PRECURSOR. Marcelo Araujo cambió para siempre la historia del relato futbolero para televisión.
“A la derecha de su pantalla, señora”, decía Horacio Aiello cuando se aprestaban a patear un córner. En exceso descriptivos, lacónicos, casi ascéticos en su afán de nombrar al jugador que llevaba la pelota y no mucho más. Así fue el relato televisivo del fútbol durante décadas, siempre a cargo de profesionales impecables, tanto que rara vez escapaban del libreto. Hacía falta un revolucionario de la palabra y Marcelo Araujo, perspicaz lector de su tiempo histórico, hizo lo que varios pretendían pero sin llegar a animarse: rompió el molde.
* * *
El 18 de noviembre de 1951 se narró un gol por primera vez en la televisión argentina. Fue un cabezazo de José Maravilla para adelantar a San Lorenzo en un clásico con River, disputado en el Gasómetro (el viejo, el verdadero). Después empató Santiago Vernazza. La transmisión de Canal 7 (hoy la TV Pública) se montó con tres cámaras y la dirigió Nicolás del Boca, papá de Andrea (sí, la que está hoy en la casa de Gran Hermano). Relataba Ernesto Veltri, con comentarios del uruguayo Enzo Ardigó. Veltri era un porteñísimo personaje que cantaba tangos con el seudónimo de Néstor del Campo.
* * *
Ricardo Podestá, Aiello, Julio Ricardo, Héctor Drazer, Tito Biondi. Nombres, entre muchos otros, que surcaron los 60 y los 70 poniéndole voz al fútbol televisado, siempre en desventaja con el torrente expresivo que emanaba de la radio, cuna de brillantes relatores. Allí estaba la magia, porque con la imagen de la pelota en directo, ¿qué más podía decirse? Pero una nueva generación llegaba a fines de los 70, a caballo de nombres como Fernando Niembro, Adrián Paenza y el joven Lázaro Zilberman, quien aceptó el consejo de adoptar un seudónimo: Marcelo Araujo.
* * *
- ¿Quién mueve?
- Muevo yo, Mauro...
Torneos y Competencias, pequeña firma propiedad del empresario Carlos Ávila que se dedicaba mayormente al golf, contrató lo que a nadie parecía interesarle: la exclusividad de la televisación del torneo de la AFA. Nació “Fútbol de Primera” y todo cambió para siempre. Más que un juego era un espectáculo y así lo entendió el programa, cuyo primer relator estrella fue Mauro Viale. Él allanó el camino para lo que vendría después, con aquellos juegos en la previa de los partidos. Viale le encasquetó una careta a Walter Perazzo (“porque es un monstruo”) y hasta puso un teléfono en el círculo central para comunicarse con el jugador que iba a sacar del medio. Cuando dejó el relato, la mesa estaba tendida y Araujo sirvió los mejores platos.
* * *
La química con el comentarista es clave para que la transmisión funcione y en ese sentido la dupla con Enrique Macaya Márquez resultó imbatible. Era una suerte de Abbott y Costello futbolero, en la que Araujo ponía la picardía y Macaya la mesura. Locura y raciocinio en dosis equilibradas. La civilización encarnada en el ojo clínico de Macaya y la barbarie de Araujo al grito de “El Burriiiiitooo” cada vez que Orteguita concretaba una gambeta. “¿Estoy crazy?”, preguntaba Araujo, y Macaya se despachaba con un sesudo análisis táctico-técnico. En cualquier otro contexto hubiera resultado un pastiche; aquí resultaba absolutamente lógico que el relator abandonara la transmisión en pleno partido tras un gol maradoniano como el que Luis Medero le anotó una noche a Platense. “Buenas noches”, dijo Araujo. Y se fue.
* * *
Los 90 fueron los años dorados de Araujo, al punto de hacer de cada partido un festival. Ya había establecido sus códigos disruptivos, modificando para siempre la forma de comunicar -en este caso, lo que sucedía en una cancha de fútbol-. Transgresor de la palabra, sagaz, ocurrente, encajó perfecto con el clima de época, y así como quedó identificado como piedra angular de la exuberancia menemista, tras un paréntesis freezado volvió al prime time de la mano del kirchnerizado Fútbol para Todos. En ambos extremos del péndulo peronista estuvo Araujo, extasiado cuando Riquelme hacía de las suyas y lo celebraba gritando “El Torerooo” o cuando aquel elegantísimo volante central pisaba la pelota y lo saludaba: “mi amigo, el señor Claudio Marangoni”.
* * *
No hay relator televisivo que deje de reivindicar a Araujo como el modelo a seguir. El número uno indiscutido. Intentan imitarlo, claro, pero sin suerte. Porque tal vez le erraba el nombre a algún jugador -nadie es perfecto-, pero ¿a quién le importaba?








