Este período puede presentar mayor inseguridad para las mujeres. Sergey Filimonov/Stocksy/Adobe Stock/SELF

Ni la adolescencia puede generar tantas inquietudes como el haber llegado a cierta solidez. Pensaríamos que alcanzar los 30 y 40 años en una instancia de realización profesional, con estudios académicos completos, hijos y una pareja, es el equivalente al alcance de la seguridad. Pero un estudio reveló que el miedo se volvía más insoslayable entre las mujeres que temían perder lo trabajado.
Las expectativas sobre el rumbo de la vida aparentan haber cambiado. Es necesario aclarar que no todas las personas buscan casarse antes de los 30, cambian de carrera a pocas materias de graduarse y redefinen la concepción de “estabilidad” para dar cuenta de que en nuestra trayectoria no existe una sola fórmula del éxito. Pero, para muchas mujeres la presión no desapareció; de hecho, se internalizó más.
La ilusión de equilibrio y la inseguridad
Entre los 30 y los 40 años hay una ilusión de equilibrio que, desde la mirada externa, puede ser una percepción errónea de la sociedad. Un estudio publicado en la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos sobre los trastornos de ansiedad reveló que este padecimiento e inseguridad puede empeorar durante las décadas más integrales.
“Existe la expectativa social de que, para entonces, ya tienes una trayectoria profesional. Te casas. Tienes hijos”, comentó al medio SELF la terapeuta y profesora Kristen Jacobsen, propietaria de Cathartic Space Counseling en Chicago. Por lo tanto, si tenés 40 años y aún te preguntas quién sos, podés sentirte como si estuvieras “atrasada”.
Durante la estabilidad, los miedos pueden ser más grandes
Pero incluso para aquellos que ya marcaron estas metas, la ansiedad a los 30 años todavía puede golpear fuerte. En esta etapa de la vida, cada decisión puede parecer de alto riesgo y aparentemente permanente, como si hubiera menos margen para experimentar, ningún lugar para tomar riesgos y "fracasar", y menos oportunidades para cambiar de rumbo.
Esta sensibilidad puede ser especialmente intensa para las madres primerizas, muchas de las cuales, por supuesto, tienen entre 30 y 40 años. "Experimentan algo llamado 'matrescencia', un profundo cambio de identidad similar al que vivenciamos durante la pubertad en la adolescencia", explicó Jacobsen. "Cuando alguien se convierte en madre por primera vez, ya no tiene una base sólida de quién es", lo que puede dificultar la aceptación de las opiniones externas. Por eso, un juicio casual sobre las opciones de alimentación, las rutinas de sueño o la vuelta al trabajo no siempre se percibe como neutral ni útil, sino como un ataque a la crianza "incorrecta".
Un mundo donde hay que progresar constantemente
Más allá de las circunstancias individuales, la presión externa también crea las condiciones perfectas para la sensibilidad al rechazo, donde las observaciones que antes habrías ignorado ahora se quedan. La cultura del ajetreo, por ejemplo, nos enseña que siempre hay un nuevo objetivo que perseguir: un ascenso más importante, un departamento más grande, una pareja más realizada, un bebé y luego quizás un segundo.
"Todos tenemos nuestras propias cronologías, pero las redes sociales son otro factor que dificulta reconocer esto", agregó Jacobsen. La exposición a los registros destacados de otros (fotos de compromiso, alardes de triunfos, éxitos profesionales) crea la ilusión de que todos los demás prosperan sin esfuerzo y te recuerda que tal vez vos no lo estés.








