LA GACETA / OSVALDO RIPOLL
Una crisis de identidad es, por definición, un período de profunda duda, desorientación y vacío sobre el propósito propio. Es ese instante en el que los valores se nublan y el rumbo se pierde. Superarla requiere autoexploración, aceptación al cambio y, sobre todo, paciencia para redefinir metas. En medio de un nuevo cambio de mando, Atlético aquejó este síndrome en la derrota 0-3 frente a Racing. La misión inmediata de Julio César Falcioni es tan difícil como necesaria: reconstruir la identidad de un equipo que hoy parece haber olvidado a dónde debe ir.
Los signos de esta crisis estuvieron claros a lo largo de la noche. El “Decano”, que estuvo bajo las órdenes de Ramiro González, no sabe quién es, para qué juega ni con qué sentido se mueve. Esta despersonalización se hizo constante cada vez que un volante tomó la pelota en la noche del Monumental. Tanto Kevin Ortiz como Javier Domínguez la pidieron con insistencia, es cierto, pero una vez que la tenían en sus pies, aparecía el vacío: no sabían qué hacer. Tal vez, por falta de un plan que los respalde.
En ese contexto, Martín Benítez tuvo su primera titularidad con el objetivo de ser el faro que pudiera conducir el rumbo. Lo intentó, pero su falta de ritmo fue visible y lo perjudicó una soledad alarmante.
La defensa también hizo eco de esta desincronización. Tras un torneo entero defendiendo con cuatro, hoy el equipo se movió entre la duda de ser tres o cinco. Esa falta de certezas fue la prueba del delito en el primer gol de Racing: Gianluca Ferrari se encontró tomando a Duvan Vergara en una jugada en la que la lógica brilló por su ausencia.
Con Leonel Di Plácido lejos de la acción, la coordinación defensiva se rompió y el central perdió la marca por pura velocidad; una metáfora perfecta de un equipo que llega tarde a su propia realidad.
Sin embargo, en cualquier crisis siempre sobreviven rasgos que se resisten a morir, esos signos que recuerdan quiénes son.
Y en esta ocasión, esos guardianes de la esencia fueron Carlos Abeldaño y Renzo Tesuri, incansables en la entrega. El ex Godoy Cruz tuvo una clarísima al cerrar el primer tiempo en una jugada calcada a la que abrió el marcador. ¿La diferencia? Vergara fue preciso para definir y Cambeses estuvo atento para cubrir su palo. Atlético, en cambio, falló donde alguna vez supo ser letal.
En ese sentido, y en este proceso de intentar recuperar el eje, la memoria emotiva juega un rol crucial. Atlético necesita recordar quién fue para saber quién quiere ser. Esa mística del ‘Decano’ que asfixiaba rivales, que no daba una pelota por perdida y que convertía el Monumental en una fortaleza inexpugnable no se borró, simplemente quedó sepultada bajo capas de inseguridad.
El equipo hoy corre detrás de la sombra de lo que supo ser, y esa distancia entre el recuerdo y el presente es la que genera el vacío que se sintió frente a una “Academia” que, con otro tanto de Vergara y el cierre de Santiago Solari terminó de liquidar la historia.
La desconexión se trasladó a las tribunas. El ambiente no fue el que caracteriza a las noches de fuego en el “José Fierro”. Salvo por los chispazos de Tesuri y Abeldaño, la gente nunca se sintió identificada con lo que veía. Hubo pocos cánticos y gritos esporádicos; una reacción lógica ante un equipo que transmitió poco y nada.
Terminado el diagnóstico, queda la pregunta: ¿Cómo se supera una crisis de identidad? El manual dice que es necesario un proceso de autodescubrimiento, fortalecer la autoestima y redefinir los valores personales.
Falcioni no recibirá sólo un plantel de fútbol, sino un rompecabezas con las piezas mezcladas. Deberá poner manos a la obra para conquistar el alma de un grupo que perdió su esencia, inyectar motivación y lograr que vuelvan a creer.
La reconstrucción necesaria está por empezar. Porque en el fútbol, el que no sabe quién es termina siendo lo que el rival quiere. Y Atlético necesita volver a mirarse al espejo y, de una vez por todas, reconocerse.








