Aranduroga nació entre estudiantes, es la “casa del saber” del rugby correntino y hoy recibe el duelo entre Yacaré XV y Tarucas
Fundado en los años 60 por jóvenes universitarios, el club correntino creció hasta convertirse en uno de los espacios clave del rugby del NEA y ahora es sede de un partido que refleja el salto hacia una nueva etapa del deporte en la región.
UN REPASO POR LA HISTORIA. Panseri presenció gran parte del desarrollo de Aranduroga en Corrientes. Benjamín Papaterra/LA GACETA.
Eduardo “Sapo” Panseri se ubicó debajo de la tribuna techada, con la naturalidad de quien está en su lugar en el mundo. Gorra gris, lentes de sol, chomba blanca con el escudo de Aranduroga. Desde ahí, con el campo extendiéndose delante y el movimiento previo creciendo a su alrededor, observaba en silencio. En un rato iba a comenzar el partido entre Aranduroga y CURNE, por la primera fecha del torneo oficial de la URNE. Pero para él, cada jornada así es mucho más que un partido: es la continuidad de una historia. Y, sobre todo, porque este partido significó la previa de la primera huella de Corrientes en el Súper Rugby Américas: fue la antesala del partido entre Yacaré XV y Tarucas.
“Empecemos por el principio”, dice. Y el inicio no está en este predio ordenado, con tribunas, vestuarios y canchas bien marcadas. Está en los años 50, cuando el rugby apareció en Corrientes como una rareza. Un partido de exhibición antes de uno de fútbol, en el viejo estadio Field Ferré. Una escena casi improvisada, pero suficiente para sembrar algo que con el tiempo iba a crecer.
El desarrollo llegó en los 60. Primero con la fundación de Sixty en Resistencia, impulsado por estudiantes de Ciencias Económicas que organizaron el primer partido con la participación de Lince de Tucumán y un combinado tucumano llamado Punkus Inti. Después con Regatas. Y en 1962, con Aranduroga.
Eran estudiantes en su mayoría. Medicina, abogacía, carreras largas. De ahí el nombre. Aranduroga, en guaraní, significa “casa del saber”. También puede leerse como la casa del estudiante. Un espacio donde el rugby y la formación iban de la mano. El primer partido fue contra Regatas el 3 de mayo de 1962, en el hipodromo con el objetivo de conmemorar la fundación de la ciudad. Y la anécdota quedó como marca de época: los jugadores fueron expulsados porque algunos se acercaron demasiado a unas damajuanas de vino cerca de la tribuna social. Así empezó todo: con entusiasmo, desprolijidad y una identidad que se iba armando sobre la marcha.
Durante años no hubo un lugar fijo. Canchas prestadas, espacios improvisados, entrenamientos donde se podía. Hasta que en 1980 llegó la compra del predio actual. Y en 1981, la inauguración. Hoy, Aranduroga es un club consolidado. Seis vestuarios, cuatro canchas de rugby reglamentarias (una iluminada), cancha de hockey sintético, pileta, gimnasio para 80 personas. Una estructura que habla de crecimiento.
Su historia
Llegó al club a los 12 años, cuando el rugby todavía era “una cosa rarísima” en Corrientes. Tenían una sola pelota. Un solo entrenador. No existía la estructura actual, donde los chicos entrenan con recursos, planificación y acompañamiento. “Hice de todo”, cuenta. Jugador, entrenador, dirigente, árbitro. En 2007 decidió que ese sería su último entrenamiento con el plantel superior. Pero no se fue. Nunca se fue.
Hoy sigue ligado a la vida del club. Participa, opina, acompaña. Tiene un rol importante en la boutique, una de las principales fuentes de ingresos. Y sigue cerca de los jugadores, que es donde más cómodo se siente.
El rugby, además, es una herencia familiar. Sus hijos también están dentro de este mundo. “Tenemos más de 90 jugadores en primera, más de 200 juveniles, más de 220 chicos en infantiles y más de 300 chicas en hockey”, enumera.
El crecimiento es evidente. Pero también los desafíos. Corrientes todavía busca consolidarse dentro del mapa grande del rugby argentino. Y Panseri lo reconoce sin rodeos. “Tucumán es la gran meca”, dice. “Ahí está el verdadero termómetro: la cantidad de gente, el nivel de competencia”, indicó. En el NEA, el proceso es distinto. Más lento, más irregular. Pero no por eso menos ambicioso.
Ahí aparece el modelo de franquicias. Equipos como Yacaré XV, que intentan generar un puente entre el amateurismo y el profesionalismo. “Hoy los jugadores entrenan todos los días, con nutricionistas, psicólogos, planificación. Eso requiere tiempo, dedicación”, señala.
No garantiza resultados. Pero sí compromiso. Aranduroga es parte de ese proceso. El club será sede del partido entre Yacaré XV y Tarucas, lo que marca un paso importante en la integración regional. “Tenemos vínculos con Paraguay, con clubes de Asunción, con jugadores que participan en ambos lados”, cuenta.
La idea es crecer desde esa red. Generar más competencia, más roce, más desarrollo. El objetivo, a largo plazo, es claro: tener una franquicia propia del NEA. Mientras tanto, el presente se juega en la cancha. Aranduroga contra CURNE. Un clásico de la zona que mide niveles, historia y aspiraciones.
La tribuna empieza a llenarse. Familias, jugadores de otras divisiones, dirigentes. El ambiente se arma de a poco, sin estridencias pero con sentido de pertenencia. Panseri sigue ahí, debajo de la tribuna techada. Observa en silencio. Como si cada movimiento tuviera un significado.
Quizás recuerda aquellos primeros años, cuando todo era más precario. Cuando había una sola pelota y muchas ganas. O quizás piensa en lo que viene. En lo que falta. En lo que todavía se puede construir. Porque Aranduroga, en el fondo, no es solo un club. Es una idea en movimiento. Una casa que nació del saber, que creció con esfuerzo y que hoy, entre partidos, historias y generaciones, sigue buscando su lugar en el rugby argentino.








