
Las inundaciones volvieron a golpear con fuerza en Tucumán y, como ocurre cada vez que el agua avanza sin control, las consecuencias se miden en pérdidas, angustia y reconstrucción. Las imágenes de familias evacuadas, caminos destruidos y viviendas anegadas ocupan el centro de la escena. Sin embargo, hay otra cara de esta tragedia que, aunque menos visible, resulta igual de devastadora: la que padecen los animales. Y, junto a ellos, el trabajo incansable de quienes deciden no mirar hacia otro lado.
En las zonas más afectadas, como Sol de Mayo, Las Ánimas o Las Barrancas, el panorama es desolador. El agua no sólo arrasó con todo a su paso, sino que dejó detrás un terreno hostil, convertido en un pantano casi intransitable. Allí, donde ni siquiera los equipos pueden avanzar con facilidad, quedan atrapados cientos de animales: caballos, vacas, ovejas, cabras, perros, gatos. Algunos resisten; otros no logran sobrevivir.
El drama no termina cuando el agua baja. Por el contrario, se transforma. El barro, la falta de alimento y las condiciones sanitarias extremas convierten el territorio en una trampa. Animales desorientados, debilitados, heridos o directamente abandonados deambulan sin rumbo, en un escenario donde cada hora cuenta. Es la otra cara de la tragedia: silenciosa, muchas veces ignorada, pero profundamente dolorosa.
Frente a este cuadro, el Estado despliega operativos complejos, incluso con asistencia aérea para arrojar alimento en zonas inaccesibles. Las lanchas recorren los márgenes de ríos y arroyos rescatando a los que pueden ser alcanzados. Veterinarios y equipos técnicos trabajan para curar, alimentar y recuperar a los animales trasladados. Es una tarea difícil, condicionada por un terreno que no da tregua.
Pero hay un componente que resulta clave y que merece ser destacado: el compromiso de los voluntarios. Organizados, muchas veces con recursos escasos, son ellos quienes se internan en las zonas más complicadas, quienes arman campamentos, quienes sostienen día a día una tarea tan dura como imprescindible. El testimonio de quienes llevan años en este tipo de emergencias coincide en algo: pocas veces se vio un desastre de esta magnitud.
Aun así, siguen. Se entierran en el barro hasta la cintura, recorren kilómetros en condiciones extremas, improvisan soluciones donde no las hay. Rescatan animales, los rehabilitan, los alimentan. Y cuando los recursos no alcanzan, hacen un llamado a la sociedad. Porque saben que sin ayuda, muchos no van a llegar a tiempo.
Lo que está en juego no es menor. Los animales también son víctimas directas de estas catástrofes. También sienten, padecen y dependen -muchas veces exclusivamente- de la intervención humana para sobrevivir. Entender esto es parte de una mirada más amplia sobre lo que implica una emergencia.
Las inundaciones dejan al descubierto fragilidades estructurales, pero también muestran lo mejor de una comunidad. En cada rescate, en cada animal salvado, en cada voluntario que decide actuar, aparece una respuesta que trasciende la tragedia. Porque cuando el agua arrasa, la diferencia la hace la empatía. Y en Tucumán, hoy, esa empatía tiene nombre propio: el de quienes, contra todo, eligen no dejar a nadie atrás.





