: en la pareja, la familia o el trabajo. La llamada “buena suerte” no es más que el resultado de un pensamiento racional, positivo y creativo aplicado de forma constante.

Se trata de entrenar la mente: enfocarse en lo que se tiene y no en lo que falta. Quien se concentra en lo negativo, termina generando resultados desfavorables.

Un ejemplo lo ilustra: varias personas pasan junto a un objeto que parece un lingote de oro. Una lo ignora por estar distraída; otra desconfía y no lo recoge; una tercera evita ensuciarse las manos. Finalmente, alguien atento, sin prejuicios y con actitud positiva, lo levanta, lo limpia y descubre que es oro verdadero.

Los demás, al verlo, exclaman: “¡Qué suerte tuvo!”. Pero no fue suerte: fue su manera de pensar y actuar lo que le permitió aprovechar la oportunidad.

La suerte, en definitiva, está en la mente. Son nuestras decisiones las que nos acercan o alejan de los resultados. Somos, en gran medida, lo que pensamos. Por eso, especialmente en momentos difíciles, conviene cultivar ideas creativas y constructivas, asumir la responsabilidad de nuestros actos y orientar la vida hacia aquello que deseamos lograr.

© LA GACETA

Antonio Las Heras - Doctor en Psicología Social, parapsicólogo, filósofo, historiador y escritor.

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